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Jueves, 30 de agosto de 2012

DANZA › TERMINO EL FESTIVAL Y MUNDIAL DE TANGO

Brillo y virtuosismo en el aire

La uruguaya María Noel Sciuto y el argentino Cristian Sosa se consagraron en la categoría Tango Escenario. Al margen de la competencia, María Nieves coqueteó con ganadores de ediciones pasadas y Daniel “Pipi” Piazzolla homenajeó a su abuelo.

 Por María Daniela Yaccar

“Te envidio”, dice, mufado, el taxista, y frena en la puerta del Luna Park. El enfila para la ciudad de la furia, mientras unas 8 mil personas entrarán en la noche recorriendo una ciudad imaginaria, donde lo más importante será lo que dos cuerpos, el de un hombre y una mujer, puedan hacer gobernados por la música del dos por cuatro. Romántica sí, nostálgica no: así fue la final del Festival y Mundial de Tango, que ocurrió el martes desde las 19. La uruguaya María Noel Sciuto y el argentino Cristian Sosa se consagraron en la categoría Tango Escenario, con un promedio de 8,4. Al margen de la competencia, una espléndida María Nieves coqueteó con ganadores de ediciones pasadas y Daniel “Pipi” Piazzolla, nieto de Astor, evocó una de las etapas más experimentales de su abuelo junto a músicos de Escalandrum. Las cifras del gobierno porteño indican que 500 mil personas pasaron por el festival en las dos semanas que duró, entre ellas 70 mil turistas.

Los jóvenes dominaban el escenario –Sciuto y Sosa tienen 25 años– y los adultos los contemplaban desde butacas y gradas como padres embobados que miran a sus hijos en su primer acto escolar. Tal vez sentían orgullo o, al menos, tranquilidad, al percatarse de que la música de su pasado, patrimonio cultural de la humanidad desde 2009, está en buenas manos. Fue una tarde-noche de coreografías majestuosas, bailarines de cuerpos trabajados, atuendos candentes, escotes pronunciados y mucho, mucho brillo. La fiesta fue protagonizada por veinte parejas de diferentes zonas de la Argentina, Colombia, Rusia y Japón. Así se puso fin a los quince días de ciclos y producciones especiales dedicadas al género bajo la organización del gobierno porteño. El lunes tuvo lugar la otra final del mundial, la de Tango Salón, en la que triunfaron Facundo de la Cruz Gómez Palavecino y Paola Sanz. Desde el comienzo de la competencia, 487 parejas de 32 países compitieron en ambos estilos.

Fue una noche romántica pero no nostálgica porque el tango escenario no refleja demasiado aquello de que “el tango es un pensamiento triste que se baila”, como decía Discépolo. No explicita un ánimo mundano, una impronta proletaria o una melancolía de arrabal. Y en todo caso, si lo hace, eso corre el riesgo de quedar eclipsado por una elegancia muy “pro”, un poco televisiva. El público parecía estar más atento al virtuosismo que a cualquier otra cosa. Esa cualidad era indiscutible, pero a menudo soslayaba el sentimiento, el cisne negro que cualquier bailarín seguramente tenga dentro. Todas las parejas recibieron aplausos mientras la mujer estaba en el aire. Pero solamente otras cuatro, además de la de Sciuto y Sosa –que bailaron “El gordo triste”, en versión de Goyeneche– fueron premiadas: Eber Burger y Yésica Lozano Elías (Lanús), Cristian Correa y Sabrina Amuchástegui (Córdoba), Nicolás Schell y Nair Schinca (Merlo, Buenos Aires) y Hugo Mastrolorenzo y Agustina Vignau (Los Polvorines). También compitieron los ganadores del campeonato europeo, los moscovitas Taisiya Finenkov y Dmitry Vasin.

A diferencia de otras ediciones, los extranjeros no cautivaron al jurado, integrado por Eduardo Arquimbau, Alejandra Mantiñan, Juan Carlos Copes, Nélida Rodríguez, Cecilia Figueredo, Natalia Hills y Miguel Angel Zotto. Pero los bailarines de Colombia, Japón y Rusia fueron la ventana para conocer cómo se siente el tango en otras latitudes. Por ejemplo, a la sutileza oriental de Genta Nakasawa y Manabu Kato, Jhon Alexander Moncada Rojas y María Sánchez Moncayo (Cali) opusieron soltura caribeña. Ellos tenían hinchadas efusivas, como los que habían llegado de provincias argentinas. Las actuaciones se transmitían por cuatro pantallas gigantes. En los baches aparecía con frecuencia el rostro de Hernán Lombardi, ministro de Cultura porteño. La cámara lo paneó media docena de veces. En un momento enfocó a Horacio Ferrer, en primera fila, quien recibió un masivo aplauso.

Durante lo que duró la competencia, Fernando Bravo, el conductor del evento, permaneció en las tinieblas: su voz salía de los parlantes pero no se lo veía. Más tarde subió al escenario para presentar al Piazzolla Electrónico, el revival que Pipi Piazzolla dedicó al Octeto Electrónico fundado por su abuelo en la década del ‘70. Con parte de Escalandrum y otros músicos, el baterista ejecutó nuevas versiones de “Primavera” y “Otoño”, que son parte de la serie Las cuatro estaciones porteñas. En ese momento solamente se podía pensar en el obvio pero nunca inadvertido lujo que significa que un artista de la talla de Piazzolla haya nacido casualmente en este país. Y lo que se podía hacer era mover un poquito la cabeza de arriba hacia abajo. A eso invitaban ambas rarezas, de caracteres bien diferentes. “Soy medio loco. Tocamos obras no tan tocadas y con otros arreglos (a cargo del pianista Nicolás Guerschberg), pero sin faltarle el respeto a la música de mi abuelo. Supongo que debe estar contento”, sostuvo Piazzolla, ya debajo del escenario. Se lo notaba emocionado por compartirlo con su papá, Daniel, que no tocaba desde hacía 16 años.

Finalmente fue el turno de María Nieves, quien dejó en el aire un interrogante: ¿dónde dejó sus 78 años antes de subir al escenario? La bailarina más codiciada por los milongueros a mediados del siglo pasado sedujo con distintos estilos a los nueve campeones anteriores del mundial de tango. Con gracia, enfundada en un vestido negro, empujó a uno, pateó a otro y entregó un beso. Y dejó una lección en un video que se transmitió por las pantallas: “El tango es mi vida y es un sentimiento. Hay que llevarlo primero en el corazón y de ahí a los pies. No se la crean. Llegar es lo más fácil, lo más difícil es mantenerse. Van a tener que aprender a ser profesionales también en la vida. Menos aire y más piso. ¿Soy clara?”.

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Sciuto y Sosa, ambos de 25 años, cautivaron al público y al jurado.
Imagen: Jorge Larrosa
 
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