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Sábado, 4 de enero de 2014

CHICOS › JORGE LUJAN, UN AUTOR ESENCIAL DE LA LITERATURA INFANTIL

“Los niños tienen una relación espontánea con la poesía”

El escritor cordobés, radicado en México, comparte el oficio de poeta con el de músico. “Con mis textos espero que los niños, pero también los padres y a veces la conjunción de padres y niños juntos leyendo algo, tengan una experiencia transformadora y gratificante”, dice.

 Por Karina Micheletto

El azul está todo arriba,
salvo en unas flores
y en los ojos de María.

La poesía de Jorge Luján atrapa, contagia, entusiasma. Suele ser breve, paradójica. Tiene movimiento, música adentro. Puede ser ondulante, zigzagueante, circular. Tiene un humor suave, tierno, en ocasiones sanador. Es encantadora. Su efecto es directo, pero también duradero, se sigue paladeando con el tiempo. En las librerías, se la encuentra en las estanterías dedicadas al público infantil: deberían existir estanterías aptas para todo público, un cartel que indique: “libros para compartir”. Luján dice que escribe incluso para niños, y eso es lo que aparece en sus obras, bellas y profundas, siempre acompañadas por ilustraciones de gran calidad, a cargo de artistas de los más diversos orígenes. Nominado al prestigioso Premio Astrid Lindgren de este año, que otorga la academia sueca, afortunadamente Luján está siendo cada vez más conocido –¡y editado!– en la Argentina.

Charlar con Jorge Luján, aprovechando una visita suya al país para las fiestas, es asomarse a un universo que de algún modo tiene el mismo tono que su poesía. Habla de su trabajo con un entusiasmo que contagia, también de los niños, de lo que significa trabajar con ellos y para ellos, de lo que es posible aprender de ellos, si se tiene la oreja atenta. Habla con una tonada que guarda huellas de su origen cordobés y de los años que pasó en México, adonde vive desde que partió al exilio. Fue en la última dictadura cívico-militar cuando dejó atrás también un camino ya iniciado como arquitecto, para dedicarse a estudiar literatura y dar talleres de poesía para niños. Hoy comparte el oficio de escritor con el de músico, con diferentes espectáculos para adultos y para niños, como el que dio aquí junto a Isol –la ilustradora con la que más ha trabajado– en la última Feria del Libro Infantil y Juvenil.

¿Poesía para niños?

Luján lleva publicados cerca de cuarenta libros en México y en el mundo, traducidos al francés, inglés, alemán, portugués, sueco, italiano, japonés, coreano, chino, gallego, catalán, polaco. Sus poemas fueron ilustrados por artistas como Isol, Piet Grobler, Julia Friesse, Chiara Carrer, Mandana Sadat, Linda Wolfsbruger, Oscar Rojas. Entre sus libros editados localmente, están los de la editorial cordobesa Comunicarte, como ¡Oh, los colores!, con ilustraciones del sudafricano Piet Grobler (del cual surge el epígrafe de esta nota). O los que comparte con Isol: Mi cuerpo y yo, Ser y parecer, ambas bellas maneras de hablar desde la poesía –la de los textos y la de los dibujos– de las diferencias, las apariencias, lo que tenemos de humanos y de diverso, lo que nos hace únicos. También con Isol hizo un librito chiquito y entrañable, Tic tac, disparado por la pregunta de un niño: ¿Cuánto me quieres, mamita? Como otros de Jorge Luján, al final este libro invita a escuchar su versión musicalizada en Internet.

Otras ediciones de Jorge Luján en la Argentina: el reciente Animales de compañía, que sacó Capital Intelectual en su colección Aerolitos, con ilustraciones de la italiana Linda Wolfsgruber. Con el sol en los ojos, ilustrado por el iraní Morteza Zahedi (Comunicarte). El poemario Palabras manzana, editado por Aique, o Un ángel todavía, por Tinta Fresca, que ganó el premio de Alija al mejor libro de poesía infantil y juvenil. El comic Equis y Zeta, que salió por Sudamericana. Otros que publicó Fondo de Cultura Económica: Numeralia, Accidente celeste, Barco de papel. Entre las ediciones próximas está Como si fuera un juguete (Comunicarte), un original álbum ilustrado hecho en tela, con un hueco del que sale una muñeca, también con ilustraciones de Zahedi.

