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Viernes, 7 de mayo de 2010

CULTURA › ARIEL MAGNUS Y SU LIBRO GANAR ES DE PERDEDORES

El fútbol, con todas las letras

Después de haber aludido tangencialmente en anteriores novelas al más popular de los deportes, el escritor le dedicó un libro entero de relatos. “Creo que alguien al que le gusta el fútbol tiene más chances de ser feliz que alguien al que no”, señala.

 Por Fernando D´addario

La intuición termina siendo equívoca: después de leer el desopilante y conmovedor relato “Cristolín”, se tiende a pensar que el narrador es hincha de Huracán. Las andanzas de Metodio Severino Morales, ese estoico fanático quemero que decide dejar congelar su vida, sus costumbres y sus rutinas en 1973 (en una especie de cábala-homenaje a aquel formidable equipo dirigido por César Luis Menotti), invitan a especular con una identificación más profunda que la mera adhesión intelectual al romanticismo futbolero. Pero no: Ariel Magnus, el narrador en cuestión, ni es de Huracán ni se crió en Parque de los Patricios. Es de River y creció entre Florida y Belgrano.

Es probable que los avatares que guiaron el último año al club de Núñez hayan estimulado las facultades literarias del autor, plasmadas en el flamante y más que interesante Ganar es de perdedores (publicado por La Otra Orilla). Un libro de relatos marcado por el absurdo, en el mejor de los sentidos. Magnus ubica sus historias más allá de la inverosimilitud. Escarba en los pliegues del sinsentido hasta dar cuenta, casi en forma imperceptible, de una especie de filosofía de vida aplicada al fútbol. O, más bien, de una filosofía del fútbol aplicada disparatadamente a la vida. El cuento que da título al libro es en ese sentido paradigmático. Leopoldo Lamberto Lünenhof, director técnico del Aguerridos de San Javier (un equipo que acaba de ascender a la Primera C y que jamás podría existir, ¿o sí?), hace jugar tan bien a sus dirigidos que terminan perdiendo por goleada todos los partidos. “El Aguerridos tenía un juego tan vistoso y estimulante de toque y toque, de viene y va, que interrumpirlo para meter la pelota dentro del arco contrario parecía una pena”, comenta el narrador. “A mí me gusta ponerme los límites y luego jugar a romperlos –subraya el escritor en la entrevista con Página/12–. Es como inventar un juego donde la regla principal es que no vale tocarla con la mano y luego hacer todo lo posible por hacer un gol con la mano. Por eso creo que surge esa tendencia al absurdo, a llevar las cosas hasta sus últimas posibilidades, pero siempre dentro de un marco bastante rígido que hace que no se desbanden. Thomas Bernhard decía que las cosas sólo se ven con claridad en la hipérbole, y el absurdo funciona a veces como esa exageración que te permite ver las contradicciones y las curiosidades de un juego o de la vida en general.”

Magnus supo ser arquero: “Jugué en el club Barkojba, de Moreno, que está en Faccma (el campeonato de clubes judíos). Era tan petiso que los rivales se reían, pero no era tan malo si la pelota no iba contra el travesaño. Mis especialidades eran salir a tapar y los penales. Fuera de eso siempre jugué de mediocampista o delantero, y siempre fui de los que en la escuela eligen en cuarto o quinto lugar, o sea ni muy bueno ni muy malo. Todavía hoy no desentono demasiado en un fútbol cinco, aunque mi estado físico es más bien tirando a lamentable”. Además de jugar al fútbol, escribió las novelas Sandra, Un chino en bicicleta (ganadora del premio La Otra Orilla), Muñecas y Cartas a mi vecina de arriba. En las dos primeras hay diversas alusiones al fútbol, que decantaron finalmente en un libro dedicado por entero al “género”. Más allá de los detalles futboleros, si hay un vínculo entre Un chino... y Ganar es de perdedores acaso resida en la minuciosidad –parecida al de un entomólogo obsesionado con sus criaturas– con que analiza, describe e imagina la vida de sus personajes, ya sean futboleros o habitantes del barrio chino en Buenos Aires. El autor tiene el prurito de desautorizar la comparación entomológica, pero dice que sí: en los dos libros “se repite esa concentración deliberada en un tema hasta exprimirle todo el jugo posible. Me interesaba sobre todo explorar los alrededores del juego, y aun siento que podría escribir otro equipo de cuentos sin haber avanzado demasiado, lo mismo que cada vez que vuelvo al barrio chino siento que podría escribir la continuación de aquella novela. Son temas infinitos, el fútbol, los chinos (los insectos...)”.

