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Domingo, 12 de febrero de 2012

HOY ES LA PREMIèRE DE ESCUELA NORMAL, DE CELINA MURGA

“Hoy docentes y alumnos tienen la posibilidad de dialogar”

El primer documental de la directora de Ana y los otros y Una semana solos hace foco en la vida interna de la escuela entrerriana en la que estudió ella, que además es la primera fundada por Sarmiento. El estreno es en la sección Forum del Festival de Berlín.

 Por Oscar Ranzani

La Escuela Normal de Paraná donde estudió la cineasta Celina Murga fue el primer establecimiento educativo con esa orientación fundado por Domingo Faustino Sarmiento, en 1871. Murga señala que “‘Normal’ se refiere a normas o estándares, que Sarmiento quería establecer a través de la educación para determinar lo que significaba ser argentino”. Esto marcó que, a pesar del paso de los años, la vida de esta institución mantenga vigente la impronta del autor de Facundo. La realizadora entrerriana volvió a transitar los pasillos del colegio para dirigir su tercer largometraje, en este caso su primer documental. Escuela Normal tendrá su première mundial hoy en la Sección Forum del Festival de Berlín. Murga debuta en una de las muestras cinematográficas más importantes del mundo y espera que los espectadores disfruten de su película en la capital alemana, dado que es lo suficientemente universal como para comprenderla. “Todo el mundo me habla maravillas del festival, así que estoy muy contenta de poder estar”, confiesa en diálogo con Página/12. “Es una sección que tiene historia en el cuidado de la curaduría y cierta tradición dentro de la Berlinale, así que tengo la expectativa de ver qué pasa, pero voy con muy buenas referencias”, agrega la directora de Ana y los otros y Una semana solos.

A la hora de mencionar la génesis de su proyecto, la cineasta confiesa que hubo “una parte personal y una profesional que convergieron”. Como hizo todos sus estudios en esa escuela, a medida que fue pasando el tiempo, volvía a Paraná, veía el edificio y comenzó a interesarle el funcionamiento desde el presente. “Tenía ganas de poder estar adentro viviéndola, de alguna manera. Entonces, siempre estuvo esta idea de hacer un documental que implicara algún eje temático dentro de la escuela como para poder ver cómo es el funcionamiento hoy, obviamente teniendo la intención de poder reflejar una cosa más general a través de la mirada de una institución”, explica.

El resultado es un documental de observación sin entrevistas a cámara y alejado totalmente de otros trabajos más convencionales del tipo “cabeza parlante”. A lo largo de una hora y media, Escuela Normal tiene una estructura que lo asemeja a una ficción, con la diferencia de que todo lo filmado en la cinta sucedió realmente. Los ejes temáticos están encabezados por la inminencia de la elección estudiantil, para la cual dos grupos de alumnos se encargan de dar a conocer sus propuestas políticas a sus compañeros. Pero también es protagonista la jefa de preceptores, que debe encargarse de diferentes tareas y lidiar con inconvenientes que surgen en la vida cotidiana de la institución. La tercera pata temática está representada por el abordaje de la vida en las aulas. Y finalmente, se produce el reencuentro de ex maestras que deriva en una celebración altamente emotiva. Uno de los grandes méritos de Murga es no haberse tentado de hacer un video institucional, sino narrar una historia a través de su propia mirada con una obra muy personal.

“Fue muy movilizador poder volver a la escuela”, confiesa Murga. “Un documental lleva mucho tiempo y muchos viajes. Por eso también fue muy interesante poder vivirla y tomar contacto con diferentes actores dentro de la escuela, en el día a día. No es que uno entra, saca una foto y se va, sino que el hecho de poder permanecer generó una especie de convivencia con gente que ya estaba de antes –por ejemplo la jefa de preceptores era preceptora cuando yo estudiaba– y con gente que está ahora y yo no conocía.”

–¿Qué cree que les gustó a los programadores del Festival de Berlín para que la seleccionen?

