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Domingo, 28 de agosto de 2005

LO NUEVO DE LES LUTHIERS

“Empezó como un juego y es objeto de estudio”

Ya son un sello y un estilo, en un género único e inventado por ellos. En Los Premios Mastropiero arremeten contra la TV.

 Por Karina Micheletto

Ocurre con pocos: la sola mención de su nombre exime de mayores presentaciones. Hace 38 años que Les Luthiers se inventó a sí mismo, en un camino único que conjuga música, teatro, hasta un poco de mimo o literatura. Y, por supuesto, humor. Por fuera de los carriles del éxito televisivo, fueron sumando público con el paso de los años: de repente, los fanáticos de la generación de los cinco Luthiers de smoking empezaron a ir a verlos con sus hijos, que los habían conocido por casete, aquí, en España y en Latinoamérica. En Los Premios Mastropiero, su nuevo espectáculo (nuevo en cuanto a contenido y formato, como se comprobará a poco de comenzado), Les Luthiers avanza sobre lugares comunes de las ceremonias de entregas de premios y lanza su mirada ácida sobre la televisión, ese medio que –también como pocos, entre los artistas populares– pueden mirar de afuera.
Lo que en escena aparece como un mecanismo perfecto, aceitado milimétricamente, implica testeos con sketches escondidos en shows anteriores, sucesivas reelaboraciones, recortes y agregados, modificaciones en una pausa, una respiración o una cara que cambian el sentido de todo un gag, estudios sobre grabaciones y filmaciones, intercambios de ideas con gente como Roberto Fontanarrosa, colaborador creativo de sus espectáculos. Un trabajo que continúa una vez estrenado el espectáculo y que, aunque no se puede medir exactamente en tiempo, llevó cerca de cuatro años en Los Premios Mastropiero. Carlos López Puccio, Daniel Rabinovich y Jorge Maronna hablaron con Página/12 sobre su forma de trabajo, el terror frente a los estrenos, la alegría que les produce un nuevo show y el “vahído del tiempo”. Y confirman que, después de tantos años de oficio, todavía no tienen la fórmula de la risa.
–Siempre estrenan sus espectáculos primero en Rosario. ¿Es una cábala?
Daniel Rabinovich: –No, cábalas no tenemos. Rosario es una ciudad muy amable, grande pero no tanto, cerca con el coche, tiene un teatro hermoso donde nos tratan rebien... Y no va la familia, los amigos ni los periodistas. Entonces el miedo del estreno se achica un poquito, aunque no desaparece: vamos allá aterrados y no como si estrenáramos acá, cuando directamente nos enfermamos.
–Resulta extraño escucharlos hablar del terror que les producen los estrenos: después de tantos años, uno supone que hay cosas que fluyen.
Carlos López Puccio: –Es lindo ver cómo parece que el humor de Les Luthiers fluye, como si tuviera cierta espontaneidad que en realidad no tiene. Está todo muy trabajado y hay mucha incertidumbre, podés apostar a un chiste tus dos manos y por ahí no se ríen, por un montón de variables. Lo probás con gente y te das cuenta por qué no se rieron, pero hasta entonces no tenés forma de saberlo. Y eso que ahora tenemos un mecanismo más aceitado de pre-estrenos de los shows, mucho tiempo antes se van probando pequeños fragmentos insertos en los espectáculos viejos, lo cual hace que lleguemos a Rosario con todo precocido. Pero, aun así, las cosas cambian cuando se ponen en orden.
Jorge Maronna: –También está el tema de hacer el espectáculo con fluidez y de memoria, que es el susto de cualquier actor o ejecutante, acordarse de todo, hacerlo bien.
C.L.P.: –Un actor de teatro también tiene ese sufrimiento, pero un tipo que hace Hamlet ensaya sin el público y con el público y para él es igual, el timing es el mismo. Lo que hacemos nosotros, ensayado con la sala vacía, da una sensación generalmente... depresiva, de “qué espanto que estoy haciendo”. Y después lo hacés con el público y hay risas, aplausos, el timing cambia totalmente.
