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Sábado, 27 de diciembre de 2008

EL BALANCE DE LA TEMPORADA EN LA MúSICA POPULAR

Postales de un año bien yupanquiano

El centenario del hombre de Campo de la Cruz extendió su influencia sobre la escena. Pero el año que termina dejó mucho por analizar y un saldo artístico innegablemente positivo.

La cifra suena concluyente: cien años. Cuando se alcanza, sea un natalicio, una muerte, un hecho histórico o cualquier cosa que llegue ahí, entonces aparece la pretensión de aspirar a una redondez perfecta. Un revisionismo abarcativo de “ese” acontecimiento con sus giros, claro. Sus lados B. El personaje nacido o muerto o el hecho tal ocurrido hace cien años adquiere otra dimensión. El imaginario se exacerba y gentes desde diferentes lugares y con variados intereses lo redimensionan y exprimen hasta el intento –a veces vano– de llegar a su esencia. Bien: este 2008 le tocó a Don Atahualpa Yupanqui. El rapsoda cumpliría cien años y buena parte del vaivén folklórico argentino del período estuvo signado por su(s) evocacion(es). Año Yupanquiano y un tendal de actividades –entre discos, festivales, libros, disertaciones, números especiales en revistas y diarios, especiales de TV, movidas nostálgicas ¡y hasta un premio en su nombre!– enmarcaron variadísimas propuestas culturales en su honor. En suma, casi todo el quehacer “del palo” fue cruzado, directa o indirectamente, por el aura de un hombre que, en sustancia, quería ser anónimo. O pervivir, si no, a través de sus obras.

El primero en pegar fuerte en el ánima yupanquiana fue el músico–fan José Ceña. No sólo como principio motor del programa Yo tengo tantos hermanos que, auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación, participó a 30 artistas de un homenaje federal y recorrió quince ciudades del país –la actuación de Tomás Lipán en Abra Pampa tanto como la proyección de Zafra en pantalla grande fueron de antología–, sino como intérprete de uno de los mejores discos editados en su honor: Canciones del Mensajero. Guitarrista y cantor, Ceña recuperó al Yupanqui zen –al tardío, digamos– mediante visitas íntimas, calmas, muy personales a “Vendedor de yuyos”, “La flecha” o “El cielo está dentro de mí”. Desde otro costal estético, de los tantos que permite el legado atahualpiano, Fernando Morales, joven e ignoto guitarrero de igual origen que su musa (Pergamino), entregó al futuro un bello muestrario instrumental con trece canciones grabadas en el lugar donde Yupanqui nació: esa encrucijada campera llamada Campo de la Cruz. Morales, también peón de campo, llegó al tacto –hipnótico– preciso con la “Danza de la paloma enamorada” y “Melodía del adiós”. La tríada esencial, en principio, se completa mediante el enciclopédico trabajo del investigador y músico Carlos Martínez, quien aprovechó el interés de Aqcua Records para editar la friolera de ¡seis discos! dedicados a la obra de Yupanqui.

El peso específico del cumpleañero tampoco escapó a un joven grupo de folklore–tecno (o algo así) que muchos ven como el Bajofondo del género. Vinales, de Córdoba, le cambió el pulso a “Piedra y camino” y “Pa’l Cachilo dormido” en el disco debut; y el dúo La Jury y Moscardini le manoteó al Yupanqui campero una atribulada versión de “Eleuterio Galván”, tan respetada y “seria” como la de “Los hermanos”, que Pedro Aznar integró al repertorio del CD 2 –el de versiones– que completa Quebrado. No podía estar exento de semejante aniversario el rol esponja de don Litto Nebbia como editor y músico. De mi madre tierra (Melopea) incluye una enésima versión de “Piedra y camino” más una extensa narración de Roberto Chavero sobre sus vivencias en Tucumán: “Don Mercedes Yampa”. No olvidar, por traslación, la bellísima versión que Luis Alberto Spinetta hizo de “La guitarra”, tercerizada por el disco homenaje a León Gieco.

El folklore mainstream también cooptó una figura que, en vida, seguramente hubiese sido esquiva. El premio Atahualpa se entregó con bombos, glamour bombachero y platillos a Soledad. Y el Chaqueño Palavecino, que terminando el año editó Abrazando al caudillo para mostrar en los festivales que vienen, fue el número principal de la velada. Se trata de un homenaje al inoxidable Horacio Guarany, autor de todos los temas. El resto: innumerable, demasiado extenso para mensurar. El homenaje en la Biblioteca Nacional que incluyó las actuaciones de Mercedes Sosa, Juan Falú, Suma Paz –figura del año por inercia–, y el proverbial curso dictado por Horacio González destinado a desentrañar los enigmas de la verba del poeta; la biografía del crítico Sergio Pujol; las memorias rescatadas por el periodista Víctor Pintos; la reedición del documental Un río que no cesa de cantar, a través de Página/12, y el único –gran– festival del género en Buenos Aires (Sin Estribos, Luna Park, 28 de noviembre), con Yupanqui corporizado en Jairo más actuaciones festivas del gaucho Palavecino, Peteco Carabajal, Sergio Galleguillo y Los Novas, interesante grupo de fusión (nacido en Santa Fe) que también entregó al género un disco refrescante: Indicios.

