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Martes, 13 de mayo de 2008

DANZA › FELICITAS, AMOR, CRIMEN Y MISTERIO, DIRIGIDA POR JULIO BOCCA

Una tragedia que se puede bailar

Más allá de la intención de recuperar una narrativa en el ballet y las buenas interpretaciones de Cecilia Figaredo, el primer bailarín Lucas Segovia y el veterano Raúl Candal, la puesta del Ballet Argentino deja algunos claroscuros.

 Por Alina Mazzaferro

De todas las historias de la Buenos Aires decimonónica, la de Felicitas Guerrero es una de las más trágicas, de esas que instalan de una vez y para siempre una mitología urbana. Felicitas era una de las jóvenes más bellas de la sociedad aristocrática de su época y también una de las más cortejadas. Pero el destino –en realidad, su padre– hizo que se entregara a un hombre que la superaba ampliamente en edad como en fortuna, Martín Alzaga, del cual por supuesto no estaba enamorada. El amor y la dedicación que no pudo genuinamente brindarle a su marido fueron depositados en su hijo Félix, que renovó sus esperanzas. Pero el destino le jugó otra mala pasada: la fiebre amarilla se llevó a Félix, de seis años. Poco más tarde, la muerte llamó a la puerta de un nuevo recién nacido y también de su marido, que ya rondaba los 70 años cuando su mujer cumplía apenas 26.

Si al fin estaba liberada para emprender una nueva vida, luego de un par de años de realizar el prudente luto, la desgracia se ensañó nuevamente con esta mujer. Felicitas encontró a su verdadero amor, el estanciero Samuel Sáenz Valiente; estando ya comprometidos, recibió la visita de un antiguo pretendiente que estuvo durante años secretamente enamorado de ella. Enfermo de celos, Enrique Ocampo le disparó a Felicitas y luego se suicidó. El 30 de enero de 1872 murió Felicitas, la que, paradójicamente, no conoció la felicidad. Una década más tarde, los Guerrero, en recuerdo de su hija, levantaron la capilla Santa Felicitas, en el corazón de Barracas. La historia cuenta que cuando el templo fue restaurado, al colocar las alas de los ángeles de mampostería sonaron inexplicablemente las campanas. Eso no es todo: según el mito popular, quien toque la estatua de Felicitas que está en el interior de la iglesia sufrirá una equivalente desgracia. Triste fama la de Santa Felicitas, que todavía, más de un siglo más tarde, pocos novios eligen para casarse.

Historias potentes como esta son material predilecto de las artes escénicas. La danza clásica, en su afán representativo, se ha nutrido de las fábulas más variadas, trágicas y míticas, de múltiples orígenes: príncipes que se enamoran de mujeres convertidas en cisnes o willis que vagan por los bosques por la noche, romances entre piratas y esclavas griegas, amores imposibles entre humanos y bellísimos espectros alados, pasiones interrumpidas por celosos caballeros que hacen la vida imposible a los amantes, sensuales muchachas que atrapan más de un corazón y que al final pagan sus errores con sus propias vidas... Felicitas es una suerte de versión criolla de Carmen, la mujer cuyo destino está signado por las cartas, aunque bastante más ingenua y menos culpable del final que le toca. Si en los últimos años la danza local le ha dado generalmente la espalda a las historias para volverse más abstracta, pareciera que Julio Bocca se empeña en devolverle al ballet su carácter representativo, narrando cuentos de amor que atraigan a un público no necesariamente amante del ballet. Después de Adiós hermano cruel y tras su retiro, Bocca reaparece en la escena en carácter de director general de Felicitas, amor, crimen y misterio, interpretada por el Ballet Argentino, con Cecilia Figaredo a la cabeza. La acompañan el primer bailarín de la ópera de Burdeos Igor Yebra, Lucas Segovia y Raúl Candal, que ha regresado a las tablas como si el tiempo para él no hubiera pasado.

Con coreografía de Ana María Stekelman, Felicitas... se propone narrar esta leyenda del repertorio nacional con un lenguaje bastante más clásico –aggiornado a los tiempos que corren, por supuesto– que lo que Stekelman está acostumbrada a proponer. Y también bastante más redundante, plagado de pasos de vals y series que se repiten una y otra vez. La música no ayuda a realizar esta pintura de época, más bien todo lo contrario: la creación original de Sergio Vainikoff no recupera el espíritu criollo; nada hay allí de sus melodías, sus instrumentos, su fuerza y carácter. Vainikoff ofrece un contexto musical “neutro”, ni de época ni moderno, con melodías más cercanas a la música ambiental que a una composición para ballet, que nada tienen que contar acerca de la vida y las costumbres en el Río de la Plata en el siglo XIX. Así, la obra, con sus vestuarios (de Renata Schussheim, esta vez bastante austera) y su escenografía de época (de Tito Egurza, que reconstruye digitalmente, a partir de fotografías, los escenarios decimonónicos), se despega, como un cuadro mudo, del plano musical.

Sólo por momentos la obra cobra vida, recuperando el espíritu rioplatense, cuando entran a escena los Tamboreros del Río de la Plata, con su candombe, sus colores, su magia. Tambores que hacen vibrar al público y también a la obra: la coreografía se vuelve más libre, la historia se reconcilia con la música y ambas se vuelven una sola. Claro que los intérpretes tienen su mérito, en este intento por dar vida a este cuento mudo. Cecilia Figaredo se muestra más segura que nunca; logra con la interpretación lo que su físico, musculoso, escultural, parecería impedirle: componer a una Felicitas ingenua, aniñada, frágil. Lucas Segovia, en el papel de Enrique, se afirma como primer bailarín, con gran poder interpretativo. Raúl Candal, ex primera figura del Teatro Colón, que dirigió el cuerpo estable de ese teatro en 2007 y hace años que se dedica a la enseñanza, demostró que él sabe lo que un bailarín de carácter debe hacer. Impecable y en línea, a sus 55 años Candal demuestra que ha atesorado las lecciones recibidas durante la época de oro del primer coliseo argentino.

El sabe cómo debe contarse una historia en código de ballet. Tal vez este amante de los clásicos deba compartir su secreto con Bocca, si es que este último pretende que sus creaciones permanezcan en el repertorio de la danza local como sucedió con La bella durmiente, El lago de los cisnes, El cascanueces y tantas otras piezas del siglo XIX a nivel internacional. Claro que Marius Petipa sabía que un ballet empieza por una buena historia y una buena composición musical, y tal vez su legado no hubiera llegado tan lejos si no fuera porque a su lado estaba el gran Piotr Tchaikovski. La vida de Felicitas Guerrero lo tiene todo, pasión, un crimen y un gran mito urbano instalado después de la muerte; también el Ballet Argentino cuenta con buenos intérpretes, además de renombradas figuras invitadas. Y sin embargo, en cuestiones de arte, esto no es condición suficiente ni garantiza que una historia potente encuentre su clímax en un pas de deux.

7-FELICITAS, AMOR, CRIMEN Y MISTERIO

Con Cecilia Figaredo y el Ballet Argentino.

Coreografía: Ana María Stekelman

Dirección: Julio Bocca

Lugar: Teatro Opera. Funciones desde hoy y hasta el sábado a las 20.30. Ultima función el domingo 18 a las 19.30.

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Por momentos, la música no termina de cuajar con la trágica historia de Felicitas Guerrero.
 
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