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Viernes, 12 de julio de 2013

HISTORIETA  › EL DIBUJANTE MARCELO MOSQUEIRA, EN LA REVISTA FIERRO QUE SALE MAÑANA

La imaginación habitada por el terror

Es el autor de la portada, que refleja el espíritu del nuevo número: un puñado de historias que anuncian el abismo. El mundo artístico de Mosqueira está vinculado con los miedos interiores.

 Por Lautaro Ortiz

Para los lectores de la revista Fierro, que siempre andan por los bordes de la literatura (la historieta es una ventana al precipicio), la sensación de que el fin del mundo ha llegado les sucede una vez por mes, casi igual que al señor que se ve en la nueva portada y lee abstraído a La Pequeña Lulú, mientras todo se cae a pedazos, incluso la luna, el gato y hasta sus pantuflas. No podía ser de otro modo. Es que desde hace rato esta publicación –que sale junto a Página/12– propone mensualmente un puñado de historias que anuncian el abismo: así es este arte que suele caminar por la medianera que separa al sueño de la realidad.

Y en esta oportunidad hay ejemplos reveladores como “¡La maldición de la muerte!”, escrita por Esteban Podetti y dibujada por Gastón Souto, que por fin dio el salto para crear un trabajo antológico que –según señala Sasturain– recuerda a “una entrega de los EC (Educative Comics) del tramposo y talentoso Gaines de hace sesenta años. Así se cuenta, así se pinta, así se cita parodiando sin desbordar, con una finura que admira y me impresiona en esta gente que escribe y dibuja porque ha leído bien”. Lo mismo sucede cuando se aborda la segunda entrega de “Rick City”, de Carlos Trillo y Félix Saborido (historia creada en los años ’80 e inédita en la Argentina, que se presenta aquí a color gracias a Humberto Miranda), y que tiene al malo de James Cagney como protagonista de un nuevo episodio en esa tierra africana (como Casablanca) creada a contramano de los espías internacionales. Y si el mundo se tiene que caer definitivamente será por la lectura de “Barrio Gris”, de Maicas-Sposito, esta vez dedicado a los enanos de jardín; gracias a la lisérgica “¡México lindo!”, de Calvi, y a la metafórica “Putrefacción”, de Fraticelli-Couselo, donde todo lo posible ocurre dentro de una heladera que se va descongelando por la avaricia del hielo, siempre en mano del poder político: un huevo, una manteca y hasta una chica Coca-Cola pelean por la distribución de esa riqueza.

Pero el derrumbe general (fatal) llegará cuando se abra el suplemento cómico Fierrito que, en su segundo número, presenta otro episodio de “Don Pascual”, de Battaglia, reversionado en tapa por el grande de Oscar Grillo. Este suplemento viene, además, recargado: con historietas breves de nuevos y viejos talentos como Fayó, Ciriani, Frank Vega, Lucas Accardo, Copi y más.

Marcelo Mosqueira (1966) es el autor de la portada de la edición de este mes. Desde su Chivilcoy natal, este dibujante que comenzó trabajando en una verdulería, en un taller mecánico, que pintó letreros y hasta se la pasó un tiempo fotocopiando papeles en una imprenta, un día sintió que el dibujo le hizo un guiño y lo convenció de que podía. Tanto es así que la tapa de Fierro de este mes es su tercera ilustración como portadista: “Nació de un sueño que tuve, yo me levantaba para ir al baño y el piso había desaparecido, es una paranoia que tengo, que nos vamos a caer todos y que la luna y los planetas se nos van a caer encima, puede pasar...van a ver...”.

Y eso fue lo que le pasó al propio Mosqueira cuando comenzó a publicar en Fierro y se avivó (por suerte) de que el dibujo no era un “hobby”. Se puso, entonces, a trabajar: “Hace unos pocos años que el dibujo empezó a ganar terreno como un modo de vivir, y metí todas las fichas en eso. Después de muchas frustraciones, comencé a tener algunos pequeños logros y a darme cuenta de que éste es mi camino y a dedicarle muchas más horas”. Esa dedicación fue dando forma a un mundo que tiene como protagonistas a los miedos interiores de niños y adultos, sombras que salen a luz como pesadillas. Sus personajes deben enfrentarse a una realidad que los acosa y los sorprende. La imaginación es terror, parece decir Mosqueira.

–¿Cuánto tuvo que ver Fierro en ese paso?

–Mucho. La revista llevaba ya dos años de su nueva etapa cuando me decidí un día a mandar algunas ilustraciones; me respondieron muy amablemente, y me decían que mis trabajos habían gustado, aunque no estaban en la línea de lo que buscaban en ese momento. Me ilusioné muchísimo y empecé a mandar durante los dos años siguientes, a razón de uno por semana, prácticamente un acoso. Un día apareció una oportunidad, una página en el viejo suplemento Picado Fino. Listo, pensé, ya me doy por hecho, no jorobo más; pero después vino lo mejor: ¡una tapa! Parecía un sueño... y no fue la única... ya voy por la tercera.

–No sólo fue un sueño, hay mucho trabajo detrás...

–Sí, en realidad las tres tapas publicadas no fueron pensadas como tales sino que, como fueron propuestas, apenas si las mandé bocetadas en lápiz. Lo demás es sentarse a pintar. Esta tapa en particular, como dije, fue a partir de un sueño, luego llegó la referencia a La Pequeña Lulú, un  pequeño homenaje a esas revistas mexicanas que me acompañaron en la infancia, me cerró, no sé por qué... pero me pareció que tenía un lindo sentido, el tipo está haciendo algo que le gusta en pleno desastre.

–Más que a ilustraciones, lo suyo se acerca a la pintura, desde el concepto general hasta la forma, casi no hay uso de los recursos tecnológicos tantas veces usados hoy.

–Sí, yo trabajo con el boceto a lápiz y luego pinto con acuarelas, con paciencia y varias horas y capas de pintura, con la computadora le agrego algunas veces algo de contraste y nada más. No es que sea un fundamentalista del trabajo artesanal, para nada; siento que perdí el tren de la tecnología, aunque nunca es tarde, me interesa y creo que es otra herramienta de laburo y hay grandes dibujantes e ilustradores digitales. Pero disfruto mucho pintando así, no hace muchos años que me largué a pintar y me considero un aprendiz, y del dibujo también.

–Un aprendiz que expone por primera vez en Capital...

–Así es. La muestra nació por la iniciativa de Mery Cosentino, una amiga y artista plástica; ella consiguió el lugar y la fecha en la Alianza Francesa de Palermo y tuvo la generosidad de invitarme. La muestra se llama Mosquitos inquietos, es un juego de palabras con mi apellido y el pseudónimo de Mery (Inquieta Mery). Son 15 obras de cada uno y estarán colgadas hasta fin de mes. Lo mío son acrílicos y grafitos, elegí lo que consideré mejorcito, y hay bastante de la temática oscura. Son trabajos de los últimos dos o tres años.

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Mosqueira, entre el fin del mundo y La Pequeña Lulú.
 
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