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Domingo, 10 de febrero de 2013

DANZA › COMO UNA NIEBLA, EL NUEVO ESPECTACULO DE ANDREA SERVERA

La terapia del movimiento

Recuperada de un accidente automovilístico que la llevó a estar en coma varios días, la coreógrafa ideó una obra que alude a la traumática situación vivida, pero desde un costado onírico y poético, y a través de una multiplicidad de lenguajes.

 Por Carolina Prieto

Es una de las coreógrafas más inquietas y talentosas de la escena local. Andrea Servera empuja las fronteras de la danza, fusiona lenguajes y universos distantes generando espectáculos de una belleza inusual. Planicie Banderita, La sombra de un pájaro en vuelo y Amor a mano son algunos de los trabajos en los que articuló diferentes estilos musicales, formas de movimiento, videodanza, fotos y bordados que transportan al espectador a mundos oníricos. Además, la creadora que inició su formación con Ana Kamien y siguió en el Taller de Danza Contemporánea del Teatro San Martín suele incursionar en terrenos no del todo frecuentados por la danza. Trabajó en la Fundación Crear Vale la Pena formando jóvenes de zonas carecientes (muchos de ellos son hoy bailarines consolidados, docentes y hasta generan sus propias obras); fue docente en la Cárcel de Mujeres de Ezeiza; y empapó de movimiento las pasarelas de los desfiles de moda del Baf

week. También coordina el C.A.D. (Combinado Argentino de Danza), un combo de bailarines contemporáneos, de malambo y de hip hop musicalizados en vivo por el dj Villa Diamante. Una agrupación que cual ventarrón viene arrasando en cuanto escenario se presenta con un cóctel adrenalínico de energía y libertad, una mezcla de estilos y músicas que invita al público a sumarse a la fiesta.

Como una niebla es su última creación (viernes 15 y 22 de febrero a las 21 en la sala Hasta Trilce, Maza 177). El trabajo marca el regreso de Andrea a los escenarios interpretando una obra completa. Es que hace siete años sufrió un accidente automovilístico que la llevó a estar en coma varios días y con un pronóstico muy delicado. “Volver a bailar a los 44 años después de haber pasado por un accidente que me dejó el cuerpo destrozado, la pelvis partida en mil pedazos y tener un reemplazo de cadera, es una suerte de revancha. Y es un homenaje a mi traumatólogo, que me operó, confió en que iba a curarme y me acompañó siempre. Otros médicos y enfermeros no creían lo mismo. Tardé casi un año en volver a pararme sobre mis pies sin ayuda. Fue un proceso largo”, sostiene.

El espectáculo elude de lleno los golpes bajos, es abstracto y se aleja de toda literalidad. No se ven cuartos de hospital, choques ni sangre. Más bien propone una conjunción de música, imágenes proyectadas y cuerpos en movimiento que generan climas en un espacio despojado. Hay pocos elementos: una pantalla, una lámpara de quirófano que cuelga y no mucho más. Lo cierto es que no hace falta saber del accidente para apreciar la obra en la que cinco intérpretes aparecen como arrojados al piso, al vacío, chupados por la gravedad, bañados por sonidos e imágenes potentes, en un tránsito hasta incorporarse con mayor o menor dificultad y desplegar una calidad de movimiento distinta. No más cuerpos amontonados y enroscados sino de pie y hasta algunos vivitos y coleando.

“Siempre pensé que tenía ganas de hacer algo a partir del accidente, por más que haya estado presente de manera menos obvia. En La sombra de un pájaro en vuelo, por ejemplo, había algo de oscuridad, de mundo onírico, de movimiento más trabado. Necesité que pasaran siete años y sentirme bien yo para poder bailar del comienzo al final. Antes había hecho cosas más chicas: bailé en el Festival Ciudadanza, en el homenaje en el Malba a Clarice Lispector, en la puesta de Estructura suspendida en la Casa de la Cultura”, asegura. Hasta que el deseo de abordar ese hecho traumático se impuso y se sintió capaz de sostenerlo: “Bailo siempre dentro de mis limitaciones y me tengo que cuidar mucho”, aclara.

A comienzos del 2012, empezó el proceso creativo. Se reunió con Karin Idelson, la videasta y fotógrafa que la acompaña en sus aventuras artísticas, y empezaron a imaginar qué contar desde lo visual. Filmaron un videodanza tan desolador como bello en un hogar de ancianos de San Martín, cuyos pasillos remiten a un hospital. También filmaron en un cementerio de autos chocados logrando imágenes hipnóticas a partir de las chapas, la carrocería arruinada y los tonos ocres de la corrosión. La música fue otro de los primeros materiales que tomaron forma. Su marido Sebastián Schachtel, integrante de La Portuaria y de Las Pelotas, creó una banda sonora muy intensa, que remite a aparatos complejos y metálicos. Son ocho temas musicales que a su vez dan nombre a las escenas: Metal, Terapia, Morfina, Resonador, Nostalgia, Construcción, Reactivo, Futuro. Con este bagaje, Servera convocó a cuatro intérpretes del C.A.D. (Mariela Puyol, Yésica Alonso, Nelson Simonelli y Nelson Barrios) y empezaron los ensayos. “La primera parte fue muy hablada –recuerda–. Yo les contaba lo que se siente en relación a lo que implica quedarse quieto, que te obliguen a quedarte quieto con el cuerpo dolorido, partido, lastimado. Y lo que la medicina también hace cuando estás así: te crea una realidad paralela y no sufrís, como una fantasía alucinante en la que todo se transforma como en un cine y entrás en un estado rarísimo”.

Empapados de ese clima empezaron a experimentar con el cuerpo, lanzándose al viaje que Andrea quería nombrar sin palabras. A las pocas semanas se percataron de que iban a entregarse a la gravedad, trabajar mucho en el piso, sin pararse, probando qué lenguaje aparecería. En esa búsqueda, el manejo de los ritmos sería central. En la primera parte, que sucede al ras de la tierra, el elenco se integra en una masa, forma un único cuerpo o, como prefiere decir Andrea, “un estado”, hasta que se individualizan en solos o dúos. Ahí comienzan a desplegar otras energías, incorporándose del piso de distintas maneras, algunas hasta fuertes y violentas pero llenas de vitalidad. Como cuando uno de los chicos recorre el espacio impulsándose con su espalda cual resorte, dejando a todos atónitos. O cuando otro se lanza a un solo de poping (uno de los tantos estilos de la danza callejera) y parece que reconstruye su cuerpo, contrayendo y relajando distintas partes. “Es el poder de la energía del cuerpo y de transmitirla a los demás. El poder de la danza, del movimiento. Es más, yo nunca paré de moverme: me contaron que estando en coma movía los pies todo el tiempo”, señala.

Después de cada función (hicieron cuatro a fines del año pasado) terminan muy contentos, como más iluminados, cuenta. Y no duda de algo: más que hablar del dolor, Como una niebla habla de la vida y del cambio. Un devenir que ya la tiene inmersa en nuevos proyectos: la presentación del C.A.D. en el Hall del Teatro San Martín, con sorpresas en relación a las actuaciones anteriores del grupo; y el estreno de un espectáculo de danza para niños sobre Igor Stravinsky, invitada por el Centro de Experimentación del Teatro Colón para las próximas vacaciones de invierno.

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Como una niebla elude los golpes bajos y se aleja de toda literalidad.
 
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