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Domingo, 12 de marzo de 2006

SE PUBLICA POR PRIMERA VEZ UN VOLUMEN CON LA OBRA LITERARIA DEL SACERDOTE HUGO MUJICA

“Poesía para escuchar y no para ser leída”

Religioso, mundano, escritor, ex hippie y ex artista plástico, Hugo Mujica acaba de publicar su Poesía completa. En su obra, influida por la experiencia en el monasterio trapense, priman el silencio y la brevedad.

 Por Silvina Friera

El piso de 103 años parece estar blindado contra los ruidos molestos. El departamento –sobre la calle Libertad, casi en la esquina con Posadas– podría ser la prolongación natural del Monasterio de la Orden Trapense, donde el poeta y sacerdote Hugo Mujica vivió siete años en el más estricto de los silencios. Pero este hombre que se define a sí mismo por su gusto por lo fronterizo –es cura, pero lleva una vida mundana; es mundano, pero creyente– fue artista plástico, hi- ppie y discípulo de Allen Ginsberg en la década del ’60, en Nueva York. Su relación con la escritura poética empezó cuando entró en la vida monástica.

“El acto creador y el acto religioso tienen que ver con el misterio de que en algún momento yo no era y de repente aparecí y ese aparecer fue recibirme como alguien que podía escuchar”, dice Mujica a Página/12. “Ahí está la pasión por tratar de llegar a lo más desnudo que se puede llegar, que es ese misterio de ser llamado antes de estar. La creatividad es jugar con ese vacío donde hay nada, pero uno apuesta a que algo va a aparecer. Religioso implica religarse con ese momento, por algo todas las mitologías empiezan con que dios crea, lo más original es crear”. La publicación de su Poesía completa, 1983-2004 (Seix Barral), es la excusa a partir de la que el poeta y sacerdote se refiere a sus elecciones estéticas, el silencio, la brevedad, lo esencial, y en la que sugiere que el celibato debería ser optativo.

–¿Cómo se llevan el poeta y el sacerdote?

–No me parece que sean vocaciones incompatibles. La vocación sacerdotal tiene que ver prácticamente con la palabra, sobre todo en el cristianismo que comienza diciendo que la palabra se hizo carne. La idea del verbo, la palabra, la gran tradición occidental de la escritura, de la hermenéutica, viene de una raíz religiosa. Esta idea de que la palabra se abre al sentido es algo que comparten tanto la literatura y el pensamiento como la religión. Hay un lugar todavía donde no se separan las cosas y en ese lugar no hay contradicción sino enriquecimiento. La diferencia enriquece, no se contrapone.

–¿Por qué en sus poemas aparece dios escrito con minúscula?

–Mi poesía no tiene nada que ver con la religiosidad en el sentido de lo explícito, con el discurso y con la simbólica religiosa. Dios con minúscula implica un dios desnudo de poder. El hombre tiende a divinizarse para elevarse y dios es dios por la aceptación absoluta de lo humano; en todo caso sería para aceptar el abismo humano y no la altura divina.

–¿La importancia que le atribuye al silencio en la poesía está vinculada con su experiencia en el monasterio trapense?

–Sí, la experiencia fundante de mi literatura ha sido el silencio; de ahí que para mí escribir es escuchar. Al menos ése fue el horizonte, no intelectual, sino el habitar físico donde nació la idea poética como receptividad de la palabra, en vez de ser uno el que habla y el que dice. Para mí el silencio es cuando la palabra todavía no se desgajó de su raíz, cuando todavía no entró en la verticalidad de estar depositada en la cabeza y combinada con otras. Es la palabra aún en su temblor naciente. Y en este sentido silencio y palabra es una misma cosa, después se separan, y el silencio va por un lado y la palabra por otro. Pero toda palabra es el silencio expresándose, saliendo de sí.

–En sus primeros poemas aparece la preocupación por la brevedad. ¿Cómo explica esta estética y con qué la asocia?

–Me gusta pensarla como un trato con lo esencial, que es una característica de mi vida. Es un vínculo con algo que aparece mucho en mis poemas, que es la desnudez. Dar expresión es llegar a ese lugar donde las cosas todavía no se complejizaron, incluso donde la palabra es lo que dice y no lo que señala. La brevedad en mi poesía es un encuentro con lo esencial, quizá por eso nunca he escrito una novela, porque me parece que es salirse de ese lugar naciente y ponerse a la deriva.

–Pero en el conjunto de su obra aparece un solo libro, Paraíso vacío, que pareciera implicar una ruptura con esta brevedad los poemas se extienden y son en prosa. ¿Cuáles fueron las causas de ese cambio?

–Es el libro con el que menos me identifico. Como en ese ínterin, escribí un libro de cuentos, quizá la idea de la narrativa sea un interregno entre la poesía y el cuento. Pero es una excepción en mi obra, no tiendo a la narrativa y cada vez mis poemas son más despojados.

