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Lunes, 17 de agosto de 2009

ESCALANDRUM Y SU HOMENAJE A PIAZZOLLA EN HARRODS

De herencias y proyecciones

Luego de diez años de trayectoria, el sexteto del nieto de Astor, Daniel “Pipi” Piazzolla, decidió abordar formalmente el repertorio del autor de “Adiós Nonino”. En la primera jornada del festival también hubo un Bandoneonazo, reunión de cuatro bandoneonistas sub-23.

 Por Carlos Bevilacqua

Hay cosas que se heredan. Y las más valiosas no son materiales, sino espirituales: ideologías, hábitos, sensibilidades, actitudes. El baterista Daniel “Pipi” Piazzolla se parece a su abuelo Astor en algunos rasgos fisonómicos, pero también en la dedicación al trabajo, en el gusto por los riesgos, en el grado de exigencia para elegir a sus compañeros de ruta y hasta en esa furia que se adivina detrás del gesto cuando toca. Al menos eso transmitió durante el concierto que dio anteanoche con el sexteto Escalandrum en la ex tienda Harrods como parte del Festival de Tango de Buenos Aires.

La del sábado fue la primera vez que el sexteto tocó formalmente la obra del genial bandoneonista marplatense. “Siempre nos pedían que tocáramos esta música, pero nosotros quisimos hacer nuestro camino”, explicó “Pipi” en una de sus varias alocuciones entre un tema y otro. Aunque con algunas influencias de los géneros típicos argentinos, Escalandrum es básicamente un grupo de jazz, tal como puede deducirse de su formación, compuesta por piano, batería, contrabajo y diferentes tipos de clarinetes y saxos. Luego de diez años de trayectoria en los que grabaron cinco discos y realizaron varias giras por América latina y Europa, sus integrantes (“por encima de todo, un grupo de grandes amigos”, según se definen) consideraron que estaban lo suficientemente preparados como para interpretar la obra del genial bandoneonista. Pero no lo hicieron abordando sólo sus clásicos ni reproduciendo los arreglos más conocidos. Producto de una votación entre los seis músicos, eligieron temas igualmente ricos a los que imprimieron hermosos arreglos en cuatro meses de intensos ensayos. Fue gracias a esa política que pudieron escucharse el cambiante “Lunfardo”, los poderosos “Tanguedia” (con la típica tensión piazzolleana in crescendo hasta más no poder) y “Vayamos al diablo” (donde el baterista lució su virtuosismo en un aplaudido solo), así como los más sosegados “Romance del diablo” (que “Pipi” conoce desde que lo tocaba en el Octeto de su papá Daniel, allá por los ’90) y “Oblivión”, donde el clarinete llevó la línea melódica en feliz decisión. Como piezas más conocidas, los Escalandrum entregaron también muy personales versiones de “Escualo” y “Buenos Aires hora cero”, que comenzó con un largo solo del contrabajista Mariano Sívori para luego ir recibiendo diferentes sonidos de la noche (remedos de pasos, murmullos, sirenas) generados por los demás instrumentos. El sexteto se despidió con los proféticos “Fuga 9” (incluyendo un notable solo del pianista Nicolás Guerschberg) y “Adiós Nonino”, este sí un superclásico en versión extendida, bis que “Pipi” había supeditado a que “tiren abajo Harrods al pedirlo”. Más cerca de ese azuzado fervor que del conservadurismo imperante hace once años, el público del festival vibró con la audacia de un grupo que asumió el difícil desafío de homenajear a un prócer de la música argentina sin perder el sonido que lo identifica. Junto a la batería de Piazzolla, los vientos de los virtuosos y dúctiles Martín Pantyrer, Damián Fogiel y Gustavo Musso fueron lógicos protagonistas del show, pero por momentos llegaban a tapar al piano y al contrabajo, acaso por algún desbalance en el volumen de los micrófonos.

Más allá de lo musical, Pipi dejó algunas anécdotas familiares de interés público. “En su última época, mi abuelo se había agarrado la costumbre de tirar el bandoneón para atrás después del último tema. El bandoneón volaba y mi viejo era el encargado de atajarlo”, contó para sorpresa de los presentes que desbordaron el estrecho auditorio destinado a los conciertos. A su tiempo, aprovechó también para explicar que el nombre del grupo combina las palabras “escalandrún” (variedad de tiburón que Daniel solía pescar con su abuelo en la costa bonaerense) y “drum” (batería, en inglés).

La primera jornada festivalera en Harrods había arrancado a la tarde con “El Bandoneonazo”, un auspicioso encuentro de bandoneonistas de entre 20 y 22 años que vienen tocando, componiendo y arreglando profesionalmente en diferentes formaciones. Acompañados por el también veinteañero Nicolás Falasca en contrabajo, Damián Foretic, Marco Fernández, Clemente Carrascal y Nicolás Tognola (director y arreglador de la juntada) interpretaron tangos, milongas y valses clásicos con un lenguaje original. Además de condiciones técnicas, mostraron fuertes personalidades, tanto en la expresión conferida a cada pieza como en la forma en que ensamblaron varios temas en un par de popurrís y en el siempre sano gesto de probar composiciones propias, como las bucólicas “Todo se transforma” e “Introspección, fruta madura”, ambas de Tognola.

Fueyes, composición, grupo, juego, riesgo, adrenalina, futuro. Todas entidades que vinculan al gran Astor con los nuevos instrumentistas en una eterna invitación al coraje.

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Escalandrum, una notable agrupación con espíritu jazzero.
Imagen: GENTILEZA Santiago Lofeudo
 
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