Magnus, que estudió literatura española y filosofía en Alemania, confiesa que no es un erudito en materia de literatura futbolera. Se reconoce admirador de Fontanarrosa y admite que leyó “con sumo placer” los cuentos de fútbol de Soriano, pero hasta ahí llegó. En el relato “Tribulaciones de un intelectual en offside” ejecuta todos los prejuicios, resentimientos y fobias que marcan la tensión entre “los intelectuales y el fútbol”, vieja dicotomía que ha ido acercando posiciones sin llegar a saldar del todo sus cuentas. Magnus no es ajeno a esa puja, muchas veces interna: “Un poco me avergüenza que me guste un deporte que, mal mirado, hoy no es más que un gran negocio generador de violencia y riquezas insultantes. Creo que alguien al que le gusta el fútbol tiene más chances de ser feliz que alguien al que no, pero a la vez el que no le gusta siempre puede hacer sentir un estúpido al que gasta su tiempo viendo correr a unos jugadores. Sobre esa paranoia me propuse un poco reflexionar en ese texto, aunque en el fondo creo que no es más que una excusa para imitar a Thomas Bernhard”.

–Uno de los personajes de “Tribulaciones...” dice que “los intelectuales propiamente dichos desprecian a los intelectuales que les gusta el fútbol y los hinchas propiamente dichos también los desprecian”. ¿Cree que esto es realmente así o sólo lo atribuye a la paranoia del narrador?

–Es una exageración, naturalmente, una más de las dicotomías un poco caricaturescas en que divide el mundo este enfermito, pero tampoco surge de la nada. Tal vez el planteo está un poco atrasado, porque hoy el fútbol es un entretenimiento tan extendido que resulta raro imaginar que alguien pueda englobar a todos sus seguidores en una misma categoría, pero hasta no hace tanto era una manifestación popular no muy compatible con la alta cultura. Y si te descuidás todavía hoy mucha gente opina que es una pasión de ignorantes, así como no deben faltar hinchas para los que ser escritor debe ser sinónimo de ser trolo.

–Existe el mito de que a través del fútbol se puede explicar todo en la vida. El cuento “Filosofía para todos” parece refutarlo con sólo extremar esa idea hasta el ridículo. ¿La cultura popular sobrevalora esos “subtextos” que sugiere el fútbol?

–A mí ese mito me gusta, porque realmente veo que en un partido se cifran tantas situaciones propias de la vida que extenderlas a todas parece un movimiento casi necesario. Además suelo vivir cada partido como si fuera el último, como una vida entera en miniatura. Es una sensación que tenía muy fuerte de chico y que hoy sigue rondándome en la previa de muchos encuentros, una sensación como de que nos acercamos a un evento tan importante que no es posible pensar que haya ninguna cosa después. Por eso te diría que con esa traducción de Wittgenstein al lenguaje futbolero más bien busqué mofarme de la supuesta perfección del sistema wittgensteiniano, que siempre me pareció que daba un poco para la chacota (con perdón de sus seguidores, que suelen ser tan fanáticos como hinchas de fútbol).

–A propósito de la cita a Wittgenstein, es curioso que, con la importancia que tienen en el fútbol el azar y lo aleatorio, exista una necesidad imperiosa de encontrarle una lógica, una serie de leyes inmutables.

–Bueno, esto que decís del fútbol se podría extender a la vida en general. Y me parece bien, porque sin ese anhelo de buscar leyes no podríamos hablar de fútbol, que es de los temas más simpáticos para entretener cualquier velada. Además, que dos jugadas nunca sean idénticas no quita que sean parecidas y se las pueda analizar dentro de un mismo grupo. Lo que sí cansa un poco son las leyes numéricas que el periodismo deportivo intenta establecer todo el tiempo. Pero bueno, es parte del entretenimiento mientras esperamos al próximo domingo (o lunes, o martes...).

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“Me gusta ponerme los límites y luego jugar a romperlos”, dice Magnus.
Imagen: Arnaldo Pampillon
 
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