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Sábado, 24 de mayo de 2008

ENTREVISTA AL MEXICANO JAIME LABASTIDA

“No devaluemos la razón”

El escritor, filósofo y director de la editorial Siglo XXI habla de su libro El edificio de la razón, un ensayo en el que indaga en la historia de la filosofía para ofrecer un alegato en favor del pensamiento crítico y racional.

 Por Silvina Friera

Justo cuando Jaime Labastida comienza a despotricar contra la corriente que en los años setenta preconizaba la desaparición del sujeto –“hablar del hombre era un contrasentido”, se queja, “sólo existían las estructuras”–, el viento, que ruge como si estuviera furioso, abre de par en par las ventanas del séptimo piso de la editorial Siglo XXI y le pone los pocos pelos que le quedan literalmente de punta. El filósofo y escritor mexicano gira sobre la silla para averiguar qué pasa, no sea cosa que el “tornado”, como lo llama, no haya sido producto de una conspiración deconstructivista, escuela con la que no simpatiza. De pronto recuerda los versos de una antigua canción mexicana, “fíjese qué terrible”, anticipa, y recita: “Hicimos de cuenta que fuimos basuras, y que un remolino nos ha levantó, y el mismo viento allá en las alturas, allá en las alturas nos ha separó”. Después de la interrupción, ahora con el sonido de la lluvia y los truenos como música de fondo, dice que el sujeto racional está amenazado. Labastida vino a la Argentina para presentar su último libro El edificio de la razón, un ensayo en el que indaga en el pensamiento de Heráclito, Parménides, Platón, Aristóteles, Bacon, Maquiavelo, Hobbes, Galileo, Descartes, Spinoza, Locke, Hume, Kant, Hegel, Newton, Darwin, Humboldt, Marx, Comte, Einstein, Saussure y Lacan, entre otros filósofos y científicos, para explicar cómo se construye el pensamiento científico.

Detrás del examen filosófico de la forma en que se han presentado ideas paradigmáticas en la historia del pensamiento –la ontología y la lógica aristotélicas, la res cartesiana, el sujeto impersonal que postula la selección darwiniana y el deseo lacaniano, entre otras– se oculta un necesario alegato en favor del pensamiento crítico y racional. “Se dice que vivimos en una época posmoderna en donde la razón no tiene sustento suficiente. Esta es una amenaza a la estructura racional del sistema de conocimiento que ha estado vigente desde hace varios siglos”, advierte Labastida en la entrevista con Página/12. “Platón inventa un aspecto fundamental del método filosófico que es el diálogo, el reconocimiento del otro. No son ensayos fríos los escritos de Platón; son diálogos donde está presente la escucha del otro, aunque él no esté de acuerdo, y el otro puede ser un esclavo, un sofista, un extranjero, con los que dialoga en sus casas o en el ágora. Este reconocimiento del otro ahora la filosofía lo considera fundamental y esto es un hallazgo de Platón. No todos los filósofos han escrito de esa manera dialógica; no hay diálogos sino ensayos donde se sostienen tesis y afirmaciones categóricas”, subraya el escritor mexicano, director general de la editorial Siglo XXI y autor de La palabra enemiga y Humboldt, ciudadano universal, entre otros títulos.

–¿Por qué se perdió el diálogo como un modo de construcción del conocimiento en la filosofía?

–No sé si se ha perdido del todo. Ahora la hermenéutica pone el acento, de manera muy enfática, en el hecho de que en la propia estructura del discurso hay otro que está presente. Gadamer ha llegado a decir que toda afirmación es la respuesta a una pregunta, y tiene razón. La pregunta está implícita en la respuesta; un filósofo es interrogado por algo, por alguien, por otro texto, y trata de dar respuestas. Un texto de Descartes, sobre el que casi nadie pone atención, dice que la causa por la cual podemos distinguir con claridad entre una máquina que pudiera hablar, un animal que habla, supongamos un loro, y un hombre es que ni la máquina ni el loro responden de manera racional a lo que se les pregunta. La razón es un instrumento de orden universal y todos respondemos de acuerdo con el sentido de la pregunta. Muchos estructuralistas dicen que difícilmente nos apartamos de las estructuras que tiene el lenguaje. Y yo sostengo, por el contrario, que toda forma incluso de habla cotidiana es respuesta a una pregunta, es invención. Claro que no es invención ni creación del modo radical en que lo es la poesía o la filosofía.

–¿A qué atribuye la devaluación de la razón?

–La posmodernidad intenta devaluar la razón, pero yo voy en contra de esta tesis. No estoy situado en las posiciones políticamente correctas, no me interesa ser posmoderno ni estar actualizado y no entiendo el concepto de posmodernidad. Una de las características fundamentales de la modernidad es la unión de ciencia y tecnología, y no tengo ninguna evidencia de que esto se haya alterado. Muy por el contrario, sigue siendo válido. Desde los satélites artificiales hasta la revolución genómica está presente el vínculo entre ciencia y tecnología. ¿Dejamos de estar en la modernidad? No. Soy de un pequeño pueblo del norte de la república mexicana, Sinaloa, y llegué al D.F. hace más de cincuenta años. Recuerdo que en aquel momento, una de las hermanas de mi madre, una de mis tías, consiguió un teléfono y se sentía feliz. Ahora veo por todas partes choferes de taxis y hasta albañiles con su celular. Cada vez las cosas son más baratas, cada vez se producen más cosas en menos tiempo, y este proceso es irreversible.

