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Lunes, 11 de mayo de 2009

El gran poeta de la popular

Fanático de Racing, militante, gremialista, escritor, Roberto Santoro concebía la cultura como una construcción colectiva de la que no podía estar ajeno el fútbol. Desaparecido por la dictadura, su obra está más vigente que nunca. Escritores, periodistas y editores le rinden homenaje.

 Por Nacho Levy

Viene por fin un pase magistral de 70 metros, para aplaudirlo 70 años. No por casualidad, la pelota cae justo ahí, sobre el pecho del wing izquierdo, el enamorado, y otros relatos se paralizan instantáneamente, porque Ariel Scher hace una pausa en la locura del fútbol, para levantar la cabeza y buscar a Roberto Santoro, en profundidad. Por fin lo encuentra, libre, abierto, una vez más: “Literatura de la pelota es un libro mágico, un libro que siempre está abierto. Es que no sólo valen los textos increíbles que allí se reúnen. Lo extraordinario es la idea, esa construcción ideológica y artesanal que implica haber metido todo lo que está en el libro, incluido ‘Relación parcial’, ese poema luminoso del propio Santoro. Hace muchos años que leo y releo ese libro y también hace muchos años que pienso que Santoro pudo hacerlo por muchas razones y pasiones, pero, sobre todo, porque para la literatura, para el fútbol, para la vida, era exactamente un hombre libre”.

“¡Maestro!”, grita un hincha de Independiente, que esta vez no busca a Ricardo Bochini, porque la bocha roja que se ilumina es la del escritor y docente Eduardo Sacheri, que Esperándolo a Tito, se detiene con la pelota hasta que aparece: “Puedo ver varias fotos. La pelada absoluta, los ojos negros bien abiertos, el bigote setentista como una cuestión de principios. En una de ellas lleva escrita la palabra ‘poeta’. Como si hiciera falta”. Levanta la mirada, Sacheri, y ahora duda: “Qué pena este país nuestro, en el que entre su generación y la mía se haya levantado un muro de fuego, de muerte y de silencio. ¿Seríamos los que somos si no nos hubiera pasado lo que nos pasó? Una pregunta tan estúpida como inevitable”. No evitarla permite recordar el inicio de la jugada, para continuarla mejor. “Literatura de la pelota es un libro fundante. No hay literatura futbolera sin ese principio. Y está bien que así sea. Hoy nos parece normal que el arte vaya de la mano con el placer popular y sus fiestas. Y hoy nos parece horrendo que tres matones se metan en una escuela, a punta de pistola, para secuestrar a un poeta. Qué bueno, pese a todo, que lo normal sea lo normal, y lo horrendo sea lo horrendo, y no al revés, como era en otros tiempos de esta patria nuestra.”

Toma la pelota Roberto Santoro entonces, y va tirando paredes, en Relación parcial con un enganche de poemas, que lanza pelotazos a la conciencia, haciendo Literatura de la pelota. Y termina esa jugada, con un pase al futuro: “Numerosísimos son los autores que van apareciendo, que han dejado su particular visión futbolera. Y si sorprende que antes de ahora no se haya realizado un trabajo similar en cuanto al contenido se refiere, sirva éste como ayuda para ser mejorado. Gracias”.

La jugada se engrandece, cuando agradece quien ofrece. El tipo elude a varios, la pisa, la mueve y encara, pero no se corta solo. No, mejor, elige habilitar a otros y la deja picando. Junto a sus raíces, la siente retumbar el Chopo, Julio Boccalatte, testigo de La increíble historia de Puchero Aldunati, enjuiciado por haber errado un penal que mandó al descenso a su equipo, y ahí nomás domina la bocha con la responsabilidad del caso, abriendo el camino Al Arco: “De la valentía de Santoro está la prueba más trágica y sintética: su desaparición. Esa valentía nos inspira, igual que su gesto puntual entre tantos otros de romper los límites, de unir lo popular con lo intelectual, de incorporar al fútbol a un mundo que lo miraba de reojo. Su Literatura de la pelota tiene valor fundacional. Ediciones Al Arco no sería lo mismo sin la referencia de Santoro; y de seguir aún Santoro con nosotros formaría parte, seguro, del proyecto. Cada libro publicado es nuestro modesto homenaje, y por si no quedaba claro le pusimos su nombre al concurso nacional de cuentos que ahora mismo llevamos adelante”.

Avanza entonces Santoro, barrilete cósmico, pero del planeta Tierra, que juega y hace jugar, a hombres y mujeres en un mismo partido. Y si no, mírenla gambetear ahora a la escritora Lilian Garrido: “El taller Barrilete era eso, ni más ni menos: reuniones ordenadas y constantes (no se falta a los entrenamientos, muchachos), discusiones, participación, propuestas, objetivos y, sobre todo, tarea colectiva. Quien no entendió que, así planteadas las cosas, el desarrollo de una actividad poética es una manera de hacer política, está mirando otro partido y no éste”.

