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Martes, 14 de enero de 2014

RADIO › MICHEL PEYRONEL, EX BATERISTA DE RIFF, CONDUCE LOUNGE ON WHEELS POR FM CITY

“Hay que unir lo artístico y lo comercial”

Tras sus experiencias en FM Tango, Nostalgia y KSK, el músico y conductor encaró un programa que “es la historia de un piloto de pruebas que va narrando el placer de sus experiencias arriba de los mejores autos”, auspiciado por una marca automotriz.

 Por Cristian Vitale

“Esa hoja está igual desde hace cien mil años”, señala Michel Peyronel, virando la mirada desde un micrófono de radio hacia el inmenso árbol que se ve por la ventana. Improvisa sobre una especie de teoría de la evolución vegetal, y luego pasa a la humana: “Y nuestros cerebros siguen registrando las malas noticias, como los neandertal, porque a eso es a lo que el hombre, hoy, ayer y siempre, le da más importancia: a la tormenta que le puede destruir todo que al pajarito que canta en ese árbol. Son mecanismos permanentes de la mente”, ensaya. Pero hay malas noticias y malas noticias, claro: no es lo mismo tener que pagar doscientas, trescientas butacas, después de un desmadrado show de Riff de principios de los ’80 –“perdíamos guita a lo pavo”, evoca– que venderle el alma al diablo, o vender una marca a través de la música, que no es lo mismo pero es igual. Esta elipsis de “malas noticias” –en sentido figurado, claro– bien podría explicar su propia evolución. La teoría de la evolución de un baterista que se formó en el post punk inmediato –en tiempo y espacio–, que pasó a la historia como parte de ese impresionante cuarteto hard rock argento que fue Riff y devino, intento Tarzen mediante, en conductor, productor e ideólogo de programas de radio. “Aprendí que había que unir lo artístico y lo comercial, algo que siempre vi como un todo”, confiesa él. Y empieza el cuento.

Tras las experiencias en FM Tango, Nostalgia y KSK, el –más– rubio de Riff se reubicó en el éter como conductor de Lounge of Wheels, tira diaria que va de 19 a 21 por FM City. “Es la historia de un piloto de pruebas que va narrando el placer de sus experiencias arriba de los mejores autos, contando historias de la ciudad. Una especie de road movie radial que costó mucho ubicar: ocho años buscando lugar. Millenium había dicho que sí, pero nos querían meter el evangelio en el medio de la historia. Convengamos que se complicaba”, se ríe este dandy del rock argentino –como lo llaman algunos–, que combina en su programa jazz, bossa, soul, reggae, moda, tecnología, relatos urbanos e historias de etiqueta negra, en función de publicitar una empresa automotriz. “Hoy hay que saber ver para qué lado va la cosa con el tema de las marcas... Negarle el rol que pueden tener para que siga existiendo el rock and roll es una boludez. Digamos que las marcas, hoy, pueden tomar el rol que tenían las Cortes en el siglo XVIII, que bancaban a Beethoven, a Mozart, ¿no?

–Bien, pero puesto en perspectiva histórica, es una visión que contrasta con la impronta contracultural que tuvo el rock durante muchos años. Hay un “reservorio moral” que choca con esta unión entre marcas y el género que dio vuelta el mundo, durante buena parte de la segunda mitad del siglo pasado.

–Sí, es verdad, pero eso ya no existe, por lo menos en esta forma de arte. Por supuesto que yo nací en el rock por una cuestión de rebelión innata y que a ciertos pibes les puede irritar que sea una marca la que banca, pero hay que saber cómo presentar eso de manera que caiga bien, a las marcas y a los pibes. Hay que tratar de unir cosas, porque los tiempos están cambiando a una velocidad impresionante.

