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Domingo, 21 de mayo de 2006

UNA FUNCION DE LA POLEMICA “EL CODIGO DA VINCI” CON UN CURA Y UN ESPECIALISTA EN MASONERIA

La Iglesia, la logia, el mercado de la fe

El cura Boris Turel y el estudioso masón Ricardo Romero vieron a pedido la película de Ron Howard y sacan sus propias conclusiones enfrentadas: entre el optimismo de la masonería resignificada y el espanto de la jerarquía católica, dos miradas sobre el gran boom publicitario de 2006.

 Por Julián Gorodischer

El padre Boris Turel es verborrágico, emocional y le encuentra el lado bueno a todo: por temperamento, no se indigna aunque discrepe con la trama de El Código Da Vinci; adopta el air contemplativo con el que cerraba la transmisión del viejo Canal 11, el tono didáctico/paternalista con el que educó a centenares de camadas católicas de Villa Urquiza que lo recuerdan, alternativamente, entre el temor y el cariño. Ricardo Romero, especialista en masonería, exagera el tono severo que se le atribuiría a un Gran Maestre, afín a la lógica esotérica que la película atribuye a todo Caballero Templario (aquel que reivindica a Cristo como “hombre común” y a María Magdalena como su esposa). El cura y el estudioso de “lo masónico” accedieron, a pedido de Página/12, a comentar en función privada el film más polémico del año: acusado de traslación calcada de la novela de Dan Brown, discursiva, algo estática, con dupla protagónica de Tom Hanks (el investigador Robert Langdon) y Audrey Tautou (la criptógrafa Sophie Neveu) carente del carisma que merecería la novela familiar de Jesucristo. ¿Es ésta una historia antieclesial que liga a los altos mandos de la Iglesia, del Opus Dei, a una conspiración ocultadora del enigma del verdadero Santo Grial? ¿Es acaso el Santo Grial una mujer?

El boom masónico posterior a El Código... se debe –según Ricardo Romero– a que por primera vez se masificaron creencias que son propias de las logias: como en la película, algunas confían a María Magdalena como jefa de la Iglesia; creen que ésta tuvo hijos con Jesús, y que –como deja ver el director Ron Howard– fue una jerarquía eclesiástica en busca de legitimación la que consagró a Cristo como Dios de los católicos. ¿Promueve la masonería? “Hubo una proliferación de libros sobre masones”, sigue Romero. “Los estudiosos y practicantes de la masonería éramos una rara avis y hoy está lleno de textos sobre los templarios, sobre masonería. Pero los miembros de la Orden son reservados en decir quién es quién.” El Código..., película esotérica, atribuye a un linaje francés la continuidad de la “Sangre Real”, homologa la resolución de enigmas teológicos a la confección de crucigramas, pero se distancia de una de acción haciéndolos hablar más de la cuenta: la dupla protagónica huye del poder de las sombras mientras arroja una clase básica de catecismo hipotético que a un laico deja con la boca abierta. Lo que llega es la típica batalla entre el bien y el mal, aquí adaptada al duelo entre buscadores y ocultadores del legado familiar de Cristo.

“Fundamentalmente se aparta de la doctrina cristiana –convence padre Boris–, porque plantea que la estructura de la Iglesia podría caer si se descubre que hay una hija de Jesús con María Magdalena. Pero no hay absolutamente ningún indicio en ningún autor de la antigüedad de que El hubiera tenido descendencia... ni insinuaciones... Cristo entra en otra dimensión.” Hasta allí, acorde a este argumento, miembros de la Iglesia solicitaron la aclaración de que la historia es “pura ficción”; califican a las pistas dejadas por Da Vinci en La última cena y en la Mona Lisa de pura imaginería esotérica; mientras, el director se niega a los reclamos. Pero el Opus Dei, al que se le asigna el encubrimiento de la verdadera historia, con asesinatos incluidos a cargo del monje albino Silas (Paul Bettany), embistió con comunicados y amenaza de presentaciones judiciales. “No se dan cuenta de que pueden herir a personas y blasfeman”, declaró, últimamente, el prelado español Javier Echevarría Rodríguez (y siguen las firmas).

–¿Ven algo de realismo en la figura del villano/asesino Silas, perteneciente al Opus Dei?

Padre Boris: –Todo lo referido al Opus Dei es una macana total: aparecen como los cuidadores del Santo Grial, asesinos a sueldo (encargados de eliminar a los Caballeros Templarios y de ocultar sus secretos). Son referencias muy fuertes que no tienen nada que ver...; hay una reunión en una iglesia londinense que no tiene nada que ver. Qué van a decir... Yo mismo podría ser descendiente del Rey Arturo, porque mi apellido es Turel (de Arturel). La finalidad del Opus es evangelizar a las clases pudientes: casi todos son profesionales, grandes familias organizadas como grupo cerrado. Pero no son herejes.

