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Viernes, 4 de agosto de 2006

LUIS PESCETTI, LAS CANCIONES DE “QUE PUBLICO DE PORQUERIA” Y LAS RELACIONES ENTRE CHICOS Y ADULTOS

“Todos estamos cansados de los roles”

El juego que el artista propone en el Ateneo genera fanatismo en un público que acepta de buen grado la irreverencia. “Aplico con los espectadores una relación de confianza, y eso es fuerte”, define.

 Por Silvina Friera

No es mérito de juglares ni de bufones portarse bien. Quizá por eso cada vez que sube a un escenario con su guitarra se porta tan mal que rompe todo –menos su preciado instrumento– y reemplaza la seriedad almidonada del mensaje pedagógico light por las carcajadas de altas calorías. Qué público de porquería es el título del nuevo disco y del show que Luis Pescetti está presentando en el ND/Ateneo (Paraguay 918). Pero también es la frase-látigo que lanza sin anestesia cuando el público desafina o no comprende el juego propuesto. Cuando otros artistas apelan a la falsa demagogia de las frases hechas como “la gente linda”, “la menuda platea” o “los niños maravillosos”, el músico y escritor se burla de las equivocaciones. Y sus “víctimas”, fans que hace tiempo han entrado en la categoría de empedernidos, aplauden los chistes como si el señor de la guitarra hubiera hecho un gol de media cancha y ellos fueran los arqueros. Pero ni los espectadores son masoquistas ni Pescetti es la irreverencia caminando en medio de un pantanoso panorama de figuras erráticas (y mediáticas) que pululan en los espectáculos infantiles. “Si yo buscara asustar a mi papá y a mi mamá, diría que soy irreverente”, bromea. “Como hago muchísimos shows, se va estableciendo una relación de mucha confianza con los adultos y con los chicos. Es como cuando le decís a un amigo ‘no ves que sos un salame’. No los estoy insultando; al contrario, es una manera inversa y cómplice de expresar afecto.”

Aunque Pescetti –sin duda, el showman del momento en los espectáculos para chicos– rompe todos los moldes, es consciente de que el atributo de la irreverencia, que aparece asociado a su literatura y a sus espectáculos, es un lugar común. “¿En dónde está quizá lo loco de este juego de decirle a la gente qué publico de porquería?”, se pregunta el músico en la entrevista con Página/12. “En vez de aplicar esa relación de confianza con un amigo, cara a cara, lo hago con los espectadores. Y eso es fuerte, pero es parte de mi planteo de establecer complicidad aun en una relación tan numerosa como la que implica el público. Pero nunca lo hago desde el lugar de la irreverencia porque cualquiera, hasta el más pavo, puede asustar y parecer irreverente.” No debería sorprender tanto escuchar las canciones de Pescetti y, si eso es lo que genera en alguien que recién se sumerge en el universo que propone este artista, quizá sea porque aún abunda mucha pacatería en lo que se escribe y compone para los chicos. El llama a las cosas por su nombre y los pedos son pedos (en Accidente: “Y, de repente, muy traicionero se escapa un pedo/ No hablo de un pequeño alboroto, hablo de un ruido como un terremoto”) y los mocos son mocos (“Si tú quieres ser feliz/ mete un dedo a la nariz./ Si quieres ser otro poco/ mete el otro y saca un moco”).

–En esta relación de confianza con el público, ¿con quién es más cómplice, con el chico o con el adulto?

–Con el que sea la víctima de esa circunstancia. En todas las relaciones hay momentos en donde uno tiene más la manija que el otro. A veces los papás no ponen límites o ponen muchos y dicen tantas cosas, como “portate bien”, “no toques eso”, “quedate quieto”, “no hables”, “sentate ahí”, que al que rescatás es al pibe. Pero cuando los tiranos son los chicos, me inclino hacia el papá o la mamá que está padeciendo. En muchos shows veo que hay padres que están vigilando a los chicos y les digo: “Paren de mirar a sus hijos”. Los padres siempre tienen esa tendencia a hacer un test psicomotriz y de socialización del hijo: quieren saber si está madurando, si está participando como los otros, y se repersiguen. No hagan eso porque es como ir a un show con un plato volador en la cabeza (risas). Nadie interpreta el rol del opresor, pero sin querer esa conducta de los padres les está pesando a sus hijos. No es que hay un imperialismo internacional de la paternidad o de la infancia (risas). A mí lo que me interesa del humor es rescatar lo humano; entonces cuando hay una situación o un rol que hace padecer o sufrir, hago un chiste que devuelva cierta dimensión humana al asunto.