–Pero ustedes pasaron por esa experiencia muchas veces. ¿No confían, entonces, en el oficio?
J.M.: –Con el humor no se puede saber de antemano. Nos llevamos unas sorpresas terribles. Hay obras enteras que se ensayan, se prueban y fracasan.
C.L.P.: –Y cada cambio significa reescribir, reensayar y rememorizar, y después meter lo nuevo en medio de la función. Todo esto lleva cerca de un mes, y mucha energía.
–¿Siguen incorporando cambios después del estreno?
C.L.P.: –Claro. De hecho, mañana tenemos un ensayo para cambiar cosas. Este show va a ser cada vez mejor.
D.R.: –Es un laburo muy exigente meter en la memoria una cosa para estrenar, cambiarla los primeros días, después volver a cambiar. Hay distintas memorias para el actor: la del teatro, la de la ingeniería del lenguaje, la de la rima...
J.M.: –Cuando va una piecita nueva dentro de un espectáculo viejo y muy sabido, todo se nos descompagina, hay una cosa cerebral que te desprograma todo el resto. Y también nos morimos de susto, nos equivocamos en todo lo demás.
D.R.: –Al que lo va a protagonizar generalmente le empieza a flaquear la voz antes. Y todos sabemos que está así (junta los dedos). Es más, nos hacemos gestos (risas cómplices).
Maronna: –Es Daniel el que hace eso.
–¿Qué sienten frente a la aparición del libro de Sebastián Masana, hijo de Gerardo, fundador de Les Luthiers, que repasa la historia del grupo?
D.R.: –Es conmovedor, y una buenísima cosa para Sebastián. El Flaco, por más que le hagamos un monumento o publiquemos cuatro libros, está enterrado hace treinta años, pobrecito, se perdió todo este viaje, inventó la cosa y se la perdió. Pero el hijo, que era un nene cuando murió su papá, rearmó la historia. Y eso es muy valioso para él.
J.M.: –Fue raro comprobar que somos más historia de lo que suponemos, que ese juego de amigos y compañeros que en aquel momento no apuntaba más que a una diversión, de golpe se convirtió en algo digno de estudio y de publicación.
D.R.: –En el ’67 yo tenía 23 años, Jorge 19... Es impresionante mirar para atrás, y el libro nos hizo mirar para atrás. Me da el vahído del paso del tiempo.
–¿Y mirando para adelante?
D.R.: –Otro vahído nos da.
C.L.P.: –Un abismo insondable.
D.R.: –Este estreno, con todo nuevo, en material y en forma, fue una inyección de optimismo. A mí me quitó años de encima, me dan ganas de seguir. Quiero que llegue enero para sacar otro espectáculo.
J.M.: –¿Por qué va a esperar hasta enero, vago? Usted siempre perezoso.
D.R.: –Pará, tengo que arreglar éste. Es raro, porque no hay otros proyectos. Está tan buena nuestra casa, ¿qué más podemos hacer? Películas no, televisión no, trabajar en el circo, no. Entonces, ¿qué? Otro espectáculo.
–¿Cuándo se dieron cuenta de que eran populares?
D.R.: –Supongo que con las cifras de los teatros llenos, las colas en Valencia, Sevilla, Cádiz, las temporadas que se venden en cuatro horas, las diez mil entradas por semana que vendemos acá, las veinte o treinta mil en otros lugares... Es mucha gente viéndonos. O algo único, que vengan familias enteras, gente que trae a sus hijos y a sus padres. Es bárbaro. Y eso se suma a que el grupo es del año ’67: A mí me veía mi papá y sus amigos, que eran de la generación del 10. Ahora me ve mi nieta, que es la generación del 2000. Son 90 años de gente que nos sigue viendo.
–Dicho así suena a carga, a responsabilidad grande.
D.R.: –Y sí, uno empieza a sentir que está en el monolito.
C.L.P.: –Qué incómodo, ¿no? ¿Sentado, encima?
J.M.: –¡Qué frío!

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“La televisión es ridícula per se, así que con sólo decir televisión nuestro público ya se ríe.”
 
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