espectaculos

Lunes, 4 de mayo de 2015

FERIA DEL LIBRO › ENTREVISTA A JAVIER CERCAS, QUE PRESENTO EL IMPOSTOR, SU NUEVA NOVELA

“Todos necesitamos imaginar otras vidas”

El escritor español trabajó sobre la historia de Enric Marco, el catalán que durante décadas engañó a los españoles interpretando el papel de víctima del nazismo. “Fue el Maradona de la impostura”, lo define el autor de Soldados de Salamina.

 Por Silvina Friera

El bachiller Sansón Carrasco del siglo XXI es el escritor Javier Cercas. ¿A quién salva el autor de El impostor (Literatura Random House), novela que presentó en la Feria del Libro? A diferencia de Miguel de Cervantes, que enfrenta a su entrañable criatura de ficción con la verdad, el narrador español redime a una compleja persona de carne y hueso, probablemente el mejor embustero de la historia de la humanidad: Enric Marco, un nonagenario barcelonés que durante más de tres décadas interpretó el papel de deportado en la Alemania de Hitler que sobrevivió a los campos nazis –llegó a presidir la Amical de Mauthausen, la asociación española de los supervivientes–, resistente y luchador antifranquista que pronunciaba centenares de conferencias y había hablado en el Parlamento español en nombre de todos sus supuestos compañeros de desdichas. Redimir o salvar, confrontar al hombre con cada una de sus mentiras no implica rehabilitar a Marco. Es, en cambio, un complejo ejercicio de comprensión en el que el autor de Soldados de Salamina intenta apartarse de la condena inmediata. “Tenía miedo de escribir este libro porque era un libro imposible. No sabía si sería capaz de desentrañar la maraña de verdades y mentiras de este personaje. (Claudio) Magris y (Mario) Vargas Llosa, sin haberse leído, coinciden: nunca sabremos la verdad de un mentiroso de este tamaño”, cuenta Cercas a Página/12.

–¿Cómo fue escribir un libro “casi” imposible?

–Con el tiempo he descubierto que los libros casi imposibles son los únicos que merecen la pena escribir. Tengo la certeza de que un escritor es como un espeleólogo cuyo trabajo consiste en explorar el subsuelo terrestre: encuentra una cueva oscura, escoge su linterna y su instrumental y se mete para cartografiar ese territorio. El trabajo del escritor es parecido sólo que hace la cartografía de lo que somos los seres humanos: de lo más noble hasta lo más abyecto. Cuando hay una cueva con un interrogante que lo interpela, el escritor coge su linterna, sus utensilios, el lenguaje, sus miedos y se mete ahí adentro a ver qué es lo hay. Marco es una hipérbole monstruosa de lo que somos lo seres humanos. Yo he dicho que todos somos Marco y muchos me lo han reprochado: “yo soy una persona honrada, no engaño a nadie”. Además, así diluyes la responsabilidad de Marco. Hay muchas explicaciones, pero una importante y elemental es que lo hizo para que le aceptasen, para que le quisiesen, para que le admirasen. Sólo que él lo hizo violando todas las normas, mintiendo a todo el mundo. Me gusta mucho un verso de Horacio que dice: “de te fabula narratur”, la historia habla de ti. En el libro, soy un personaje tan importante como Marco porque yo soy el primer impostor.

–Magris plantea que Enric Marco es un mentiroso que dice la verdad, que miente en favor de la verdad de las víctimas del genocidio nazi y del franquismo. ¿Por qué rechaza este argumento?

–Magris dice que Marco mintió, pero su mentira estaba justificaba porque gracias a esa mentira él difundió una verdad que necesitaba ser difundida, la verdad del Holocausto, la verdad de la Guerra Civil y del franquismo entre los jóvenes; por lo tanto es una mentira venial. Este argumento es insostenible por muchas razones, pero sobre todo por una y es una razón vital. Lo que Marco contaba era una versión edulcorada, digerible, amable, sentimental, heroica, melodramática y tranquilizadora de esos episodios atroces. Una versión en la cual había unos malos muy malos y unos buenos muy buenos que éramos nosotros, pero no teníamos nada que ver con ellos; una versión sin esas zonas grises de las que habla Primo Levi. Una versión sin las ironías atroces, sin las contradicciones irresolubles, sin todas esas cosas espantosas que tiene la verdad. Es decir, una versión kitsch, una versión falsificada. En cambio, las verdaderas víctimas no hablan o hablan muy poquito y no son ni brillantes ni nada parecido. No hay justificación alguna.

–¿No está de acuerdo con esa mirada de Magris que viene de filósofos como Platón y Voltaire sobre “las nobles mentiras”?

