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Lunes, 31 de enero de 2011

COSQUIN EL FESTIVAL MAYOR DEL FOLKLORE CERRó CON BALANCE POSITIVO

Consagrados por el buen gusto

Las tres primeras lunas fueron las mejores. Pero a lo largo de las diez noches hubo nombres para destacar, más allá de los números “pirotécnicos”: Arbolito, Rolando Goldman, José Ceña, Emiliano Zerbini, Paola Bernal, Franco Luciani, entre muchos otros.

 Por Cristian Vitale

Desde Cosquín

“99 por ciento, Arbolito consagración.” Una histórica prensera del Festival de Cosquín echa a andar la posibilidad por los pasillos de la Próspero Molina, días antes de que el circo de los premios ocupe un lugar de cierta atención. El bolillero de consagraciones, menciones y revelaciones –que se definía al cierre de esta edición– provoca ciertas tensiones. Nadie imagina, claro, a los Arbolito sin dormir esperando “la exitosa consagración”. Menos a Bruno Arias lobbyando por lo bajo, mientras arriba da un excelente recital imbuido en los enigmas de la cultura qom. O a Laura Ros, Emiliano Zerbini, las Aymama u Orellana-Lucca deseando entre sueños algunas migajas en forma de presea. Siempre un premio, por su procedencia azarosa, no implica más –ni menos– que trabajo asegurado durante el año, más millas por las rutas argentinas, mayor figuración en el business y un diploma para colgar en la pieza. No más –ni menos– que ciertas incógnitas –¿quién lo decide?, ¿bajo qué criterio?, ¿movido por qué presiones?– que configuran, al cabo, una pequeña parte del juego que hace del festival de festivales un hecho único cada año. Una obsesión “impuesta”, movida en principio por los mecenas de la escena y, en caso de una ovación popular inevitable de evitar –caso Arbolito, este año–, por la vox populi, que no debería entregarse como un pino que tape el bosque.

No es de lo que prima hablar, entonces, para referirse a un festival de música con un bosque lleno de pinos. La experiencia implica que, salvando excepciones, suelen legitimarse propuestas que, más que apostar al más allá creativo, copian fórmulas en busca del ascenso fácil. Grupos pirotécnicos, de llegada meteórica, folklore fast food y vuelo bajo. Canto 4, por citar un caso. O Guitarreros y Los Huayras, por citar otros... todos cercanos en el tiempo. O consagraciones de artistas que después almorzarán con Mirtha Legrand contándoles de su fama, o se mezclarán en la ridícula fauna televisiva que propone Susana Giménez en sus programas (el Chaqueño Palavecino ha pasado por las dos). No es esto lo que prima destacar de la 51ª edición del Festival de Cosquín sino su costado fructífero. Su postura inclusiva que permite, casi zanjada la antinomia ortodoxos-heterodoxos, no sólo la inevitable presencia de los compulsivos cortadores de tickets (Jorge Rojas, Soledad, el Chaqueño, Los Nocheros, Los Tekis) sino también, y saludablemente, la presentación de expresiones que no cualquier festival contemplaría. Porque Cosquín, pese a sus grises, no es cualquier festival. Definitivamente no.

Esta vez, aunque con menos intensidad que el año pasado –el de los 50 redondos–, la Próspero Molina dejó su suelo a merced de un goce estético que, aunque entrecortado por números pirotécnicos, hizo que brillara cada luna. Con Franco Luciani y Luis Salinas –dos contraejemplos de lo dicho en el tema premios–, u Orozco-Barrientos la primera noche. Con la Bernal, basando su set en temas de un disco nuevo que nadie conoce, el charanguista Rolando Goldman y el calmo José Ceña la segunda. O con Arbolito, la tercera. Tres lunas, las primeras, que concentraron, desde una óptica definida y desinteresadamente subjetiva, las propuestas más jugosas de esta edición. Básicamente porque a los nombrados los rodearon con su aura Peteco Carabajal, mago en su clan, que también basó su propuesta en mostrar un material aún inédito –se conocerá en marzo a través del disco El viajero–, Los Olimareños, Inti Illimani, Víctor Heredia, Illapu, Baglietto-Vitale (mucho más que dos) y León Gieco, esta vez por partida triple, con su alternativa power-rock (D’Mente) y la cara mejor de Abel Pintos.

Intensidad de propuestas que, cierto, fue menguando con el devenir de lunas. Excepto la del miércoles, con Raly Barrionuevo iluminando con su voz una jornada plagada de alto voltaje emotivo (Emiliano Zerbini, con sus chayas y chacareras “a nuevo” releídas desde adentro; Suna Rocha; las cuerdas de Juan Falú y algunos pasajes de Jairo), el resto fue de claroscuros y grillas desparejas: la misma esfera azul cobijó a Los Nocheros y Falta y Resto (lunes); al Chaqueño Palavecino (el “Gaucho Star”) con un esteta de la chacarera que nada tiene de “estrella” (Horacio Banegas), y las finuras musicales que suelen mostrar Juan Quintero y Luna Monti cuando se juntan cada vez (martes); a Bruno Arias y Luciano Pereyra (algo así como el súmmum de la contradicción); a Jorge Rojas y Alfredo Abalos –capo– durante el único día en que se agotaron las entradas. Y la jornada postre que, del aguerrido sur sonoro que propone Rubén Patagonia cada vez, se disparó hacia el litoral con Ramón Ayala, pasó por Santiago del Estero según el Dúo Coplanacu y enlazó el mapa federal con el Carnaval del Norte final, ya de madrugada.

Un Cosquín que, además, le bajó un cambio al circuito peñero. La gente tardó en acostumbrarse al vacío que provocó la ausencia de su peña más popular en la última década (la de los Copla) y le llevó varios días reacomodarse al nuevo mapa. Recién las últimas noches pudo registrarse una afluencia masiva en las tres que, por presencia de músicos de fuste y “mística” folk, prevalecieron entre las 15 que trocaron techo firme por enramadas: la de los Carabajal, cuyo cenit fue una yunta familiar para los anales (Musha + Peteco + Roberto + Cuti + Cali); La Callejera, que esta vez se levantó en la Sociedad Española, y fusionó momentos de sudor colectivo hasta bien pasados los rayos del alba con los precios más potables del circuito. Y La Salamanca, un clásico del Norte, que en su noche pico determinó otra juntada imborrable: Bruno Arias, la Bernal y Juan Saavedra como mensajeros divinos que exceden por mucho la pasarela fofa de los premios.

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Arbolito se ganó una ovación en su presentación coscoína.
Imagen: Rafael Yohai
 
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