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Domingo, 5 de septiembre de 2010

CULTURA › UNA CHARLA CON DOS VISITANTES DESTACADOS DEL FILBA EN BUENOS AIRES

Las máquinas de reinventar palabras

El belga Dimitri Verhulst y el danés Peter Adolphsen pasaron por el II Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires con el bagaje de obras llamativas y originales, que juegan en fronteras extrañas de la literatura.

 Por Silvina Friera

La literatura brota en fronteras “extrañas” que erosionan los terrenos conocidos por donde se deslizan los lectores eruditos. Los ávidos de lo “raro”, aquello que por comodidad –o pereza– se cristaliza como un aparatoso fibroma del malentendido, han tenido un cupo notable de “exotismo” literario en el II Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba) –que termina hoy– con dos autores de Lengua de Trapo, una editorial que viene inyectando escritores de una diversidad tan asombrosa como saludable, con nombres y apellidos difíciles de deletrear en voz alta por estos pagos rioplatenses. El belga Dimitri Verhulst y el danés Peter Adolphsen se mueven juntos, como dos hermanos inseparables en un itinerario trazado –en parte– por su “Virgilio” porteño, Juan Terranova, que se encarga de acompañarlos a parrillas y milongas de la ciudad. Escriben en lenguas minoritarias –el flamenco y el danés–; por ahora son hijos de una brevedad y una intensidad que deja knock out al lector más recio –aunque con estéticas opuestas–, y nacieron en 1972.

Peter es la alquimia perfecta entre un científico loco, un músico experimental y un escritor genial. Como si respondiera al sentido de su nombre en español, su mirada es una piedra que vibra en forma incesante. Una de sus novelas traducidas al español, Brummstein/Machine –en rigor dos relatos largos o nouvelles movedizas que dialogan entre sí–, está protagonizada por una piedra formada en el Jurásico que vive, muere, ama y salta de mano en mano atravesando los siglos. La otra –Machine– comienza con una yegua que muere y se transforma en petróleo y muta en gasolina hasta convertirse en un cáncer. Cuando habla –en ese español melodioso que aprendió después de vivir siete años en Andalucía–, la “piedra” que vibra se relaja. La mirada de Adolphsen se ablanda sin perder el brillo de su afilada ironía. “Me interesa mucho la física y la ciencia porque implica que tenga algo para escribir, que es un problema básico del escritor: que hay que escribir. Si escribo ‘murió’, el libro podría ser más corto de lo que resultó”, bromea sobre su predilección por la brevedad. “Así que puedo dedicar unas páginas a describir cómo se descompone una yegua. Claro, coqueteo un poco con eso. Pero el hecho de morir es el comienzo de una explosión de vida.”

La muerte, al menos en estas novelas, es otro modo de vida. “Literatura que trata de la muerte hay mucha. Hay que inventarse otra perspectiva para realimentar el interés, algo que intento hacer, como muchos otros”, explica. “Esta historia de la yegua es muy patética: es un caballito que muere ¡por favor! y que no puede ser más osito de peluche. Es una manera de alejarme un poco de ese patetismo y a la vez reconocer que escribo con pathos, pero evitando que sea kitsch.” El barniz de belleza de las narraciones del danés desconcierta. “Escribo lo mejor que puedo, que la belleza la juzguen otros. Me gusta contar historias, pero también me preocupa el lenguaje. Hasta ahora llevo publicados seis libros que me salen como en pareja. Los primeros dos fueron de relatos muy breves, media página o una, como mucho. Los últimos han sido más experimentales. Y lo que viene no sé cómo será.”

Dimitri –en cambio– es la alquimia perfecta entre un Mick Jagger belga, un personaje de los hermanos Dardenne y un escritor políticamente incorrecto y corrosivo. Un provocador. Sólo Verhulst puede escribir algo tan demoledor como el principio de Hotel Problemski. Antes que el fotógrafo Bipul Masli comparta un centro de refugiados en Bélgica con chechenos, afganos, ucranianos, africanos de Sierra Leona y otros hombres y mujeres procedentes de los países del mundo menos favorecidos que esperan un permiso de residencia que nunca llega, la novela arranca poniendo el foco en una escena espeluznante. El intento de Masli de tomarle una foto a un chico que se estaba muriendo de hambre. “El dedo rozaba, impaciente, el disparador, pero faltaba algo en aquella escena. ¡Moscas!”, cuenta el fotógrafo. El texto disemina un humor tan ácido que quema. El escritor comete la saludable insensatez de plasmar esos pensamientos que no se dicen en voz alta para aguijonear el sentido común. Es inevitable partirse al medio de la risa. Pero es una carcajada que inmediatamente deviene en espanto. En el epílogo de la novela el escritor belga aclara que es muy probable que el libro no hubiera llegado a ver la luz si la revista Deus Ex Machina no lo hubiese invitado a escribir un artículo sobre los refugiados. Verhulst se internó unos días en el centro de refugiados en Arendonk (Bélgica) en diciembre de 2001. Aunque estaba prohibido vivir en el centro, el escritor insistió: “No podía escribir sin saber cómo eran las sensaciones y los sentimientos en ese lugar”.