“Los textos de Como si fuera un juguete son poemas muy breves pero paradójicos, bastante contundentes, y las ilustraciones originalísimas, admiro la capacidad de Zahedi de despertar a su propio niño”, adelanta Luján. Cierra los ojos y repasa algunos de esos poemas:

Mis sueños me guían pero siempre voy un paso atrás de ellos. Si los alcanzo, me pierdo.

Subo la cuesta arrastrando todo lo que he abandonado. Si sigo abandonando cosas, comenzaré a avanzar hacia atrás.

Me gustan los valles porque me contienen. En el mar no quepo.

“Me gusta la brevedad cuando permanece, cuando uno tiene que volver a leer, a decir, incluso aprender de memoria cada palabra. Solo así un texto te puede acompañar, puede decirte cosas diversas cada vez. Me gustan las cosas que se decodifican de una manera enriquecedora, descreo de los textos que a la primera vez ya lo dicen todo”, marca el poeta.

A quien corresponda

–¿Cómo define su trabajo? ¿Sus poesías son para niños, para adultos, no apuntan a una edad?

–Yo diría que trato de escribir incluso para niños; ese es mi objetivo. Y, la verdad, ese objetivo me ha llevado muchísimo trabajo. El que voy a publicar por Comunicarte es mi libro número 38 en una docena de años. Toda la vida escribí, pero empecé a publicar relativamente tarde. Como mis textos son tan breves, puedo trabajarlos mucho, casi como si fueran esculturas. Tengo la sensación de que con las palabras voy sacando, sacando, hasta que quedan las palabras justas, ni una más, ni una menos, si saco una más, todo se derrumba. Y eso que queda, quiero que sea bruñido, forjado, sólido, lo cual no quiere decir pesado. Consistente, digamos. Quiero que mis textos tengan la capacidad de invitar a la relectura, y que en esa relectura se pongan en cuestionamiento algunas de las cosas de la primera lectura. Siento que un buen texto puede tener un grado de libertad y de complejidad que supere al autor.

–Entonces, ¿cuál sería la especificidad de la poesía para niños?

–Un texto para niños puede ser complejo y polisémico, pero no tiene que ser confuso, ni complicado, ni denso, como un pensamiento que se enrosca sobre sí mismo. Eso puede funcionar para un adulto en un ensayo, pero con un niño ahí hay algunas cuestiones a recortar. Para graficarlo: el niño está cerca de Chaplin, pero no cerca de Bergman, aun cuando los dos son extraordinarios.

–¿Y en cuanto a las temáticas a tratar?

–Diría que en lo que hago para niños está mucho más presente la luz que la sombra, pero no quiere decir que al trabajar para niños no toque temas espinosos, incluso la muerte. Tengo un montón de poemas sobre la muerte en los libros para niños. Viviendo en México, donde la vida parece que vale menos y en cualquier momento te la quitan, aprendí que ese desparpajo que tienen allí es una manera de ahuyentar el miedo a la muerte. Mientras que del otro lado de la frontera, en Estados Unidos, el miedo a la muerte es tan infinito que cuando alguien muere, lo entierran el día antes, lo olvidan inmediatamente. Hay una negación total a la muerte, ni se la nombra. En México, en cambio, aprendí a reírme de la muerte, como con este poema:

Yo pensaba que viviría para siempre. Pues no, me morí antes de ayer. Ahora pienso que he muerto para siempre. Pero ya sé que siempre me equivoco.

Aun con temas complejos, casi insoportables, se puede trabajar desde una perspectiva más luminosa. Al no negarlas, al no crear tabúes, las cosas se vuelven conversables, y algo que se vuelve conversable, de alguna manera se puede empezar a aceptar, aunque no lo entendamos.