–No lo sé. Cuando empecé a hacer el documental sabía que quería hablar de una institución, pero que también hubiera personajes que a uno como espectador pudieran movilizarlo. No quería hacer solamente el análisis clínico o más sociológico del funcionamiento institucional. No bien empecé a hacerlo, surgió el tema de las elecciones de estudiantes con los dos grupos de chicos que estaban empezando a dar sus primeros pasos dentro de la política cotidiana y no cotidiana de la escuela. Enseguida me pareció que ése era un eje que diferenciaba la película de otras sobre escuelas. Hay muchos documentales de escuela. Entonces, para mí fue muy atractivo poder ver algo que lo diferenciaba y que, además, daba un punto de vista diferente poniendo en valor a los jóvenes. Lo que se ve en el documental es una valorización de los jóvenes como actores en ese microuniverso que es la escuela, pero que, de alguna manera, es un ensayo de su adultez o del mundo exterior. Esa es la intención del documental: generar ese espejo.

–¿Cómo fue debutar como documentalista? ¿Cuáles son las principales diferencias con respecto a dirigir ficciones?

–Siempre me sentí bastante cerca del documental por cómo es mi cine y porque aun creando ficción me interesa involucrarme en una situación o en un lugar que preexiste. Y me atrae crear ficción, pero a partir de elementos reales. Recuerdo que cuando tuve la beca con Martin Scorsese, hablábamos, y yo le decía: “No me imagino trabajando en un decorado totalmente creado para la ficción”. Porque mi imaginario se nutre y necesita de la realidad. Son abordajes muy diferentes. ¿Qué estimula tu imaginación? Entonces, de alguna manera, siempre me sentí cerca y tenía ganas de experimentar. Sentí una gran libertad con el documental. Eramos un grupo pequeño: dos microfonistas, un asistente y yo. Teníamos una gran libertad para movernos dentro de la escuela. Y podíamos resolver las cosas día a día. Había cosas pautadas, pero estaba la posibilidad de moverse de acuerdo con lo que la escuela proponía en cada jornada, que era muy cambiante. Desde lo formal, sentí una gran libertad. Además, me parece que lo permite narrativamente: uno va descubriendo el eje del documental en la producción. Teníamos 140 horas de material. En esa totalidad, había que encontrar una estructura. Ahí también hay una libertad nueva. Una cosa que es muy diferente con respecto a la ficción es que si bien uno tiene que decidir dónde poner la cámara, no puede decidir totalmente qué es lo que está pasando delante de la cámara.

–A veces, al proponerse hacer un documental hay que esperar que sucedan determinadas situaciones en la realidad. ¿Esto implica más riesgos que hacer una ficción, donde hay mayor facilidad de planificación?

–Los riesgos están si uno tiene mucha expectativa sobre lo que quiere ver. En realidad, a mí me generaba cierto alivio porque en la ficción uno como director tiene la fantasía de estar controlando absolutamente todo. Y por suerte, muchas veces no sucede eso. Si no, uno se pone como controlador por demás. Pero es una característica de los directores, del rol en sí. En ese sentido, en el documental siento que hay una idea de esperar a que algo suceda y que lo que suceda sea interesante para el trabajo. Pero en ese diálogo entre lo que yo espero y lo que la realidad me da hay una cosa que surge que es independiente de mí. Y eso está buenísimo. También tiene que ver con un plus de algo que uno no controla, pero que existe y que le da una mística diferente a lo que pasa.

–Escuela Normal es un documental, pero al no tener ningún testimonio a cámara y al filmar situaciones que sucedían en el mismo momento en que se prendía la cámara, parece que usted fue construyendo una especie de ficción dentro de la realidad que cuenta el film. ¿Esa fue la intención?

–Sí. A mí me gustan mucho los documentales de observación. Me gusta que lo que suceda no tenga ningún tipo de filtro. Porque tenía la fantasía de preguntarme: “¿Qué pasará? ¿Cuánto se cohibirán ellos en relación con la cámara? ¿Cuánto actuarán para la cámara?”. Había una cosa que me generaba inquietud. Y en ese sentido, me impactó mucho ver cómo los chicos tienen totalmente incorporado el lenguaje audiovisual del verse y del mostrarse. Las situaciones de inhibición fueron muy pocas. Había una comodidad en esto del ser vistos que, obviamente, tiene que ver con toda una generación relacionada con lo audiovisual, con los medios, algo que en el caso de la nuestra era impensable. Salvo cuando seguimos a la jefa de preceptores, las cámaras están fijas. Y esto tenía que ver con la intención de generar cierto lenguaje de ficción desde la puesta en escena. Incluso, tuvimos la intención de buscar continuidad y cierta idea de montaje de ficción. Tenía que ver con este juego de ficción y realidad y de probar un lenguaje dentro de otro.