–Aunque su complicidad es cambiante, parecería que los chicos se enganchan especialmente con usted porque ridiculiza mucho el comportamiento de los adultos.

–Pero también ridiculizo a los chicos. Mamá, no quiero que vayas al trabajo es un monólogo sobre la manipulación emocional de los chicos sobre los padres, pero es cierto que quizá la balanza se incline más hacia el adulto. Al menos mi intención no es que me vean como “el aliado de los chicos”.

–Pero en el imaginario de los pibes representa ese rol...

–Puede ser, aunque en mis shows los adultos se distienden un montón, la pasan bomba y si fuera un tiratomates, los padres en un momento me dirían “Andá a freír churros”. En el teatro tuvimos que poner a alguien de seguridad y quitar las escaleras porque los chicos se terminan arrimando al escenario. En un momento paré el show y dije: “Cuando se acercan los chicos, el de seguridad les pega a los papás” (risas). Era una manera de decir: “Oigan, cuiden a los chicos y no se desentiendan”. Todos estamos cansados de los roles: los chicos están cansados de ser chicos, los padres de ser padres; entonces hago bromas acerca de esto para echar un poco de humor sobre momentos que se suelen vivir más dramáticamente. Pero con otras cosas no se pueden hacer bromas.

–¿Con cuáles?

–No hay una receta. Pero la perversión es una palabra que no permito jamás que se asocie a lo que hago, lo mismo que la crueldad y la violencia.

–¿Y las malas palabras?

–Sí, ahora estoy preparando un pequeño monólogo con malas palabras.

–Es el efecto post Fontanarrosa...

–Lo del Negro estuvo tan bueno... Si vos te lastimás un dedo con un martillo, no podés decir “Ay, me lastimé mucho”, decís “Ay, la puta que lo parió”. Pero el problema de los chicos es que ponen las malas palabras en cualquier lado, no saben cuándo hay que usarlas, y entonces las arruinan. Sé que no es usual en un espectáculo infantil un monólogo con malas palabras, pero no pasa nada.

–Sin embargo en un colegio estatal en Palermo, hay un maestro que suele dar sus cuentos y canciones, entre ellos “Juancito tirapedos”. Y una madre se fue a quejar al director de la escuela, indignada por la palabra pedo...

–¡Qué cosa, no me imaginaba que podía causar problemas laborales! (Risas.) Creo que es gente que tiene miedo de ser tomada como un cualquiera. Las malas palabras se suelen usar en relaciones de confianza, pero en otro tipo de situaciones se las interpreta como un insulto. A mí me interesa trabajar con los chicos todos los contenidos que les permitan expresarse con la mayor libertad posible. El desenfado forma parte de este juego. Los chicos necesitan reconocer muchas experiencias de la vida que puedan ser contadas para no crear dobles mundos, como en los estados autoritarios en donde hay un mundo del que se puede hablar públicamente y otro que sabés que es real, pero del que no se puede decir nada. Para mí lo importante es darles muchas herramientas de expresividad y de credibilidad, que puedan contar y nombrar sus experiencias. Parte de ese trabajo se hace sacando la pacatería que hay en el trato y en la relación con los chicos. Hay una larguísima tradición que sostiene que sólo se les debe hablar de mundos ideales en un lenguaje ideal. El problema de esto es que ellos no encuentran las herramientas para nombrar las cosas que no son ideales y que les pasan.

–¿Qué es lo que más desconcierta a los chicos de los adultos?

–Sin duda la incongruencia. Uno de los mitos sobre la infancia afirma que los chicos son caprichosos. Lo que no toleran es esperar, la frustración, la postergación de lo que tienen ganas, pero eso no es ser caprichoso. Los chicos quieren que el mundo sea ordenado para poder entenderlo, aprenderlo y manejarse en él, y cuando hay reglas que no se cumplen, se angustian. Necesitan que el mundo sea comprensible, que tenga regularidades, que se repita, por eso no toleran ni comprenden las incongruencias del adulto.

* Pescetti se presenta hoy y mañana a las 17, el domingo 6 a las 15 y 17 y el domingo 13 a las 17. Entrada: desde 10 pesos.

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“Hay una tradición que dice que a los chicos se les debe hablar de mundos ideales en un lenguaje ideal.”
 
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