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Domingo, 16 de junio de 2013

CULTURA › TATO PAVLOVSKY FUE HOMENAJEADO EN LA BIBLIOTECA NACIONAL

Ladrando junto a Marco Polo

El psicoanalista, dramaturgo, director y actor teatral fue distinguido por el Programa de Derechos Humanos de la BN a propósito del “permanente compromiso en la defensa de los derechos humanos y en la lucha por una sociedad basada en la igualdad y la justicia”.

Durante el homenaje se anunció la publicación de la obra teatral completa de Pavlovsky.
Imagen: Gentileza Marcelo Huici.

“¡A la pelota, cuánta gente!”, musitaba un joven que había llegado sobre la hora al homenaje a Eduardo “Tato” Pavlovsky en la Biblioteca Nacional (BN), el viernes por la noche. “Ta-to lleno”, bromeaba. Y sí: las 200 butacas del Auditorio Jorge Luis Borges estaban ocupadas, unas 50 personas hacían sentada india en los resquicios de la popular y otras tantas se apretujaban, de pie, en las bocas laterales. “Uno puede fantasear el elogio, pero superaron mi expectativa”, concedería el psicoanalista, dramaturgo, director y actor teatral hacia el final del acto, en el que estuvo secundado por un elenco de lujo: Norman Briski, Ricardo Bartís, Jorge Dubatti, Hernán Kesselman, Ingrid Pelicori y Martín Pavlovsky, que convidó al piano una sonata. Fueron casi dos horas de reflexiones, anécdotas, besos, risas, aplausos y anuncios. Se avisó del estreno de Asuntos pendientes el 12 de julio en el Centro Cultural de la Cooperación (CCC); se informó que, junto a Luis Felipe Noé, Pavlovsky abrirá el Tercer Congreso Internacional Artes en Cruce, el 5 de agosto en la Facultad de Filosofía y Letras (Puán); se celebró la inminente entrega del doctorado honoris causa de la carrera de Artes; y se reveló la próxima salida de su obra teatral completa, en tres tomos, a cargo de la UBA y el CCC.

Tras la proyección de un compendio de actuaciones cinematográficas del agasajado (cerrado con un texto de Horacio González, que lo destaca como “galán” de excepción), Briski abrió las exposiciones de manera francamente intranscriptible. El propio Tato condensaría ese relato –poblado de referencias a obras, maestros y vivencias– en la singularidad que tiene toda “escritura briskiana”. El actor de La fiaca leyó durante diez minutos, sólo levantando la mirada para ejecutar alguna morisqueta. La Capilla Sixtina, Miguel Angel, Godot, Susy Evans, Potestad, Beckett, Marlon Brando, Deleuze, Galíndez, Independiente y otros nombres propios aparecieron en ese cuento infinito, que cerró: “¿Dónde quedan los derechos humanos y animales de Tato? ¿Quedan en su fisiología neurológica? ¿Quedan con sus pacientes psicóticos? ¿En su ternura diabética? ¿O en su público guevarista? Aquí estamos tus amigos, derechos y humanos. Ladrando contigo por un mundo mejor”.

La movida había sido organizada por el Programa de Derechos Humanos de la BN a propósito del “permanente compromiso en la defensa de los derechos humanos y en la lucha por una sociedad basada en la igualdad y la justicia”, pero derivó en algo más amplio, incluso más que lo que respecta a la excelsa labor teatral, psicoanalítica y psicodramática del padre de Poroto: fue el reconocimiento a un tipo coherente, rabioso y generoso. “Hemos aprendido mucho de Tato”, diría Dubatti, teórico teatral que ofició como coordinador. Entre participaciones, Pelicori leía adhesiones al homenaje. Llegaron de la Asociación Argentina de Actores, la Escuela Mexicana de Psicodrama, la Asociación de Psiquiatras Argentinos, el Instituto Espacio para la Memoria, el Centro Cultural IMPA y el Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial, entre otras. El tenor de esos saludos sintetizó Bartís al decir que Pavlovsky “logró tener en el teatro la posibilidad de escapar al desencuentro que habitualmente producen los compromisos ideológicos en la creación técnica”.

En su intervención, el autor de Postales argentinas rescató, “de manera tendenciosa”, la eficacia actoral de Pavlovsky. “Se permite la fuga del lugar tradicional, porque el teatro no se hace con ideas, sino con velocidades, ritmos y energías; y revela una gran conexión con el punto de vista del público.” Por su parte, Kesselman contó que conoció al dramaturgo hacía 46 años. “Lo llamé para decirle que me había gustado una dedicatoria de un libro sobre psicoterapia de grupos para niños y adolescentes con epilepsia. Era a dos médicos argentinos: Marie Langer y Ernesto Guevara Lynch”. El psiquiatra se refirió a la experiencia en el servicio de psicopatología del Hospital de Lanús, en tiempos del legendario Mauricio Goldenberg, antes del exilio de ambos en Madrid. “Hay gente de esa época a la que muchos no conocen. Así como hubo desaparecidos corporales, hubo desaparecidos intelectuales”, aportó. Después miró a Tato –que cerraría la juntada hablando de su pasión por Independiente– y le preguntó: “¿Te acordás cuando vos eras Marco Polo, cuando decías que sabías más del mundo que yo? Sí, sos mi Marco Polo”.

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