Ricardo Romero: –El personaje del Opus Dei se autoflagela, se liga al ocultamiento y pretende matar a la descendencia de Cristo. Los que se irritan se hacen oír porque el Opus Dei tiene mucha influencia en la Iglesia, y se opone fuertemente a la película. Yo no pensaría en un enfrentamiento entre Masonería e Iglesia, sino entre extremos tales como el Priorato de Sión (la logia de los Templarios) y el Opus Dei.

Padre Boris, en los antípodas de sus pares que reclaman excomulgaciones y amparos judiciales, confía en la libertad de conciencia. “Que mis fieles hagan lo que quieran; yo he escuchado varios programas que insisten en sandeces... Otros aprovechan el contexto para hablar de cualquier cosa. Nadie pierde lo que no tiene; la persona con una cierta cultura cristiana no duda.” Lo dice él, que evangeliza desde FM Villa Urquiza en sus Diálogos con el padre Boris, que lo hizo antes en la tele, y hasta admite su propio ranking de momentos favoritos en la película que otro cura, Guillermo Marcó, director de prensa del Episcopado, calificó de “pesada, aburrida”.

Padre Boris: –El investigador me pareció interesante. Se me cayó un lagrimón cuando se despide de la chica. Cuando conversan, hay una especie de médula de fe en Jesucristo. Queda claro que sea lo que sea, en el fondo, terminará como una entrega, una confesión de fe a su manera, más allá de que Cristo sea Dios o un ser normal.

Ricardo Romero: –Mis favoritas son las primeras instancias, cuando se ven las intrigas sobre las pinturas de Da Vinci. Quizá le criticaría que gire demasiado sobre los mismos puntos, que sea demasiado extensiva en la resolución de los enigmas.

Si el Vaticano alabó a La pasión de Cristo, de Mel Gibson, por su retrato fiel, hablado en arameo antiguo, del Via Crucis, y rechaza ahora a El Código... por simbolizar el costado más masivo del supermercado de la fe, vinculado con iglesias pentecostales y evangelismos de los menos oficiales que hay en el mercado (con su cruce ecléctico de simbología antigua y contenidos de thriller místico), Padre Boris confirma que no es un hombre de encolumnarse demasiado detrás de sus autoridades. “La pasión de Cristo –contrapone– me pareció demasiado encarnizada, mucha sangre, exageración. Claro que también en El Código... hay un negocio hermoso para el capitalismo: la película apunta a esto. Me hace ruido, porque está dentro del sentimiento. De lo que se habla, en verdad, es de depresión, de tristeza y de pánico. La gente, dentro de sus cosas, necesita agarrarse de algo. Por eso tiene auge el supermercado de la religión, como la iglesia de los brasileños.” Romero, optimista, no interrumpe el tono susurrado ni para formular una exclamación: celebra esta introducción a la masonería como una desmitificación que se adeudaba. El masón (en la piel del templario) abandona el traje de rufián diabólico y se corre al lugar de víctima: el Opus Dei los habría ido exterminando a lo largo de los años. ¿Llegó el marketing de las logias?

R. R.: –La Iglesia purifica la imagen de Jesús, y no tiene noción de futuro histórico. El rol de María Magdalena, en cambio, abre la posibilidad para pensar un neocristianismo; esa amplitud religiosa toma la simbología del judaísmo en situación más ecuménica. Pero la Iglesia trata de generar un Cristo como ruptura con el judaísmo. Si hubiera descendientes de Cristo en la Tierra (en el linaje merovingio) se cuestionaría la doctrina de la Iglesia Católica. Este tipo de versiones da la posibilidad de repensar a Cristo.

Padre Boris, de pronto, activa una veta melancólica, cuando se queja de una “vulgarización de lo religioso”, y despliega su nostalgia de las tardes “con novia en heladería” o “la escuela en alpargatas” como un retorno al despojo que, en todos los casos, es más noble, más puro. ¿Porqué El Código Da Vinci es masiva? “Intrigan y enganchan los rituales cerrados no sólo de la logia –dice Romero–; yo hago Tae kwon do y tenemos rituales sólo para cinturones negros. La masonería recupera gran interés por la búsqueda de conocer, repensar, criticarse todo; la Iglesia es dogmática, no avanza en diversidad sexual, divorcio, eutanasia...”. La recomendación final del padre Boris, en cambio, es una apuesta a que se terminen las enviadas de Dios como la que irrumpió ayer en un cine de Salta al grito de En el nombre del padre.... “Hacer una presentación judicial sería darle más publicidad a la película”, razona padre Boris. “Se puede hablar de muchas cosas, pero no hacer un comunicado. No es antieclesial porque es una novela: sus contradicciones van más allá de la verdad histórica.”

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El padre Boris educó a centenares de camadas católicas de Villa Urquiza.
 
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