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Domingo, 24 de junio de 2007

ENTREVISTA A SUSU PECORARO, LA ENFERMERA MENOS PENSADA

“Ahora las mujeres no nos conformamos con acompañar”

La actriz recorre el imaginario en torno de la enfermera que encarna en la novela Mujeres de nadie, explica su modo de encarar el tema de la violencia familiar y recuerda el momento en que pudo haberse convertido en una estrella de Hollywood y decidió volver a la Argentina.

 Por Julián Gorodischer

La silenciadora del cuadrito, del dedo en la boca y extraña serenidad para dar la orden de que se callen, puede resultar una musa inspiradora. Sacada del coro, del ámbito meramente decorativo en toda narración hospitalaria, la enfermera se encarna –entre otras– en Susú Pecoraro (ex Camila, ex Roma, proclive a protagónicos absolutos en el cine) y por un rato concentra la conversación. Asociada a la vacuna y a la inyección de vitaminas para hacerla engordar en la infancia, escindida entre esa paranoia tan frecuente en situaciones de alta vulnerabilidad que le atribuye la condición de ogro y el chupamedismo que le agradece como a una benefactora el trato al internado, la enfermera fue una mosquita muerta o una negada, presencia levemente más jerarquizada que la mucama, con la excepción de las foráneas de ER que cada tanto son agraciadas con un romance con el médico (de los que también se reparten en la trama de la novela de las tardes de Canal 13, excusa a esta charla). Pero ni destacadas en la línea oscura de la serie Doctor House, tampoco revisitadas por la clínica de cirugía estética de la comedia Nip Tuck: invisibilizada, ¿pero por omisión o con intención?

Ahora vuelve en esta ficción llamada Mujeres de nadie (de lunes a viernes a las 14.30) una enfermera reivindicada, pero no en una trama que se destaque por su capacidad de transgredir el marco clásico del melodrama (como estipula la moda post Montecristo), asociada como en ER al romance con el médico noble y servicial (Susú Pecoraro) a la jefa maltratadora (María Leal) o la debutante maltratada (Agustina Cherri), o la sufriente sin límites (Claribel Medina). La curiosidad es que llega en la piel de varias actrices que estallaron a la masividad en los años ’80 (Pecoraro, Leal, Ana María Picchio), y que sufren esa merma mundial de personajes femeninos fuertes en el cine y en la TV; tal vez compartan algunos rasgos de estilo o miradas sobre el mundo: sobre eso, ya se le preguntará.... “A mí nunca me gustaron los programas de médicos –dice Susú Pecoraro–. Me hacían sufrir. Nunca me gustó la estética de la cama; luego se hizo moda y no me enganché. Ni ER, aunque sí un poquito Doctor House, porque me parece extraño, y me engancha la actuación. Podría haber tenido el prejuicio de hacer lo mismo que está de moda, pero leí los libros y vi que había algo para actuar. Se trabaja mucho con la improvisación, con lo que sucede en el momento. Eso te obliga a estar vivo.”

Ella recuerda: la señora de voz ronca que llegaba a su casa, la flaquita de piernas finas que era en la infancia y que la remonta a una época de madres engordadoras. “Las que querés que te toquen, las hostiles pero buenas, y las que más me preocupan: las de la desidia que te dicen que está todo bien, las del buen trato al pedo, las inoperantes, las irresponsables que dan pánico. Cuando te quedás toda la noche te das cuenta enseguida cuál es la atenta y la que no.” La que alimenta a su personaje de Ana es “una mina solidaria –dice–, la que pone el hombro en el hospital público. Se ocupan más del otro que de sí mismas. Y eso es lo que yo tomé. Yo podría haberme quedado con un perfil marcadito, caracterizado por el miedo; y decidí hacerla más normal, llevada a mi forma de ser, porque cuanto más la acercara más se iba a identificar la gente con el maltrato cotidiano”. En ese punto se hace presente la arista menos frecuente de su heroína de telenovela, aquí una mujer agredida por el marido (Alejandro Awada) que instala en las pantallas de las dos de la tarde la conflictividad de la violencia familiar. “Siempre hablamos de esos temas como si les sucedieran a otros. La encaré de otra manera, y eso tiene que ver con que no es la otra la golpeada; una también se está aguantando. Vamos a lo finito, al momento chiquito de violencia en que una es sorprendida por el movimiento del otro. Me quedo con la violencia que me produce que se caiga un vaso; me entrego al dolor en vez de a la discusión cantada.”