“El humor es la mejor bala de mi arma”, subraya Verhulst. “Me siento mal cuando me río, pero entonces abro los ojos y digo: ‘La realidad es terrible’. Esto es ficción, aunque ni una sola de las historias contiene una mentira. Busqué la ficción para provocar las emociones.” Se impone precisar que el fotógrafo es políticamente incorrecto pero nunca racista. “Detesto el racismo, pero cuando entré al centro de refugiados vi mucho racismo. Los islámicos odian a los negros, los negros odian a los rusos... todas esas ideas horribles estaban en el centro y sería una mentira si no dijera eso”, advierte. Dimitri reconoce que el narrador adopta su perspectiva contra el racismo, aunque describa los odios y rabietas de diverso tenor entre los refugiados. “No quería hacer teatro y fingir lo que no era, y aunque me daba vergüenza contar la verdad y decirles ‘soy un escritor’, preferí ser sincero. Encontraron muy normal que hubiera un escritor refugiado porque son perseguidos en muchos de esos países, Afganistán, Argelia, Chechenia. Pensaron que les podía salvar la vida. Fue emocionalmente difícil porque no podía salvarles la vida. Puedo escribir, nada más.” Esa fue la única vez que escribió una novela a partir de una experiencia tan personal. “Sufrí mucho escribiendo este libro; por momentos lloraba como un bebé. Estaba muy shockeado con lo que veía. La situación era muy dramática. Si no los dejaban quedarse, tenían que volver a sus países. Y en muchos casos estaban esperando para matarlos.” Una ráfaga de tristeza se posa en la mirada de Dimitri.

Adolphsen interviene. “He tratado de escribir sobre experiencias reales, pero lo que me sale no es buena literatura. Otros pueden hacer literatura con sus vidas, yo no. Bueno... miento... En mi último libro el protagonista se llama Peter Adolphsen, pero vuelan escobas y cosas por el estilo; no es todo realidad.” Los libros de Peter surgen de otras lecturas o de ideas peregrinas que cuestan arraigar, como en Brummstein. “Durante mucho tiempo tuve la idea de que las piedras producían música. Era una idea demasiado linda como para hacer literatura. Investigué mucho sobre Liszt, Venecia y los Alpes; en un momento dado encontré un libro sobre el Hölloch, las cuevas en Suiza, y a partir de ahí pude deshacer la idea. Resulta que ese zumbido lo podía disfrazar. Aunque las piedras no hacen música, lo podía presentar casi como si fuera verdad.” Esa “verdad” está al principio de la novela. “Jamás oído por nadie más que por dos personas, cada una en un extremo del siglo XX, resuena en este lugar un zumbido constante cuyo origen estriba en la estructura cristalina de ese macizo rocoso, tantas veces metamorfoseado, que ha actuado a modo de caja de resonancia de ciertas combinaciones de ondas sonoras emitidas por los millones de terremotos que han acompañado el nacimiento de los Alpes cual estridente y estrepitosa música de fondo.” Adolphsen se entusiasma cuando lee el fragmento y afirma: “Suena con autoridad, pero es pura mentira”.

Peter dispara sin vueltas: “Escribir no tiene nada de placentero”. A los 12 o 13 años supo que quería ser artista; durante un tiempo probó con todas las ramas del arte hasta optó por una. “La literatura es mucho más manejable. Si escribo que 300 helicópteros sobrevolaban la ciudad, si quiero hacer una película, es un problemón; cuando en la literatura simplemente es una frase: son letras, que son gratis”, agrega el escritor, que ahora toca la guitarra y escribe canciones para una banda danesa. La escritura va de la mano de la existencia de Dimitri. “Siempre estuve escribiendo, como los niños que dibujan todo el tiempo. El título de mi biografía –como la de García Márquez, salvando las distancias lingüísticas– podría ser ‘Vivir para contarla’. Estuve en la Corte cuando mi madre acudió a la Justicia porque quería prohibir uno de mis libros que escribí sobre ella. Soy famoso en Bélgica por eso; para mí es una vergüenza. Por otro lado tengo tíos, los hermanos de mi padre, que no viven ahora porque se mataron tomando, que querían matarme porque escribí que estaban siempre en la cárcel. Lo que era cierto. Sé que para otros suena divertido, pero para mí es terrible porque es mi vida.” Con cadencia zumbona, Peter plantea que sus padres celebraron cuando se enteraron de que quería ser escritor. “Las alternativas eran peores: drogadicto muerto. Cuando era joven, mi rebeldía era muy fuerte. Y mis padres pensaron: por lo menos se tranquiliza un poco y está sentadito.” Dimitri recuerda que cuando vivió en la parte Norte de Bélgica –donde todos lo conocen– la gente no quería hablar con él porque temía que escribiera sobre ellos. “En algún sentido el escritor es un espía social. Es verdad: uno está mirando y espiando todo el tiempo.”

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Ambos escriben en lenguas “minoritarias”, y son hijos de la brevedad y la intensidad.
 
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