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Sábado, 6 de enero de 2007

RADIO › MIGUEL GRINBERG Y “ROCK QUE ME HICISTE BIEN”

“No me interesa cumplir las funciones de un disc jockey”

Periodista, filósofo, escritor, productor de la primera hora del rock local, Grinberg ocupa un atípico horario en Nacional.

 Por Cristian Vitale

Faltan diez minutos para las cinco de la mañana de un sábado y suena el teléfono de Radio Nacional. Es un camionero: “Pasen una de Pappo, que estoy llevando piedras a Santiago del Estero”. Miguel Grinberg accede y después recibe otro: dos argentinos desde Beirut, en medio de las bombas. Dicen que escuchar un programa como Rock que me hiciste bien es lo mejor que les puede pasar, un bálsamo entre el caos. Al viejo poeta beat se le dibuja una sonrisa y avanza. “Creo que es un horario ideal, porque no hay estrépito urbano”, cuenta sobre el programa que conduce y musicaliza por la AM 830, todos los sábados de 4 a 6. El tono parsimonioso y zen de Grinberg es de lo mejor que puede ocurrir en ese horario. Pasa canciones de Aquelarre, habla de Spinetta y La Cofradía de la Flor Solar, filosofa sobre cada época de las que lleva encima el género desde los ’60 y presenta “nuevos valores”. “No me interesa cumplir la función del disc jockey, que pasa discos y lee las fichas técnicas de los discos. No hago arqueología de la música, porque me interesan el contexto histórico y una constante: siempre el elemento predominante es lo difícil y peligroso que representa ser joven. Adhiero a la definición de Spine-

tta en tiempos de Artaud: el rock es un instinto de vida”.

Durante dos horas también suenan Jorge Senno, una versión de “Sueño con serpientes” en tiempo de rock a cargo del grupo Patagonia Revelde –así, como el tema de La Renga–, Andrea Alvarez y Vértigo Colectivo. “También tengo mi corazoncito y si se presenta la posibilidad de charlar con algún prócer del rock, lo hago. No es fácil a esa hora, pero algunos vienen porque son hombres de la madrugada: la otra vez vino Willy Quiroga y después Javier Martínez”, dice, mientras ensaya una teoría que derriba cualquier pared que se quiera levantar entre generaciones. “Insisto en definir al rock como progresivo, porque no construye museos o catedrales sino música en evolución. El ejemplo es que los más grandes grupos –Manal, Almendra o Seru Giran– se han separado en su mejor momento, porque el grupo quedaba chico para la superación individual de cada músico.”

A su manera, Grinberg también es progresivo. Varias veces se reinventó a sí mismo. Ha mutado. De su origen como editor de la revista Eco Contemporáneo en los primeros ’60 pasó a trabajar como crítico de cine y música en la revista Panorama, o sumarse a la primera hora del rock en castellano como fogonero del ciclo “Acá, allá y en todas partes”. “Juan Kreimer, un amigo, me dijo: ‘Andá al Teatro de la Fábula, que escuché algo muy importante’. Yo me mandé y eran Los Beatniks. Nos copamos mutuamente... ellos se estaban disolviendo, porque no tenían ni presente ni futuro. En esos días, a través de Susana Nadal –la mamá de Fidel–, conocí a Carlos Mellino, que tocaba en Los Seasons con Alejandro Medina, y ambos me invitaron a La Cueva. Naturalmente me vi inserto en ese momento fundacional del rock, yendo a invadir departamentos y fiestas cualquier noche de la semana. Vivencié que estaba naciendo algo y con Susana organizamos ‘Aquí, allá y en todas partes’ con los Seasons, El Indio Gasparino (hoy Facundo Cabral), Moris y Tanguito”, evoca.

–¿Javier Martínez no?

–Lo invité, pero como había que ensayar y él sostenía la tesis de que los genios no ensayan, se apartó.

En simultáneo, Grinberg ya contaba con el mérito de haber sido el primer argentino en traducir textos de los poetas beat. Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William Burroughs cayeron en sus manos y penetró otro mundo, paralelo al de los inicios del rock argentino. La primera traducción fue “Aullido”, de Ginsberg. “Trabé contacto con él de una manera accidental”, rememora. “Como soy muy formal para traducir, traduje un poema suyo, lo mandé a la editorial para que lo revisaran, y cuatro meses después me llegó una carta suya desde Tánger, donde estaban todos ellos, porque se podía fumar y experimentar con alucinógenos sin peligro de caer preso. El me autorizó la traducción, pero me pidió que no suavizara las expresiones duras. Me dijo que pusiera las más duras: pija, culo, maricón, todo eso. Tengo la copia en carbónico donde él me sugería qué palabras poner.”