Quien sí está mirando este juego es Pedro Gaeta, que pega un grito para advertir que no está pintado, y va en busca de la redonda. ¡Dibuje, fenómeno! “Roberto era un hacedor, un idealista. Todas las semanas compartíamos algún acto cultural y era impresionante todo lo que hacía. En este mundo neoliberal, Roberto sería algo muy raro. Ahora, el común de la gente se moviliza por algún interés personal, pero nosotros nos movíamos por nuestros ideales.”

Inspirada en esos ideales, tras la pincelada de Gaeta, una voz cargada de fútbol y poesía, pide la pelota, pero no para pegarle. Todo con afecto hace Alejandro Apo, anticipando la jugada: “Yo escribí el prólogo de la última edición de Literatura de la pelota, un libro que inspira mi espectáculo, porque es un emblema del mensaje que intentamos dar. Quienes somos tipos del barrio vivimos la vida en la situación que se nos presenta y nunca dejamos de tirar la bronca, a pesar de los dolores y las sombras de aquella dictadura criminal. El compromiso de Roberto demuestra que siempre vale la pena enfrentar a los tipos que nos niegan la vida. Y por eso Santoro es el inspirador de tantos que hablamos del fútbol, o de la cultura popular, porque nos sentimos responsables de construir una sociedad mejor”.

A lo lejos, viene lanzado un compañero, en apoyo. Simula pasar, pero se queda, marcando los tiempos. No le pudo ver la cara a Santoro, pero leyó su jugada. Y entonces, actúa, Héctor Alterio: “Yo partí de la Argentina en el ’74, y decidí quedarme en España, por las amenazas de la Triple A. Antes de irme, desde mi relación actoral con los poemas, me tocó grabar varios, incluido uno compuesto por Gente de Buenos Aires, el grupo de Santoro. Por ser hijo de inmigrantes italianos, de una cultura modestísima, no pude estudiar, pero tuve la suerte de introducirme en medios que me enriquecieron. Balbuceando mi vocación, absorbía todo a mi alrededor, y eso me marcó ideológicamente. Siempre hay una respuesta, con las armas que uno tiene. Nosotros respondimos a situaciones límite, frente al exilio o la muerte, y si actualmente hay una profusión del teatro alternativo o la literatura futbolera, tiene que ver con un impulso de creación que históricamente se manifestó en los momentos más álgidos de Buenos Aires, desde ese crisol de razas integradas, que me hace sentir orgulloso de mi país”.

Los rivales acechan, incesantemente. Atacan al Fútbol, a sol y sombra, pero entonces la pide el Uruguayo, “u-ru-guayo”. Reacio a los pelotazos, recibe de Alterio un pase de ficción, desde el otro lado del charco, para buscar otra vez a Santoro, que respira agitado, en una corrida interminable. Quieren taparlo, bajarlo, borrarlo. No pueden. Eduardo Galeano lo conoce y sin mirarlo, lo puede ver. “Roberto Santoro fue mi amigo, y sigue siendo. Me acompaña a las canchas, como aquella vez que el mareo casi acaba conmigo en la primera línea de fuego de la Bombonera, a la orilla del abismo, con el furioso oleaje de la hinchada empujándonos desde atrás, y él se arreglaba, no sé cómo, para arrimarme un cafecito y ayudarme a sobrevivir a la avalancha. Y Roberto también me acompaña en las ceremonias de la amistad, y nos seguimos encontrando para bebemorar los buenos tiempos de los traguitos y las palabras compartidas”.

Aplaude el Viejo Casale, emocionado junto al Negro Fontanarrosa, mientras se funden en un abrazo tribunero Mister Peregrino Fernández y el Gordo Soriano. Todo en equipo, todo en movimiento, hasta que por fin recibe ella, en la puerta del área. Mira al arco, pero antes mira allá, bien alto, hacia la popular repleta de 30 mil hinchas que aparecen. Gira, patea y corre, gritando y señalando allá, bien alto, donde está su padre, presente. Ahora, y siempre. “Yo siento orgullo por ser su hija: saber que un tipo común, con dos empleos, varios oficios y el poder de la palabra dio su vida por creer que era posible un mundo más justo para los que sufren, es motivo suficiente para eso. Era una persona con fuertes convicciones, palabras punzantes y un corazón lleno de esperanzas. Uno como tantos otros que no aguantó callarse, que no pudo no hacer nada ante las injusticias. Ahora, en el 2009, a los 70, lo veo charlando en un café con amigos, ofreciendo sus poemas, viajando en colectivo o en alguna manifestación de protesta, pero conmigo.”

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Recientemente se reeditó el libro Literatura de la pelota. Y su obra poética fue presentada en la Feria.
Imagen: AFP
 
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