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Jueves, 15 de julio de 2010

LAS HIERBAS SALVAJES, DE ALAIN RESNAIS, CON ANDRE DUSSOLIER Y SABINE AZEMA

Cuando la felicidad llega en avión

A los 88 años y muy lejos de la gravedad de Hiroshima mon amour, el gran director francés propone una comedia sobre el deseo, sobre los impulsos, una película no precisamente erótica, sino más bien sensual, en el sentido más amplio del término.

 Por Luciano Monteagudo

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LAS HIERBAS SALVAJES
Les herbes folles
Francia, 2009

Dirección: Alain Resnais.
Guión: Alex Reval y Zlaurent Herbiet, basado en la novela L’Incident, de Christian Gailly.
Fotografía: Eric Gautier-
Diseño de producción: Jacques Saulnier.
Música: Mark Snow.
Vestuario: Jackie Budin.
Productor: Jean-Louis Livi.
Intérpretes: Sabine Azéma, André Dussollier, Anne Consigny, Emmanuelle Devos, Mathieu Amalric, Michel Vuillnermoz.

No puede dejar de celebrarse la libertad y el desprejuicio con que Resnais sigue pensando el cine y la vida.

¿Una comedia de Alain Resnais? Sí, una comedia. Es injusto que después de la levedad aérea de Yo conozco la canción (1997) o incluso del tono agridulce de su anteúltima película, Corazones (2006), se siga asociando al legendario director francés, de 88 años recién cumplidos, únicamente con su costado más grave, que sin duda lo tiene, desde que se dio a conocer con su célebre ópera prima, Hiroshima mon amour (1959), una de las puertas de entrada al cine moderno. Pero ya en el díptico Smoking / Not Smoking (1993) bullía un espíritu irónico y chispeante, que ahora Las hierbas salvajes no hace sino profundizar. El nuevo opus de Resnais, inspirado en una novela de Christian Gailly (un autor desconocido en Argentina, como también lo eran Marguerite Duras y Robbe-Grillet cuando el director trabajó con ellos, medio siglo atrás), es un film sobre el deseo, sobre los impulsos, una película no precisamente erótica, sino más bien sensual, en el sentido más amplio del término.

Que la pareja protagónica esté integrada por dos intérpretes que no son jóvenes –André Dussolier y Sabine Azéma, viejos conocidos del director– no hace sino más singular el proyecto. El punto de partida es El incidente, una novela de Gailly que parece haber despertado en Resnais –según confesó el año pasado en Cannes– “el sentido de la síncopa, el deseo de hacer variaciones sobre una situación como un músico de jazz le busca nuevos ángulos a un mismo tema”. Un tema más bien ligero, por otra parte. El punto de partida es la billetera perdida de la mujer, que el hombre encuentra y que despierta su curiosidad y sus fantasías: ¿quién es esa desconocida que lo mira de diferentes maneras desde las fotos de sus distintos documentos? ¿Será verdad, como dice ese carnet, que ella tiene licencia para pilotear aviones, un gusto que él nunca se llegó a permitir? Antes que la circulación del deseo, en Las hierbas salvajes parece haber una circulación de veleidades contrariadas, de equívocos, de graciosos malentendidos.

Si Corazones tenía quizás un tono demasiado oscuro, o más bien invernal, con esas permanentes nevadas que teñían de melancolía los desencuentros de sus personajes, Las hierbas salvajes en cambio parece una película veraniega, luminosa, de colores alegres y primarios. Y los personajes, a pesar de su edad, que puede parecer otoñal, responden a esa energía estival y crecen en direcciones imprevisibles, como esas hierbas silvestres a las que menciona el título.

La cámara de Resnais, cada vez más libre, hace un poco lo mismo. Va y viene con una fluidez asombrosa y en alguna ocasión incluso parece cobrar vida propia y se libera del yugo de tener que someterse a los dictados de la narración. Hay una escena en la que, como si se aburriera de las disquisiciones de sus personajes, la cámara los abandona discretamente, como quien deja un cuarto en puntas de pie y va a buscar su propio campo de interés, vagando por la sala y registrando detalles que hacen a la vida cotidiana de esa gente, pero que son mucho más divertidos o reveladores que ese parloteo insustancial que se sigue desarrollando, ahora lejano, en el comedor.

La paleta deliberadamente colorida y artificiosa del virtuoso fotógrafo Eric Gautier hace aún más feérico ese mundo que parece transcurrir solamente en la cabeza de los personajes, sensación que acentúan los respectivos monólogos interiores de uno y otra. Es verdad que esas “variaciones” de las que habla Resnais funcionan mejor en la primera mitad de la película y que después se vuelven quizá no tanto reiterativas como algo banales. Pero al mismo tiempo no puede dejar de celebrarse la libertad y el desprejuicio con que Resnais sigue pensando el cine y la vida.

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