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Domingo, 2 de marzo de 2008

EL MANUSCRITO VOYNICH, INDESCIFRABLE POR SIGLOS

A medida de “El Código Da Vinci”

Una investigación de Gerry Kennedy y Rob Churchill, editada por Melusina, se ocupa de un texto que motivó hipótesis insólitas sobre su autoría, como la de ser obra de un demente.

 Por Facundo García

La biblioteca Beinecke de manuscritos y libros raros está llena de claroscuros. Sucede que los documentos antiguos requieren poca humedad, iluminación controlada y temperaturas estables para no degradarse. Por lo demás, a veces los cuidados van más allá de lo común. Bien lo saben los que preguntan por el volumen archivado bajo la sigla MS408: su consulta requiere la presencia de un vigilante que impide el mínimo contacto físico con las hojas. La reseña menciona a Europa Central como origen probable y agrega a los siglos XV o XVI como fecha de escritura. Pero lo más cautivante viene renglón abajo, cuando el catálogo señala que se trata de un “texto científico o mágico en lengua desconocida, cifrado, aparentemente basado en caracteres minúsculos romanos”.

Quien se encuentra con semejante referencia ya no vuelve atrás, por lo que no es de extrañar que la llegada a la Argentina de El Manuscrito Voynich. Un enigma sin resolver, de Gerry Kennedy y Rob Churchill (Melusina), venga a sumarse a un creciente grupo de investigaciones científicas, ficciones y supercherías que ya amenazan con convertirse en moda. A lo largo de su historia conocida, el misterio atormentó la mente de matemáticos, biólogos, arqueólogos y sobre todo especialistas en criptografía, el atrapante arte de generar y descifrar textos secretos. Ninguno ha podido traducir el manuscrito de forma convincente, y eso lo convierte en una estrella para los bibliófilos.

El Código Voynich

Ya a principios del siglo pasado, Wilfrid Voynich, el anticuario de origen polaco a quien el ejemplar debe su nombre, dijo haber sentido un vértigo interior cuando por casualidad se topó con esos dibujos rodeados de letritas que se anudan con complejidad casi diabólica. Desde entonces, más de un investigador y cientos de aficionados se han quemado los sesos para ver qué hay detrás de esos símbolos. A tal punto llega el fanatismo que en 1994 Robert Babcock, jefe de investigaciones de la Biblioteca Beinecke, le pidió al matemático y doctor en estadística Jim Reeds que resolviera el asunto de una vez para que “Yale dejara de ser importunada por visitantes bobos”. La solución pareció llegar una década más tarde, cuando otro matemático, Gordon Rugg, difundió un trabajo que puede cerrar los interrogantes. Rugg consideró las idas y vueltas que dio el códice e intentó rastrear un lugar y una época que le ofrecieran nuevas pistas.

En ese sentido el trabajo de Kennedy –pariente de Voynich– y Churchill –escritor y guionista de la BBC– ofrece una guía algo rocambolesca pero bien documentada del itinerario. La versión más o menos reconocida dice que en 1912 Voynich visitó el convento de Villa Mondragone (Italia), donde según sus propias palabras halló “un libro completamente en clave” que a la postre terminaría llevando su apellido. Si Voynich dijo la verdad, no es extraño que le haya fascinado lo que encontró: cuarenta mil palabras cifradas, sin una sola corrección, e intercaladas con cientos de acuarelas que hacen equilibrio entre la inocencia y lo pesadillesco. De las más de doscientas páginas, hay ocho que han sido arrancadas o descosidas. El resto compone una especie de manual que los estudiosos dividieron en las secciones “herborística”, “astronómica”, “biológica” y “farmacéutica”, complementadas por lo que aparenta ser un recetario. Si todo esto no hubiera alcanzado para llamar la atención, Voynich agregó que había descubierto junto a las tapas una carta en latín fechada en 1666. En la misiva, un monje le pide a otro que colabore en el desciframiento y asegura que el autor del texto secreto es Roger Bacon (1220-1292).

La mención de Bacon, célebre precursor del método científico –ídolo de Fray Guillermo en la novela El nombre de la rosa, bastante más reciente–, sumaba puntos en caso de una futura subasta. De vuelta en su librería de Londres, Voynich empezó a elucubrar la forma de sacarle buena plata al hallazgo; pero para eso necesitaba que alguien afirmara haber logrado descifrar el embrollo. Recogió el guante William Newbold, un profesor de filosofía de Pensilvania que se había dedicado a la criptografía. Lingüistas, matemáticos y autoridades militares se encargarían de desacreditar su teoría, que suponía no sólo a Bacon como autor, sino también como tempranísimo inventor de un microscopio y un telescopio que le habrían posibilitado hacer esquemas de células y mapas estelares. El papelón Newbold fue el primero de una larga serie.

Búsqueda frenética

Una caterva de especialistas se dedicó a intentar otros caminos para salir del vacío interpretativo. El participante más prometedor tal vez haya sido el ruso-norteamericano William Frederick Friedman, el hombre de la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense que durante la Segunda Guerra Mundial ayudó a descifrar el Código Púrpura usado por el ejército japonés. A su fracaso le siguieron decenas de celebridades, con teorías que consideran al libro desde una falsificación hasta un producto de inteligencias no humanas. Nadie, sin embargo, pudo ofrecer una explicación que conformara a todos. A lo insólito de las plantas y constelaciones inexistentes se suman miniaturas que representan a decenas de mujeres desnudas y sumergidas en un líquido verde que circula a través de cañerías. Con ese panorama, la sospecha de que se está frente a un fraude o ante la creación de un demente ha ido creciendo.

Ultimamente el rumor es todavía más fuerte, dado que el nivel de sofisticación alcanzado hace improbable que cualquier código medieval se resista a las potentes máquinas utilizadas para desencriptar mensajes. Los voynicheanos se defienden diciendo que antes de la informática no había impostores capaces de sostener la complejidad del enigmático idioma a lo largo de miles de oraciones, aun si éste fuera solamente una farsa. Como contrapartida, Gordon Rugg, un ingeniero informático de la Universidad de Keele (Reino Unido), publicó en 2004 un trabajo en la revista Nature en el que afirma haber creado un texto similar al de Voynich usando la grilla, un sistema para generar textos que ya estaba disponible en el siglo XVI. Rougg asegura que el código podría no tener otro sentido que el engaño, y que pronto brindará mayores evidencias en esa dirección.

La esperanza de que el manuscrito sea un mensaje en código permanece, abonada por la industria editorial y por la falta de refutaciones concluyentes. Otra posibilidad es que las parrafadas interminables no hayan sido escritas en un cifrado oculto, sino en cierta lengua desaparecida o en el delirante alfabeto de un escriba loco. La tercera corriente habla de un truco sofisticado, que pudo haberse perpetrado hacia el final del Medioevo por iniciativa del chanta Kelley o bien hace noventa y seis años, cuando el propio Voynich dijo haber encontrado algo que, según él, podía representar una revolución en varios campos del conocimiento humano. Lo cierto es que después de algunas operaciones comerciales bastante grises el manuscrito se donó a Yale. La fuerza expresiva de las hojas que descansan en la silenciosa biblioteca Beine-cke se mantiene intacta.

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El códice tiene ilustraciones que parecen relacionarse con la astronomía.
 
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