–No es una noble mentira. “Me duele la cabeza, no hagamos la entrevista”, es una mentira aceptable. No tiene razón Magris, no es una noble mentira la de Marco. Y no lo hizo por altruismo. Lo hizo porque él quería ser Don Quijote. Una de las paradojas más extraordinarias es que este hombre se inventa una vida romántica, sentimental, heroica, épica, para que le quieran y para ser el foco de atención. Pero su verdadera historia es muchísimo más interesante que la que se inventó. Sólo que es una historia pedestre, mediocre, triste. Esto es algo que no sabía cuándo empecé a escribir el libro; aceptó el franquismo, no fue un resistente, no fue a la guerra, hizo lo que pudo. Si hubiera contado eso hubiera sido maravilloso, sería de gran utilidad para los chicos. Pero lo que contó era mermelada que ocultaba la verdad.

–Por momentos el narrador de El impostor parece empatizar con Marco, o sea parece estar cerca del planteo de Magris. ¿Por qué esa obsesión del narrador por querer salvar al personaje?

–Eso tiene que ver con algo fundamental del libro, un leit motiv que se repite: “La realidad mata, la ficción salva”. T. S. Eliot dice: “Human kind cannot bear very much reality”, la especie humana no puede soportar demasiada realidad. Necesitamos imaginar otras vidas, que somos de otras maneras. El referente fundamental de El impostor es el Quijote. A Alonso Quijano lo salva la ficción, la realidad le mata. Alonso Quijano es un señor que hasta los 50 años vive encerrado en un pueblo de La Mancha sin hacer nada, llevando una vida triste, miserable. A los 50 años se inventa un personaje para llevar una vida de héroe y rescatar doncellas indefensas. Marco es igual. Hasta los 50 años lleva una vida triste, miserable, pobre. A los 50 años se inventa un personaje heroico, un tipo que ha sido un héroe en la guerra, víctima de los nazis, resistente al franquismo. Inventa un personaje nuevo que se llama Enric Marco, cambia de ciudad, de casa, de mujer. Se hace secretario general de la CNT, sindicato anarquista durante la guerra. ¿Qué ocurre al final del Quijote? El bachiller Sansón Carrasco derrota a Don Quijote y lo manda a casa. Cervantes lo reconcilia con la realidad, le devuelve la verdad. Le permite morir como un hombre bueno. Yo quiero ser el Sansón Carrasco de Marco. Le devuelvo la realidad a Marco, le enfrento a la verdad y de ese modo intento que se reconcilie con la realidad, despojando las mentiras que había construido durante tanto tiempo. ¿Por qué salvar a un hombre? No sé por qué... Si el narrador no puede salvar a un hombre, a la mierda la literatura... Si la literatura es un entretenimiento, un adorno, ¿para qué coño queremos la literatura?

–Pero la diferencia fundamental es que Alonso Quijano es producto de la imaginación del Cervantes, mientras que Marco es una persona de carne y hueso y no fruto de su invención.

–Sí, eso vuelve a este personaje fascinante porque es un Alonso Quijano ambulante. Mi hijo en cuanto lo conoció señaló una diferencia extraordinaria. Marco es mucho mejor que Don Quijote porque Don Quijote no engañaba a nadie. Todo el mundo sabía que estaba loco. En cambio a Marco se lo tomaban en serio. Es un personaje asombroso. Vargas Llosa dice que es el mejor impostor de la historia y estoy de acuerdo. Es el Maradona de la impostura, es insuperable. Tengo la convicción de que nunca conoceré a un tipo así en mi vida.

–Hay un capítulo muy irónico en El impostor: el diálogo imaginario entre Javier Cercas y Enric Marco, en el que Marco se muestra más inteligente que Cercas y parece hasta acorralarlo. ¿Qué buscó con este diálogo?

–Ese es el capítulo más importante del libro, pero también el más resbaladizo. Lo que dice Marco es de doble filo, aunque en verdad lo he dicho yo porque he fantaseado con él. No se puede tomar al pie de la letra. Es cierto que Marco en ese capítulo es más inteligente, valiente y noble que yo. La crítica empieza por la autocrítica, el humor empieza por la autoironía. De hecho hay gente que lo ha usado en mi contra: “Marco tiene razón, este señor es un sinvergüenza” (risas).

–Hay un momento en que se plantea que la diferencia entre Cercas y Marco es que el novelista tiene licencia para mentir. ¿Es siempre así?

–Claro. Es así. Una ficción es un engaño consentido, el lector acepta ser engañado mientras que a Marco nadie le dio permiso para engañar. El pacto de la ficción es que yo te engaño y tú te dejas engañar.

–Pero cuando el escritor toma un hecho real o una persona que aún vive como materia principal de su novela, ¿también tiene licencia para mentir?

