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Martes, 24 de diciembre de 2013

CULTURA › LOLA PROAñO-GOMEZ Y SU ANALISIS DE LA CREACION COMUNITARIA

Un teatro al modo argentino

“Mi interés crece porque lo que sucede en la Argentina es un fenómeno único”, sostiene Proaño-Gómez, doctora en Filosofía, que se deslumbró con experiencias como El Galpón de Catalinas, decidió investigar a fondo y acaba de publicar un exhaustivo libro.

 Por María Daniela Yaccar

Lola Proaño-Gómez es ecuatoriana. Su madre es argentina. Ahora vive la mayor parte del año en Buenos Aires, aunque viaja con frecuencia a California por motivos laborales. No obstante, no deja de mirar ciertas cosas que ocurren en estas tierras con ojos de extranjera. “Una vez vi un aviso en la prensa que decía que en el teatro IFT se iba a presentar un grupo de teatro de 150 vecinos”, cuenta a Página/12, justo antes de tomarse un avión a Estados Unidos. “Fui y quedé asombrada. Entraron los vecinos-actores encabezados por una señora de cien años. Había niños, grandes, jóvenes, de todo. Era un fenómeno completamente distinto.” Proaño-Gómez asistió, en 1998, a una obra de Catalinas Sur (La Catalina del Riachuelo). Aún habla con asombro sobre el teatro comunitario argentino, al que le dedicó el libro Teatro y estética comunitaria, miradas desde la filosofía y la política (Biblos 2013).

La doctora en Filosofía y en Teatro Latinoamericano, y profesora emérita de Pasadena City College, California, ofrece un análisis muy minucioso respecto del funcionamiento de los grupos, del origen de este tipo de teatro en el país, de sus propósitos, sus logros concretos, su relación con la política, los temas y las relaciones entre sus participantes. La autora intenta profundizar en el significado de la transformación que esta práctica teatral produce en relación con la identidad y la memoria de sus integrantes y sus entornos. En base a entrevistas y observaciones de ensayos y funciones, logra establecer parámetros generales sobre el fenómeno, que aparece por primera vez con la vuelta de la democracia y que se expandió con la crisis de 2001. Una de sus hipótesis es que el teatro comunitario propone un modelo alternativo al neoliberal.

Entrevistada por Proaño-Gómez, Nilda Martínez Cancof, integrante de Patricios Unido de Pie (de Patricios, provincia de Buenos Aires), dice: “Antes nos levantábamos, preparábamos la comida, limpiábamos la casa. Era todo lo mismo. Con las obligaciones del teatro revivimos totalmente”. El teatro comunitario en la Argentina reúne, en un mismo escenario, a hombres y mujeres de distintas edades, clases sociales y formación. Es un teatro hecho de vecinos, que suele narrar historias locales, y que devuelve la voz a sectores que han sido condenados a la marginalidad. Allí radica su potencia política, un aspecto que la filósofa resalta una y otra vez en Teatro y estética comunitaria. No es el primer libro que Proaño-Gómez publica sobre las particularidades del teatro en la Argentina: en Poética, política y ruptura (2002) se refería al teatro nacional durante la dictadura militar de la Revolución Argentina (1966-1973) bajo el gobierno de Onganía, Levingston y Lanusse. Teatro y estética... se completa con un CD que reúne imágenes y canciones de Boedo Antiguo, AlmaMate (Flores), Teatro Comunitario de Pompeya, Los Okupas del Andén (La Plata), el Circuito Cultural Barracas, Catalinas Sur y Matemurga (Villa Crespo), entre otros grupos.

–En el momento en que vio aquella obra de Catalinas Sur, ¿no había visto nada similar en otro país?

–No. Y no he visto nunca nada similar después. Por eso a la salida busqué con muchísimo interés a Adhemar Bianchi. Mi relación con el teatro comunitario nunca más se fue. Tuve suerte porque estuve en varios estrenos. Seguí a la gente y vi cómo crecieron los grupos. En 2002 se produce una multiplicación muy grande del fenómeno. Mi interés crece porque es un fenómeno único. Hay dos grupos en Italia y uno en España. Pero en el resto de Latinoamérica lo que se llama teatro comunitario es un fenómeno distinto. Aquí tiene características muy específicas, que no deja de tener conexiones con otras cosas, como con el teatro colectivo de Colombia de los ’60, pero que tiene características distintivas. Traté de elucidar qué sentidos encontraba en todo lo que se le atribuía, en relación con la memoria, la identidad y la historia. Las entrevistas me daban pistas bastante claras para elaborar algo conceptual. Es un fenómeno inusual: lleva treinta años, la gente accede voluntariamente, no hay réditos económicos y crece cada vez más.

–¿Cuál es su próximo tema a investigar?

–Tengo un proyecto sobre el impacto de la teoría feminista en el escenario latinoamericano, y otro de seminarios y cursos en la Argentina. De todos modos, sigo interesada en cómo evoluciona el teatro comunitario. No creo que haga un segundo libro, pero seguiré escribiendo sobre esto. Ahora, los grupos están en un momento distinto. Catalinas Sur aparece en el ’83, a partir de una idea de la cooperadora de una escuela (Della Penna). Luego les prohíben seguir haciendo teatro en la escuela y salen a la plaza. Esto coincide con el advenimiento de la democracia. En ese momento, el teatro reflejaba la necesidad de mostrar que se podía hablar. La crisis de 2001 impacta en el surgimiento de nuevos escenarios teatrales. Se reproducen estas experiencias, que hoy son alrededor de cincuenta en todo el país. Hoy estamos en un momento diferente: los grupos más antiguos han alcanzado un reconocimiento, reciben subvenciones, ocupan espacios que antes no ocupaban, aunque hay algunos grupos que siguen siendo muy marginales. Esto puede cambiar la dinámica interna de los grupos. El país está en una etapa distinta.

–En el libro usted marca una diferencia entre lo político y la política partidaria, de la que los grupos suelen correrse. ¿Esta apatía hacia la política se modificó con el kirchnerismo?

–Al interior de los grupos no se hace política en el sentido tradicional. Es más: está tácitamente prohibido. Lo político está en que esa gente siente que tiene la posibilidad de recuperar un poder que cedió a las instituciones y al Estado para su formación en el origen. La recuperación de la palabra, de la opinión, de espacios públicos, de modos y valores diferentes, es una reapropiación de lo político sin intervención en la política. Ellos están negados a la participación política directa entendida tradicionalmente. Es una medida sabia, porque hay diversidad de ideologías en los grupos, así como también distintos niveles de estudio, económicos y sociales; es una multiformación en todos los aspectos.

–¿Hay mucho recambio al interior de los grupos?

–Depende del grupo. Por ejemplo, hace dos semanas estuve en City Bell, en La Caterva, y ellos me decían que no hay gran recambio. En Los Cruzavías, de 9 de Julio, tampoco. Pero hay otros en los que sí sucede. Lo que me parece más interesante es cómo plantean, desde su hacer comunitario y artístico, una opción de vida diferente. Plantean una lógica, una ética y una economía distintas. Es un minimodelo de lo que es posible, persiguen la utopía como un polo regulador hacia el que caminan. Estos grupos plantean una poética de la supervivencia: todos juntos podemos resistir y sobrevivir.

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“Estos grupos plantean una poética de la supervivencia”, sostiene la autora ecuatoriana.
Imagen: Rafael Yohai
 
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