–Y no son barrocos ni crípticos, se despliegan como en una llanura...

–Hay una gran llanura, es cierto, pero mis poemas tampoco son comprensibles; presentan la situación y creo que irradian sugerencias. Es una poesía pensante, más que reflexiva o filosófica. Si volvemos a lo esencial, lo originario, lo naciente, así empezó Occidente. Todos los documentos que tenemos, los fragmentos de Heráclito, los poemas de Empédocles, de Anaximandro revelan que nuestro origen fue poético. El pensamiento, cuando es esencial, necesita la flexibilidad poética; después se volvió categoría, se empezó a endurecer y se encerró en lo conceptual, pero en principio había una fluidez en la cual la poesía expresaba la comprensión. Mi poesía está en el orden de una comprensión poética de la existencia.

–¿Esta comprensión poética es también plástica, visual?

–Sí, tengo una concepción visual de lo poético, a pesar de que me gusta muchísimo leer. A veces paso tanto tiempo en trabajar un poema como en su forma visual, en su diagramación en la página. Para mí eso está comunicando y sobre todo está puntuando. No se lee de la misma forma un poema en una página grande en blanco que con márgenes pagados y acotados. Tengo la idea de que el poema ocupa un paisaje.

–¿Y qué paisaje ocupa su obra dentro de la poesía argentina?

–Me siento más situado en España, allá tengo más espacio que acá, se fue dando así. Para los españoles estoy en la tradición de lo que se llama “la poesía del silencio”. Acá me ubicaría en la línea de Juarroz, de Olga Orozco, a quien se asocia más con la metafísica, una palabra que no me gusta. Mi poesía tiene otra velocidad, es una poesía de la morosidad, en la cual hay que detenerse. O contemplativa; una poesía más para la escucha que para la lectura.

–¿Cómo usa sus conocimientos antropológicos y filosóficos en los poemas?

–Estoy atravesado por todo ese conocimiento y eso aparece en la expresividad poética, de la misma forma que leo ensayos poéticamente. Nunca leo para tratar de comprender y sistematizar, para mí es un gozo, incluso cuando escribo ensayos, que están basados en el pensar con palabras. Siempre es el lenguaje el conductor de la idea y no la idea la que se expresa con el lenguaje. Nietzsche lo que hace es romper la filosofía en el sentido de lo conceptual y mete literatura, es decir Nietzsche es un escritor. Otro filósofo que está muy presente es Heidegger, tengo dos libros escritos sobre él y uno no sale inmune de atravesar una obra como la de Heidegger. También María Zambrano, Maurice Blanchot, que son difíciles de ubicar meramente del lado del pensamiento.

–¿Hay un gusto por los bordes?

–Sí, me gusta lo fronterizo. Siento que soy una persona de interregno: soy cura, pero mundano; soy mundano, pero creyente, o soy poeta, pero reflexiono poéticamente. Siempre miro a los costados y reconozco que estoy en el “entre”. Y leo a autores como Clarice Lispector, Marguerite Duras o Robert Walser, que son escritores que tienen más que ver con el lenguaje que con el argumento.

–Aunque la religión sea palabra revelada, ¿no tiende más hacia el argumento que hacia el lenguaje?

–Venimos de un lastre de 2000 años, pero al principio la religión era el anuncio: vos anunciabas, Cristo te salvó, y ese anuncio te ponía en una decisión salvífica. Pablo dice que la fe viene de la escucha; la idea era que escuchar la palabra era ser transformado. La religión tuvo siempre que ver con esa idea de que es una palabra que se pronuncia y vos la encarnás. A Mujica la vocación religiosa le llegó con la madurez. Se ordenó sacerdote en 1983, a los 40 años, y desde entonces celebra misa en la iglesia Patrocinio de San José. “Me acuerdo de que nos íbamos de retiro, para ser ordenados, y mientras viajaba en el tren escuchaba por la radio que ganaba (Raúl) Alfonsín”, cuenta el poeta. No vive en la iglesia y explica cómo tomó esta decisión: “Encontré en la iglesia que si vos inventás la libertad, te la consienten. Lo que pasa que como en todos lados uno se refugia en el ‘no se puede’. Pero si vos abrís un espacio, ocurre que se puede”.

–¿Está de acuerdo con el celibato?

–Nunca fue obligatorio, no es esencial, en un momento se puso por conveniencias prácticas. Pienso que debería ser optativo, pero también me parece ingenuo el planteo que normalmente viene de la sociedad, algo así como si los curas nos casamos está todo bien, mientras que todos los casados se están matando a golpes y se están separando. En una cultura donde se desintegra el matrimonio, ahora quieren que nos casemos nosotros (risas). Es muy gracioso eso de que lo que la sociedad rechaza piensa que es nuestro remedio.

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Mujica vivió siete años en completo silencio.
Imagen: Ana D’Angelo
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