–Por supuesto que sí. La ficción pura no existe, la realidad es siempre el carburante de la ficción. Si existiera la ficción pura, no tendría el menor interés; tiene interés porque partes de la realidad personal y de la realidad histórica y las mezclas con la ficción. Esto es legítimo en la ficción, pero no es legítimo en la realidad. Esto es lo que hacía Marco: mezclar la ficción en la realidad. Si tú mezclas la ficción y la realidad en la ficción, el resultado es una verdad literaria. Si tú mezclas la ficción y la realidad en la realidad, el resultado es una mentira grande como una casa. Todas las verdades se fabrican con mentiras. Las grandes mentiras se fabrican con pequeñas verdades. Una mentira pura no se la cree nadie. Las mentiras se creen porque tienen el sabor de la verdad, porque tiene un granito de verdad dentro de ella. Esto Marco lo sabía muy bien por eso detrás de cada una de sus mentiras siempre hay una verdad. Nunca estuvo en un campo de concentración nazi, pero sí estuvo en la Alemania nazi. Estuvo en la cárcel, pero no por motivos políticos. No fue un héroe en la guerra civil, pero descubro que sí estuvo en la guerra civil. Fue clandestino durante el franquismo, pero no por ser un militante de un movimiento político sino por ser un simple ladrón.

–El narrador de la novela habla en un sentido negativo de la “industria de la memoria”. El peligro no es el negacionismo, pero sí distinguir que una cosa es que haya habido una moda literaria y otra es el trabajo que hacen ciertas asociaciones para luchar contra la desmemoria y reparar a las víctimas. ¿Qué piensa usted?

–La expresión memoria histórica no me gusta porque conceptualmente memoria e historia son contradictorias. La memoria es individual, subjetiva, parcial, mientras que la historia tiene que aspirar a ser objetiva, colectiva, total. Llamar a lo que ocurrió en España en la primera mitad del siglo XXI recuperación de la memoria histórica me parece ya no un oxímoron sino un eufemismo. Se tendría que haber llamado recuperación de la memoria de las víctimas o de la memoria republicana. Este movimiento era absolutamente necesario y justo, había que hacerlo y consistía en resarcir por completo a las víctimas. Había que afrontar el pasado con todas las de la ley, sacar a decenas de miles de muertos que hay en las fosas comunes, identificarlos para que los descendientes puedan llorarlos; sacar todas esas calles, plazas y monumentos fascistas que se llaman Francisco Franco. Pero esto no se hizo bien y la prueba de que no se hizo bien es que ahí siguen las fosas comunes, sin identificar los cadáveres, las víctimas esperando. Ahí está el Valle de los Caídos como un puñetero monumento fascista. A esto se puede contestar que la derecha no quería y que la culpa la tiene la derecha. Yo digo que también tenemos la culpa la izquierda, los que queríamos hacerlo. Mi crítica a ese movimiento es que fue insuficiente y no salió bien porque se planteó en términos partidistas y no como lo que era. Esas decenas de miles de muertos no es una cuestión de derechas o de izquierdas; hay que llegar a un acuerdo como sea. ¿La derecha no quería llegar a un acuerdo? Me importa un pito. Se hizo una Ley de Memoria Histórica, que se llamaba de otra manera, que era una ley fría y apática con las víctimas –por desgracia yo voté al partido socialista que hizo esa ley–, y que más que arreglar el problema lo prolonga. Arreglar el problema es muy sencillo: se sacan los muertos de las fosas y se ponen en tumbas. ¿Cuesta muchos millones? Me importa un pito, pero se arregla el problema inmediatamente. Que lo arregle el Estado, esté o no de acuerdo la oposición. Lo que se hizo fue darle dinero a las asociaciones de las víctimas de manera que cuando se cortó el dinero se acabaron las subvenciones y los muertos siguen en las fosas comunes. Yo estoy en contra del uso político, de la capitalización que se hizo de este asunto, lo que llamo “la industria de la memoria”. Hubo mucha gente de la izquierda que no estaba interesada en resolver el problema y que lo quería utilizar políticamente. Me da igual si quieren llamar a esto revisionismo porque la obligación de quien piensa es revisar permanentemente los pensamientos. Hay una frase que me obsesiona de (William) Faulkner y que en un país que no ha hecho las paces con su pasado como España tiene una resonancia especial: “El pasado nunca se muere, ni siquiera es pasado”.

Compartir: 

Twitter
 

“Marco es una hipérbole monstruosa de lo que somos los seres humanos”, destaca Cercas.
Imagen: Carolina Camps
 
CULTURA Y ESPECTACULOS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2017 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.

Logo de Gigared