La reedición de Treinta verdades (30 canciones de José Larralde) a través de Sony BMG, más algunos discos clave –por diferentes razones– como Aldeas (Peteco Carabajal), Taquetuyoj (Dúo Coplanacu), Ciudadano (Víctor Heredia), Estampas patagónicas (Grupo Vocal Santa Cruz) y Pulpa (Orozco–Barrientos) engloban un 2008 folklórico no solamente enmarcado por la efusividad de un renacimiento, sino también por la pena de una muerte: el 12 de septiembre –a los 90 años–, luego de diez bravos días de internación, murió Rolando “Chivo” Valladares, el hombre que en vida fuera vidala.

La escena del tango bajó dos cambios respecto de 2007 –signado por los cien años de Homero Manzi y los 90 de “La Cumparsita”– y sobrevivió un año con base popular en el ya tradicional festival porteño, que esta vez pasó por los avatares de una nueva gestión cultural y sus giros. Y por una rara sensación –ambigua– de renovación repetida: las academias de enseñanza con profesores para gringos, la propensión al baile como moda –más que como tendencia– y las milongas –ruines o no– diseñadas especialmente para incluir en paquetes turísticos. Esto, más un estado de cosas que reitera los grandes temas en tensión de siempre (ortodoxia o no, renovación o no, fusión o no) y personajes para cada postura. A la queja, recurrente, sobre la escasez de compositores viene a oponerse un menú de tangueros de pluma a la carta: el autor que mira al pasado profundo, sórdido y maravilloso, pero le mete letra nueva (Daniel Melingo, Maldito Tango); el intérprete que, agotado del rock, se dedica al tango, recrea clásicos, triunfa en Holanda y curte una voz de trueno impecable (Omar Mollo, Y que siga...); una mujer que confía en sí y compone despojadas milongas (Gabriela Elena, Buenos Aires tango y diván); otra mujer que se apropia del acervo de los Expósito Brothers y lo devuelve con sumo respeto (Liliana Barrios, Epica); un dúo que se le anima tanto a Pedro Laurenz como a Fito Páez (Pulso Ciudadano, Matisses); un grupo que hace lo mismo, pero con The Beatles y Astor Piazzolla (Daniel García Quinteto, Tangoloco) o una orquesta que contradice aquello de que nada es posible después de Piazzolla (El Arranque, Nuevos).

Año atravesado también por la ratificación de grandes valores de hoy, cada quien en su metier. Caso uno: Lidia Borda, cuya voz arropa con sutil belleza melodías con que Juan Cedrón musicalizó textos de Leopoldo Marechal, Homero Manzi o Luis Alposta. De ello da cuenta una edición entre las mejores del año (Ramito de Cedrón). Caso dos: Brian Chambouleyron, el arquetipo tal vez más lúcido del “cantor criollo” que apenas acompañado por una guitarra editó uno de los discos más inspirados del período, el desenchufado Tracción a sangre. Caso tres: lo que significa, hace y provoca la Orquesta Típica Fernández Fierro, no sólo por la sólida ejecución de un repertorio rabioso y descomunal, sino sobre todo por el empuje y la resistencia post-Cromañón que implica sostener y hacer crecer un espacio clave como el Club Atlético Fernández Fierro. Allí, además del local, suelen encontrar espacio expresiones que no sólo comulgan con el género. El C.A.F.F, esta noche, estará explotando al ritmo del son jarocho que impulsa una de las bandas revelación: Alegrías de a Peso.

En los lindes, autores, compositores e intérpretes que se mueven en el amplio campo estético englobado bajo el nombre de música popular han aportado lo suyo. El año ha generado interesantes propuestas que hablan de otra banda en merecido ascenso (Arbolito), el resurgimiento sostenido de la murga, desde su veta más afro -–tango negro, le dicen–, a través del viejo batallador Juan Carlos Cáceres, con un disco editado en Francia a través del sello Mañana (Utopía), hasta el feliz retorno del impulsor de la murga–canción en Buenos Aires, Alejandro del Prado, que sembró canciones durante veinte años para cosecharlas todas juntas en un trabajo revelador: Vengo de otro siglo. En suma: un año prolífico en ediciones, alguna reaparición sorpresiva, cierto aroma a fórmula repetida, mucho interés –del sano y del pirata– por recuperar y mostrarle al mundo la música del Río de la Plata y la sensación de estar parados en un lugar del globo que cada vez se parece más al mapa enrevesado que imaginó Jauretche, como para empezar a ser.

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Don Ata fue el centro de innumerables homenajes.
 
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