Nena, disculpame, ojo que soy discreta, eh, si te molesto decime... pero sos tan linda. Nadie habla de la mujer como lo hacés vos, y lo que te pasa nos pasa a todas mis compañeras y a mí. El tuyo es igual a mi marido..., yo me quedo con todo “acá”.... Se lo dice la petisa, con la familiaridad de la que convive todos los días durante una hora, la que se asombra de que a la misma hora en que dan la novela, la Susú esté tomando algo lo más pancha, hecho que podría ser tomado como una deslealtad... Pero la petisa se ríe, a carcajadas, no tan ingenua como se esperaba. Ahora, la fanática separa los tantos; la fusión entre la actriz y la chica de la novela era una estrategia perfecta para el acercamiento. Todavía no aprendió a revestirse de una membrana impermeable; se queda pegada. Y si alguna tiene un problema con el auto –al menos eso dice– se baja y empieza a hacer cosas, sin parar, acelerada, como si hubiera heredado de su padre esa manía de resolver problemas. Y si el percance es por un tema de salud se comporta como si supiera, opina e interviene con vocación de enfermera. “Como si yo tuviera una enfermera adentro –sigue–. Las mujeres me dicen todo el tiempo que es igual a mi marido. Ana lo cuida como una enfermera: lo levanta, lo agarra. Yo me digo a mí misma: sos enfermera de alma. Una que va y hace todo.”

–¿Cree que hace algún aporte contra la violencia familiar?

–En todos los personajes siento que puedo transmitir algo que va a ayudar a alguien, aun en la porquería más grande que he hecho en televisión; todo es aprendizaje. Si alguien vibra con la historia, algo va a entender. Aunque sea uno. Cuando le digo a mi marido estoy tan cansada, estoy eligiendo decir un bueno, vamos con resignación. El es como un niño. Estoy todo el tiempo eligiendo dar amor cuando recibo violencia. Elijo acercarlo al maltrato que sufrimos todas. Yo actúo esa capacidad de soportar que tienen las mujeres. Va y abre la herida, lo cuida.

Ella me hizo llorar... Yo de su lado no me muevo. Te dije que yo me quedo en esta mesa con Camila... Así se peleaba con su marido la esposa de Miles Davis, en una mesita cualquiera de Rodeo Drive, en Los Angeles. Era 1985, la película Camila competía para el Oscar al Mejor Film Extranjero, y vivía su época de gracia, ese momento en que se acercaban a saludarla “desde Kirk Douglas a la Mujer Maravilla” y le pedían trabajar con ella y con la directora, María Luisa Bemberg en el futuro próximo, y la mujer de Davis seguía sin despegársele, al punto de ser arrastradas, las dos, por el indignado marido. Si la hubieras visto..., insistió la mulata, y apaciguó la crispación del tipo.

Susú Pecoraro saltaba a la proyección internacional, condición que la une solamente a dos actrices argentinas (Norma Aleandro y Cecilia Roth), pero eligió volver a tiempo, a seguir formando parte de una generación que renacía a los contenidos testimoniales y los dramas intensos apenas terminada la dictadura. Azarosamente, algunas de esas mujeres (María Leal, Ana María Picchio, la propia Pecoraro) comparten cartel en la novela, aunque no considere que haya rasgos en común en la manera en la que encaran la actuación. Las protagonistas de los ‘80, algunas replegadas al teatro, otras vencidas por la tiranía de los elencos sub 25, desplazadas al elenco secundario o –como Susú Pecoraro– viviendo su vida tranquilamente y tomando decisiones menos estratégicas que regidas por el impulso de un momento dado.

–Somos todas muy diferentes, y yo creo que nadie se parece a nadie. He compartido una etapa muy linda en Compromismo, con Darín, Picchio, Campoy, Manso. Hacíamos unitarios diferentes de autores muy grosos. Estaba empezando la democracia y empezábamos a denunciar. Cada libro era un bombazo, todo el mundo estaba aterrado, y era muy fuerte. La parte actoral se transformaba en un juego.

Ni melancólica de la gloria internacional, ni especialmente centrada en los muertos y los ausentes, ni notoriamente aguerrida para reclamar “una Nora de Casa de muñecas, de Ibsen, o una Madame Bovary, de Gustave Flaubert, que hacen tanta falta a la ficción, carente de mujeres con densidad y matices”. Pero sí es descriptiva de un panorama de situación que exilió a las mujeres de más de 40 y a los directores que descollaron en los ’80 y ’90. “Antes –dice– la mujer reinaba como la que acompañaba, como en el tango; era la divina, pero ahora no nos conformamos con eso. Lo estamos pidiendo, y ahí te das cuenta del milagro de que un tipo como Ibsen escribiera una Nora. No hay personajes tan fuertes. Todo es como una copia; la acción se centra alrededor del hombre.”

–A la mujer se la repliega a la maternidad –sigue Pecoraro, pero serenada, resignada a aceptar lo que hay–, a estar caliente con un tipo, como si no hubiera otros temas. La Bemberg hace falta porque murió, pero tampoco están filmando Luis Puenzo, Adolfo Aristarain, Pino Solanas, toda esa camada de directores. Cualquier película de ellos era una inspiración. No deben encontrar qué contar que ingrese en este mercado. Aristarain no va a filmar por encargo. Es difícil contar hoy en día la historia que él quiere contar. Roma –que él dirigió y ella protagonizó– anduvo bien, pero no lo suficiente. Enseguida llegó Brad Pitt, se llevó las salas, y ardió Troya. ¡Yo los extraño a todos!

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Susú Pecoraro, ex Camila, ex Roma, está marcada por personajes fuertes.
Imagen: Bernardino Avila
 
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