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Jueves, 23 de febrero de 2012

EL ESPAñOL JUAN GóMEZ DIRIGE ABURRIMIENTO CHAIR

El aburrimiento desde adentro

El dramaturgo y director se dio cuenta de que había una incomunicación entre lo que sucedía arriba del escenario y el público. “Me interesaba hablar de esa persona que observa en la oscuridad, que está sentadita y que no se ve”, explica.

 Por María Daniela Yaccar

Aburrimiento chair es digna hija de su tiempo. Le brota frescura, entre tantas obras que parecen piezas de museo. En eso está su riqueza. Por las ideas que pone en juego, por ser políticamente rock y por las ganas de salir a romper todo que puede generar en los espectadores más sensibles –y hartos–, la obra podría culminar con ese himno de los ’90 que es “Where Is my Mind”, de los Pixies. Y eso aunque su trama no tenga nada que ver con la de El club de la pelea (1999), donde esa canción musicalizaba un momento cumbre. Pero sí, y mucho, con este discurso del gran Tyler Durden, el personaje de Brad Pitt en la película de David Fincher: “Somos hijos del medio de la Historia, sin propósito ni lugar. Sin gran guerra. Sin gran depresión. Nuestra gran guerra es espiritual. La gran depresión de nuestras vidas”.

Esta obra del director español Juan Gómez (jueves a las 21 en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960) se ubica, muy claramente, en el medio de la Historia. Explora, también, el vacío, el no propósito, el no lugar. Es un llamado a hacerse cargo de la propia vida, a recuperar el poder que el ser humano deposita en trabajos, parejas y terapeutas. Afortunadamente, no lo hace desde una óptica filosófica o moralista, sino desde la puesta en escena de una sensación cotidiana, palpable, universal: el aburrimiento. Más específicamente, el aburrimiento que genera el hecho de estar sentado (de ahí el nombre de la obra, claro). Y si alguien creía que el espectáculo representa –en estos tiempos de esquizofrenia y pesadumbre colectivos– una especie de salvación catártica, pues bien, se equivoca. En Aburrimiento chair hay también, y sobre todo, una crítica al mundillo teatral, a veces snob, soberbio, insoportable.

Entonces, la obra sugiere reflexiones sobre la vida en general, pero la más ácida gira en torno del teatro y de su condición pasiva y contemplativa de recepción. El protagonista de esta historia es, como pocas veces ocurre, el público. “Me interesaba hablar de esa persona que observa en la oscuridad, que está sentadita y que no se ve”, explica Gómez a Página/12. Al comienzo de la obra, al espectador se le promete “un experimento sobre el teatro” que escapará a lo convencional. Una bruja (María Marta Guitart) somete a una mujer “del público” (Carolina Setton) a una hipnosis, procedimiento en el que cobra vital importancia una obra teatral inentendible (en la que actúa Iride Mockert). Una cuarta actriz (Carolina Suárez) reparte indicaciones a la platea, la de verdad.

Mientras la actriz balbucea en un idioma inventado, la espectadora ficticia desgasta su mente tratando de adivinar qué es lo que esa obra quiere decirle –Setton participó en Magazine for fai y se le nota cuando su rostro se deforma–. Sin embargo, aplaude. “Abogo por un público que se vaya cuando no le guste la función, cuando no sienta nada o no se identifique”, subraya Gómez, que estrenó esta obra en su país natal en 2010 con una compañía independiente y aquí lo hizo con el apoyo del Centro Cultural de España en Buenos Aires (Cceba). El dispositivo del teatro dentro del teatro está en esta “tragedia” –así la define el autor– al servicio de un mensaje: “Levantate de la silla si te están dando algo que no querés. No está bien visto que alguien se levante y se vaya, se toma como una ofensa a los actores, al director o al resto de los espectadores. Pero nosotros damos algo para que la gente lo reciba y se transforme. La única manera de saber si conecta con ella es que reaccione”, insta.

–¿Cómo le apareció la idea de indagar en una relación tan naturalizada como la de los públicos y las obras?

–Antes de hacer este espectáculo hice uno que se llamaba Nidea y era sobre el proceso de creación. Siempre en mis obras hay una frase que me lleva a la siguiente. Tomé como punto de partida hablar sobre el público. Leí las ideas de Lorca en El público y entendí que yo también quería enterrarlo. Matarlo.

Pero además, Gómez, de 30 años, fue acomodador durante el tiempo suficiente para caer en la cuenta de que algo no andaba muy bien. “Veía cada cosa... Veía a los espectadores entrar, pagar su entrada cara, y sabía el ladrillo que les esperaba adentro y decía: ‘¡Dios, no puede ser!’”, amplía el director. La experiencia y la lectura se combinaron con su principal miedo y así nació este espectáculo, del que aquí participan todas actrices argentinas. “Me aterra aburrir como director. Entonces era un desafío encarar el aburrimiento desde adentro.” Lo curioso es que, vuelto materia teatral y, por ende, tamizado por la exageración y el absurdo, el aburrimiento se convierte en algo particularmente divertido.

A Gómez se lo ve incómodo ante esta pregunta: ¿qué tipo de teatro es el que quiere criticar en Aburrimiento chair? “No quiero tirar por tierra a todos los creadores porque yo también lo hago...”, se ataja. Y eso que quien ve la obra esperaría encontrarse, no con un hombre que pertenezca a un club de lucha, pero sí –por lo menos– con alguien con más ganas de despotricar contra el mundo. Después, el director se anima tímidamente: “No me gusta el término contemporáneo. No digo que haya que dar todo masticado, pero tampoco se trata de dar cualquier cosa. Critico al teatro más codificado en el que no se explica nada y no hay conflicto. Esa intención de ser raro, de ‘voy a provocar’, que no tiene nada detrás”.

No obstante, el autor aclara que tampoco le parece la mejor la postura del público. “Estamos acostumbrados a estar sentados, a ver la tele, a ir al teatro. Somos muy espectadores de todo. Tenemos electrodomésticos que nos hacen todo. En el Siglo de Oro el pueblo veía de pie obras que duraban cuatro horas. Comía, gritaba, hablaba. Era un acto más allá del hecho de observar.” En síntesis, el gran tema es “la incomunicación” entre una parte y la otra. En la relación espectacular ideal de Gómez, los creadores cuidarían más lo que ofrecen al público si éste aplaudiera cuando lo siente y no por convención. Y a la inversa.

–¿Por qué cree que su obra fue tan bien recibida en Buenos Aires?

–Me da gracia, porque cuanto más disfrutan de esta obra significa que se aburrieron mucho en el teatro. Esta es la ciudad de los teatros, donde más salas y espectadores hay: tenía un punto a favor.

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“Abogo por un público que se vaya cuando no le guste la función”, insta Gómez.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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