–¿Con quién trabó más contacto?

–Con Leroy Jones. Fue en febrero de 1964, cuando fui a Nueva York y descubrí la beatlemanía. Había salido de Buenos Aires para México y no sabía que existían ni los Beatles ni los Stones. Escuché a Los Beatles en la vitrola de la parada de ómnibus del paso Texas. Mientras esperaba que saliera el ómnibus vi que había como 20 temas, los escuché todos y se me partió la cabeza. Llegué integrado y a la semana estaba leyendo poemas en un bar de la 2ª avenida, con todos los poetas beat, Jones, Ginsberg, etcétera.

–¿Y Kerouac?

–No estuve cuerpo a cuerpo con él, porque ya no estaba bien. Era muy alcohólico y su cuarto de hora como figura de la literatura había pasado. Los bohemios de Nueva York le rajaban porque ir a los bares con él significaba terminar a las trompadas con tipos pesados, y caer vomitando en la vereda. Jones era uno de los pocos que lo bancaba. Hablé dos veces con él por teléfono.

Durante la década posterior, transformó Eco Contemporáneo en Contracultura y se dedicó a organizar recitales de rock. Porque Grinberg fue también una especie de productor pionero y artesanal. Abrió una oficina cooperativa con Oscar López y representó a León Gieco, Aquelarre, Raúl Porchetto y Pappo. Organizó ciclos en la Sala Planeta y en el Odeón, mientras cosechaba data para el que sería uno de los primeros libros sobre el rock de acá: Cómo vino la mano. “Cuando Spinetta disolvió Pescado Rabioso y se peleó con todo el mundo, yo me asocié con Carlos Robertone y organizamos las presentaciones de Artaud en el Astral y en el Atenas de La Plata. Me vi involucrado como productor de eventos, no porque me interesara el negocio sino porque alguien se tenía que ocupar de eso”, dice.

–¿Cómo era el feedback con los músicos y cuánto había de interés económico en la producción de eventos de rock en esa época?

–El caso de Artaud y el de “Aquí, allá y en todas partes” son sintomáticos. Después de sacar lo que costaba el alquiler del lugar y todo lo que se gastaba en publicidad –afiches, volantes–, la ganancia se dividía en partes iguales, entre los que habíamos trabajado en la operación.

–Una producción artesanal...

–Y comunitaria.

–¿Es el mismo espíritu que subyace en las producciones posteriores?

–En general, sí. Pero no fue todo el tiempo así. Cuando el rock empezó a mover masas, a ir a Obras o al Luna, apareció el productor como entidad... Grinbank, Ohanian, Pity... De la misma manera que aparecieron productores discográficos y de recitales. Empresas comerciales, digamos.

El devenir del poeta fue virando hacia el lado de la espiritualidad oriental. La revista Contracultura se convirtió en Mutantia. Grinberg comenzó a traducir libros de New Age y la revista, pese a ciertos guiños rockeros –como los artículos firmados por Claudio Gabis y Moris– era fundamentalmente ecologista. “El primer número fue contra el plan nuclear que había ideado la dictadura. Antes que se pusiera de moda, tratábamos temas como la radiación, la basura atómica y los plaguicidas. Gracias a esa revista me invitaron a un seminario internacional sobre ecología en Nairobi, que me llevó a ser protagonista de Eco 92. Cuando irrumpió la democracia, toda la Argentina se convirtió en un laboratorio experimental. Y yo prioricé lo ecológico y lo espiritual, porque también traduje libros del monje trapense Thomas Merton, de Gandhi o de Joseph Campbell, y me convertí en instructor de meditación tibetana.”

–¿Cómo funciona el lazo entre la espiritualidad y el rock?

–No podría decir que hay un rock espiritual, ni una espiritualidad ro-

ckera. Desde el rock, aun teniendo una actitud ecologista y pacifista, la espiritualidad era un elemento ausente porque, por desconocimiento, se vinculó siempre la espiritualidad con la organización religiosa, cuando no es así. El misticismo no implica una institución religiosa, porque la historia demuestra que los místicos más importantes siempre fueron perseguidos por los dogmas. Muchos ecologistas se ocupan del entorno y no de lo interno, algo que hay que descontaminar tanto como el planeta.

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“En todas las épocas, el elemento predominante es lo difícil y peligroso que representa ser joven.”
Imagen: Bernardino Avila
 
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