–Pero dice que el lector que imagina no tiene una edad definida...

–Yo empecé a escribir sin pensar en la edad y de repente me di cuenta de que lo que había escrito podía ser captado por los niños, seguramente de una forma muy diferente de la de los adultos. El tipo de pensamiento del niño más pequeño, digamos de 6, 7 años para abajo, está muy relacionado con la analogía, por lo tanto con la comparación y con la metáfora, y no tanto con el pensamiento lógico. Así como hay lenguaje figurado y lenguaje figural, pienso que hay pensamiento figurado y pensamiento literal. Para el niño pequeño, la manera de ir apropiándose del mundo es por analogías del pensamiento figurado, por eso su capacidad de acercarse a la poesía es inmensa, al contrario de lo que se piensa. Durante años yo no publiqué porque me decían: me gusta mucho lo que escribes, pero ¿por qué pierdes tiempo con eso de las poesías? Si es para niños, escríbeles cuentos.

–¿Y no les hizo caso?

–He publicado muy pocos cuentos porque soy muy exigente conmigo mismo, me gusta publicar solo si desde mi punto de vista es un aporte. Con los cuentos muchas veces me pasa que escribo algo y luego me parece que ya lo he leído; quizás no la anécdota, pero todo lo que lo envuelve. En cambio, se me da de una forma más natural adentrarme en el riesgo de un poema y de tanto en tanto salir con cuenta a favor, como para decir: sí, esto lo voy a compartir.

Pequeños poetas

“El que dice que la poesía no es para niños, es porque no los escuchó. El que está cerca de ellos, sabe que los niños tienen una relación absolutamente espontánea con la poesía. Un poco por gozo, otro poco por naturaleza”, define Luján.

–¿Y a usted le han dado material para sus poesías?

–¡Claro! Cuando hablo de los niños, yo no hablo de una abstracción. Tengo dos hijos, a los que les dediqué mucho tiempo, tomaba nota de lo que decían desde chiquitos. Uno de mis primeros libros fue Equis y Zeta, un comic poético filosófico que hice con Isol. Equis y Zeta son justamente mis hijos, allí yo recopilo cosas que dijeron cuando eran chiquitos. Y antes de tener a mis hijos, armé un taller con niños hijos de exiliados en México. Yo venía de ser arquitecto en la Argentina, tenía un estudio con mucho trabajo, obras grandes. Cuando llegué a México tuve que interrumpir completamente la arquitectura, entonces me dije: aquí nadie me conoce, nunca voy a llegar al nivel de Córdoba, tengo que tomar otro camino. Empecé a estudiar literatura, convoqué a niños a un taller que pensé que iba a durar unos tres meses, y resulta que duró cinco años. Mi aprendizaje con ellos fue extraordinario.

–¿Qué aprendió?

–Que era posible compartir con ellos versos y textos de gran complejidad. Aprendí sobre la capacidad de los niños de disfrutar, comprender, y también de crear y recrear poesía. En esos talleres tuve contacto con algunas frases que no voy a olvidar más, de hecho, publiqué cinco libros escritos por niños en México. Una niñita escribió: Iglesia: casa invisible donde el cura cura la muerte. Eso tiene un nivel de complejidad retórica, semántica, conjunciones y figuras extraordinarias. Otra chiquita de cinco años, jugando a las metáforas, dijo: Niña: flor con calzones. Todos nos reímos. Hasta ahí, es la estructura que podría haber seguido cualquier poeta. Pero escucha cómo remata: Niña: flor con calzones. Y yo me los pongo. ¡Qué maravilla!

El escultor

–Dice que trabaja sus poemas como un escultor. ¿Cuánto tiempo le lleva terminar un libro?