Peyronel pilotea esta especie de matrimonio por conveniencia a través de la productora Art-Com, plataforma desde la que intenta consensuar contenidos con gerentes de marketing y propietarios de radios, pero también con rectores universitarios, como en el caso del programa que está ideando para Radio Universidad de José C Paz. “Puede ser algo contradictorio, pero yo no lo veo así. Me parece algo increíblemente bueno que el 92 por ciento de los alumnos que está estudiando en esa universidad no provenga de familias universitarias... Armar una radio para opciones como ésta es importante para el tejido social. No soy ni kirchnerista ni macrista ni nada, soy profesional de lo que hago y cuando aparece una buena idea le doy para adelante. No me importa nada”, se ríe Peyronel, que también acaba de sacar un disco de “tango-rock” (Club Atlético de Mutantes) en el que recrea singulares versiones de “Pantalla del mundo nuevo” y “Susy Cadillac”, dos de los clásicos que compuso para Riff –el último junto a Pappo–, y diversos temas de su autoría como “Bienvenido a mi pasado” y “Te quiero bien”. “Estoy tratando de ver de quién me afané algo, pero no encuentro”, se ríe el baterista, que grabó el disco acompañado por el grupo La 303. “Todo lo que toco suena a rock pesado inmediatamente y lo que escribo, a apocalipsis”, explica.

–“La ciudad ultramoderna / se despierta una vez más / no sabe que está sitiada / y ya no sobrevivirá...”

–Pantalla del mundo nuevo”, claro, es como el himno apocalíptico, ¿no? Recuerdo que la letra era un choclo y le dije a Pappo: “¿Querés que la cortemos?” Pero él se negó y así fue un éxito tremendo. Me acuerdo de tocarla en la cancha de Unión de Santa Fe, en pleno invierno, con un frío de cagarse, fosa en el medio, de noche, con alambrado, camión de bomberos, canas, y nosotros ahí solitos... ¡qué pensaban que iba a pasar! (risas)

–Los shows de Riff tenían siempre ese no sé qué...

–El fenómeno Riff fue increíble. Una vez tocamos en Posadas, en un anfiteatro que daba al río, divino. Tocamos, nos fuimos a comer, y al día siguiente, en el desayuno, buscaba algo del show y nada, hasta que alguien dijo “fijate en policiales”... Tal cual: ¡dos páginas con un quilombo infernal!

–Generaban una adrenalina que, en ese momento, no tenía demasiados canales para drenar “en paz”.

–Claro, estaba Seru Giran y toda esa cosa de los dinosaurios, y nosotros con “Ruedas de metal”... Y la gente enloquecía, era surrealista. Recuerdo la pelea entre nos en Córdoba, que también tuvo esos ribetes. Tuvo su causa en las pastillas que repartía Vitico, esas criptonitas verdes para dormir que circulaban en los micros, pero que si te quedabas despierto y te clavabas un par de whiskies, pasaba lo que pasó esa noche... El monstruo verde (Pappo) reaccionó: no podía andar tomando esas cosas raras porque se transformaba inmediatamente. Era como Bonham en Zeppelin.

–Vitico y usted tampoco eran nenes de pecho.

–Para nada. Y fue esa juntada de caracteres fuertes la que provocó una banda totalmente diferente a lo que había entonces. Era muy intensa: la forma del bajo a lo AC/DC, junto a las fórmulas que encontrábamos para la guitarra, por ejemplo las rítmicas complicadas de “Mal romance”, que estaba hecho sobre notas casi pop. Hay cosas de Riff que parecen fáciles, pero en realidad son difíciles de sacar: “El forastero” o “Que sea rock”, por ejemplo. Encontramos una forma de tocar que era inclasificable, porque no era una banda estereotipo. Yo odiaba a Pappo’s Blues, incluso. Venía de tocar cerca de The Clash, de The Stranglers, ese palo, y el blues era algo que no me atraía en absoluto. Tengo toda la colección de Pappo’s Blues envuelta en el celofán (risas).

–¿Pappo estaba al tanto?

–Sí, le decía que ese grupo era un bodrio (risas) y que en Riff él no podía hacer esos solos kilométricos. ¿A quién le gustaba eso? Le decía esas cosas en la cara sin el mínimo problema, como él también me decía cosas espantosas a mí, claro.

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“Todo lo que toco suena a rock pesado inmediatamente y lo que escribo, a apocalipsis”, asegura Peyronel.
Imagen: Luciana Granovsky
 
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