–¿Cuál fue la marca de Domingo Sarmiento en esta escuela?

–Obviamente, la escuela es totalmente sarmientina. En este colegio y en Entre Ríos, en general, hay una mirada sobre Sarmiento que, obviamente, no tiene nada que ver con cómo se lo ve hoy desde Buenos Aires. Hay una valorización muy grande de su figura. Tampoco soy una especialista en Sarmiento, pero creo que más allá de las cuestiones que se le pueden criticar, si uno lo ve en el contexto histórico en el que eso sucedió, su propuesta fue importante para la educación hoy. Me parece difícil pensar en la educación nacional del país pasándolo por alto, más allá de las cuestiones que se le pueden criticar. Ponerlo en valor es importante.

–Por lo que se ve en la película, lo que sucede en este colegio es representativo de lo que sucede a escala mayor en una comunidad o un país, incluso. ¿Coincide?

–Sí. Siento que hoy el valor de la escuela tiene que ver con permitirles a los chicos esas acciones o esos roles que tienen que ver con el afuera.

–¿Cree que en general hay prejuicios sobre los estudiantes y, entonces, buscó derribarlos a través de sus propias acciones?

–Sí. Claramente, cuando empezamos a verlos a ellos en acción nos pareció que podía ser interesante positivizar su accionar a través de sus actos. En general, hay una mirada estigmatizadora y prejuiciosa de los adultos sobre “el adolescente apático”, “el adolescente desmotivado”, etcétera. Y lo que se ve en el documental son adolescentes con características adolescentes de cierta rebeldía y de cierta cosa de niños que me resultaron muy atractivas por su combinación con su voluntad, conciencia, energía, pasión. Eso es lo que quisimos valorizar.

–Las ganas que manifiestan los adolescentes al debatir propuestas para el Centro de Estudiantes da cuenta de un espacio muy democrático y participativo dentro de la escuela. ¿Cómo notó este aspecto? Es de suponer que no era igual cuando usted estudió.

–No, para nada. Yo soy del ’73, fui a la escuela en el ochenta y pico. Tampoco era tan tremendo. Pero recuerdo que el vínculo con el docente era el de “saquen una hoja, escriban”. Había claramente una situación mucho más vertical, donde el docente dictaba y enseñaba y nosotros éramos contenedores de saber, como vasitos. Pero no recuerdo un espacio de debate ni de desarrollo de ideas. Eso me sorprendió muchísimo. Y es algo que se ve también en las aulas, no sólo en el espacio del debate en relación con la elección. Esto es algo claramente positivo. Ellos tienen voz. Es una diferencia muy valorable.

–El debate en las aulas da una idea de cómo se incorporó con los años el espíritu democrático que vive el país, algo que fortalece una relación más interesante entre docentes y alumnos con respecto a la época en que usted estudió.

–Sí, porque las dos partes tienen la posibilidad del diálogo, donde hay una valorización de las dos. En mi época escolar, uno iba ahí a aprender, pero como individuo estaba más anulado, porque lo que importaba era el contenido de lo que se estaba diciendo, en un sentido más academicista, más de la información como valor supremo o del saber en sí. Obviamente, esto es en algunas materias más que en otras. Está claro que las materias humanísticas se ven más en el documental porque me interesaba ver más eso que una clase de matemática, donde por ahí iba por otro lado. Pero los chicos y los adultos se llaman entre sí por sus nombres. Eso es algo distintivo. En algún punto, son más pares en cuanto a la importancia de la palabra de uno y de otro. Entiendo que esto también puede traer complicaciones por el tema de los límites. El respeto al adulto es algo que se tiende a querer romper y, a veces, eso puede traer complicaciones. Es un equilibrio, pero que igual vale la pena ser puesto a prueba.

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“Fue muy movilizador volver a la escuela”, dice la directora.
 
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