–Por lo general, años. Yo trabajo todo muy lento, pongo una semilla en una tierra que pienso buena, la voy regando, a veces algo nace, a veces no. Por ejemplo, para Comunicarte estoy con un proyecto de un libro de adivinanzas, pero por supuesto, no voy a hacer una adivinanza que no tenga poesía, y al mismo tiempo quiero que sea para niños muy pequeños. Llevo más de un año dándole vueltas a la idea, llegué a pensar que era imposible plantear una adivinanza con un valor poético a un niño pequeño. Pero hace unos días estaba pensando en la sombra, siempre me impresionó mucho y a mis hijos cuando eran chicos también. En Equis y Zeta hay una anécdota de cuando llega mi hijo, que ahí se llama Equis, y me dice: “Papi, dime una cosa: ¿para qué sirve la sombra?”. Yo me quedo helado con la pregunta, con la boca abierta, no respondo. Mi hijo agrega: “Bueno, total... no es muy importante, ¿verdad?” ¡Lanza el planteo y luego me tranquiliza él a mí! (risas). Finalmente con la sombra llegué a esta adivinanza:

Ella es la noche en pleno día. La compañera de la vida. A veces grande, a veces pequeña. Es un dibujo que camina.

Para llegar ahí, fracaso diez veces. Y sigo fracasando con la adivinanza de la almohada, tengo muchas ideas, pero las ideas no hacen un poema, es una partecita: está la sonoridad, la afectividad, la imagen, el humor, las sensaciones, hay tantos componentes que se mueven. Tampoco lo he logrado con el pijama, y sin embargo vino la sombra. Y cuando la sombra llegó me quedé muy contento, porque dije: bueno, quiere decir que este camino, así me lleve dos, tres años, puede dar frutos.

–¿Esa es siempre su manera de trabajar?

–Sí, debo tener unos veinte libros en proyecto. Soy obsesivo, pero no todo el tiempo. Cada tanto les hago una visita, y cuando miro los poemitas, literalmente pasa esto: el poema me mira y hay una palabrita, como si fuera una estrella, que titila y me dice: yo no pertenezco aquí. O bien al revés, hay una que merodea y dice: yo debería estar ahí adentro, pero tú no me has sabido llevar todavía.

–¿Nunca le salen de un tirón?

–Algunas veces tengo esa fortuna, pero casi nunca. La mayoría de las veces, algo falta o algo sobra. Y por lo general, cuando estoy muy cerca del momento en que lo compuse, la emocionalidad, el afecto por el poema, me impiden ser objetivo, porque le he dado bienvenida, me alegra mucho que haya nacido. Entonces casi nunca publico un poema recién hecho.

Música, poeta

Jorge Luján es músico, además de poeta, y combina ambos oficios en espectáculos para chicos y para grandes. Alguna vez formó el grupo Nacimiento, que los que tienen algunos años recuerdan como todo un movimiento de resistencia en México. Aun no ha mostrado mucho en la Argentina, pero en YouTube se pueden conocer obras como las que hizo con Isol, musicalizando Mi cuerpo y yo y Ser y parecer. Los estilos son de lo más diversos: A Como si fuera un juguete, por ejemplo, le puso música electrónica, “provocado” por su hijo. Para adultos trabaja con la soprano mexicana Lourdes Ambriz; para niños ha pensado otros espectáculos como Al filo del cielo, que en pocos días presentará en Roma con la cantante italiana Teresa Porcella.

“Yo intento no repetirme, intento que cada segundo de mi vida tenga una razón de ser. Si un segundo se repite, es como si no lo hubiera vivido, como un segundo muerto. Por lo tanto, también me pasa lo mismo con los poemas”, concluye Jorge Luján. “Con mis textos espero que los niños, pero también los padres y a veces la conjunción de padres y niños juntos leyendo algo, tengan una experiencia transformadora y gratificante. Eso es lo que yo agradezco a los escritores y a los libros que me han acompañado desde que era muy chiquito, que me han ayudado a ser quien soy, a darle sentido a mi vida, a alcanzar una conexión comprometida con el vivir y con el hombre.”

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Luján lleva publicados cerca de cuarenta libros en México y en el mundo, traducidos a varios idiomas.
 
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