–¿Pero esta celeridad en la cadena productiva afecta también al pensamiento? ¿Cada vez se generan pensamientos más descartables?

–Pero qué se descarta o no, qué muere o no. En todas las épocas hay cosas desechables. En el libro critico una teoría vulgar de la evolución que sostiene que una especie sustituye a otra. Aunque es verdad que una especie sustituye a otra, toda nueva especie recoge parte de la especie a la que ha sustituido. Nosotros mismos, que se supone que somos los animales más evolucionados, tenemos estructuras que son químicas, estamos hechos de gases y minerales. ¿Qué sucede con ciertas conquistas fundamentales de la sociedad? ¿Hubo matemática en los albores de la humanidad en los pueblos primitivos? No, no la hubo, pero una vez que surge el pensamiento matemático riguroso y la geometría en Grecia, desarrollamos esta forma de pensamiento. La revolución neolítica, una de las grandes revoluciones de la humanidad, permitió que la sociedad se volviera sedentaria, que hubiera agricultura y domesticación de animales. Las plantas y los granos que comemos y los animales que domesticamos hoy son los mismos, claro que tienen un mayor desarrollo. Inventamos la escritura, una forma racional de conservar lo que uno piensa y dice, pero la escritura no acabó con la palabra oral.

–En el libro daría la impresión de que plantea que el edificio de la razón es un ensamblaje de todos los pensamientos y reflexiones de los filósofos y científicos que usted analiza.

–Somos herederos de eso, no podemos echarlo por la borda... Eso es básicamente lo que quiero decir, en contra de todos los que atacan la razón y critican sus excesos.

Labastida confiesa que empieza a sentir el efecto de la modorra, por el almuerzo y el alocado clima de Buenos Aires, y cuenta que se “echaría un coyotito”, una siesta reparadora para continuar con los compromisos de una agenda apretadísima. En el prólogo de El edificio de la razón afirma que en México la investigación atraviesa por un período de crisis. “No acepto algunas de las formas en que se desarrolla la investigación. Ha habido una influencia enorme de un pensamiento cuantitativo que pone el acento en la medición de los resultados. No se mide la calidad de una investigación sino que se le pregunta al investigador cuántas tesis dirigió, de qué nivel de doctorado, cuántos artículos publicó en el año, en qué revistas de alto impacto, cuántas veces lo han citado y quiénes, como si no supiéramos que entre amigos se hacen el favor”, bromea el escritor y filósofo. “En México había dos grandes poetas griegos hace cincuenta años: Simelees y Siteleo, ahora se llaman Simecitas y Sitecito”, ironiza Labastida.

“Me aterro al pensar qué les habría sucedido a Hegel o a Kant, que tardaron años en publicar un libro, y muchos de los libros de Hegel fueron apuntes que tomaron sus discípulos... pues los habrían corrido porque eran poco productivos”, supone Labastida. “El pobre científico mexicano en lugar de hacer un libro que le lleve treinta años, como en mi caso con El edificio de la razón, tiene que apurarse a publicar en siete revistas la misma tesis con pequeñas variantes y tiene que hacer informes semestrales de cómo avanza su investigación. Es como una especie de salame que se corta en pedazos”.

–¿Cómo explica que en medio de esta crisis de la ciencia, en algunos países haya un boom de los libros de divulgación científica, como sucede en la Argentina?

–Está bien divulgar la ciencia, puede hacerla atractiva y que los jóvenes se interesen por ella; está bien que en la escuela primaria haya un gusto por la ciencia, pero no se va a crear ahí el hombre de ciencia. Estoy de acuerdo con la divulgación, pero eso no es ciencia. Con esto quiero decir que la ciencia no es lo que se sabe sino hacer algo nuevo que no se sabe. Y para esto hay que formular preguntas, establecer dudas, tener una posición crítica y no aceptar lo que comúnmente se da por válido.

–Alguien le podría objetar que la manera de referirse a lo nuevo se parece al concepto de originalidad, que para los críticos de arte y de la literatura no se corresponde con estos tiempos.

–Es verdad, no puedo escribir filosofía sin leer a mis antecesores, pero trato de hacer algo diferente a lo que hicieron ellos. Si no lo hiciera, sería un mero profesor de la filosofía. Originalidad, en el sentido estricto, no la hay; original, en el sentido radical del término, no lo vas a ser, pero apoyándote en la tradición tienes que romperla, si no, para qué escribes, para qué filosofas o haces ciencia. Imagínate que los hombres de ciencia se dedicaran simplemente a la divulgación de lo que dijeron Einstein, Newton o Heisenberg. ¿Eso haría avanzar la ciencia, el conocimiento, ampliaría el horizonte de lo que conocemos? ¿Verdad que no? La ciencia está por delante de la filosofía hoy. El impacto de la ciencia y de la tecnología es brutal en el mundo moderno y el impacto de la filosofía llega en el largo plazo, si es que llega.

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Labastida es un filósofo de los “duros”, marcado por la antiposmodernidad.
Imagen: Sandra Cartasso
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