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Martes, 5 de mayo de 2015

FERIA DEL LIBRO › RECUERDOS DE LA PRIMERA Y úNICA VISITA DE GABRIEL GARCíA MáRQUEZ A BUENOS AIRES

El fantasma de Gabo volvió a la ciudad

La editora Gloria Rodrigué, el escritor Jorge Franco, el periodista Ezequiel Martínez y Jaime Abello Banfi, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, evocaron aquel agosto de 1967, que cambió la suerte del colombiano.

 Por Silvina Friera

Como el tango, Gabo volvió a Buenos Aires –donde se publicó Cien años de soledad– una noche fría de mayo. A casi cincuenta años de su primera y única visita al país, en agosto de 1967, el enigma de Gabriel García Márquez permanece con la fuerza de una puerta abierta. ¿Por qué nunca regresó? ¿Qué fantasmas se conjuraron para que no caminara por las calles de esta ciudad en la que encontró su anhelado destino de consagración universal? La figura del escritor colombiano convocó a muchos lectores en la Feria del Libro, el domingo a la noche, justo cuando en otras salas del predio de La Rural se presentaban el escritor irlandés John Banville y el ex presidente uruguayo José “Pepe” Mujica. “Lo peor de todo”, como advirtió el periodista Ezequiel Martínez, fue que mientras la editora Gloria Rodrigué, el escritor colombiano Jorge Franco y Jaime Abello Banfi –director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)– recordaban a García Márquez estaban jugando Boca y River. Rodrigué tenía 18 años cuando conoció al futuro Premio Nobel de Literatura. Hacía dos años que la nieta de Antonio López Llausás trabajaba en Sudamericana, mítica editorial fundada por su abuelo en 1939. “El que descubrió a Gabo fue Paco (Francisco) Porrúa. A él le debemos muchos de los grandes escritores que se publicaron en Sudamericana”, afirmó la editora.

Porrúa, que había leído La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba, le envió una carta a García Márquez en la que le comentaba que le gustaría publicar algo de él. Gabo le contestó que se sentía “honradísimo” de que Sudamericana quisiera leer sus textos, pero tenía un compromiso con una editorial mexicana y no sabía si lo iba a poder deshacer. El escritor colombiano le mandó el primer capítulo de Cien años de soledad a Porrúa, que se enamoró de esa incipiente novela. “Sudamericana pagó por ese contrato una cifra para reírse: 500 dólares, que en aquel momento, para un autor desconocido en Argentina, era una cifra importante, aunque hoy parece ridícula por el éxito que tuvo. Gabo estaba muy contento de que alguien con un solo capítulo se atreviera a contratar un libro”, subrayó Rodrigué y precisó que la primera tirada fue de 8000 ejemplares, una cantidad extraordinaria –conviene aclarar y repetir– para un escritor entonces desconocido por estos pagos literarios. “Era tal el convencimiento y la seguridad que tenía Porrúa que mi abuelo, que era un catalán bien amarrete, dijo: ‘Juguémonos’. Y salió a la calle y el libro voló, se vendió como si fuera pan.”

Martínez, presidente de la Fundación Tomás Eloy Martínez (TEM), recordó una anécdota protagonizada por su padre. “Paco Porrúa recibió una parte del manuscrito y quedó totalmente hipnotizado por la historia que estaba leyendo y lo llamó a mi papá, que era jefe de redacción de la revista Primera Plana en ese momento. Era un día de lluvia y mi papá llegó a la casa de Paco, que tenía las páginas del manuscrito tiradas por el suelo. Ese original, que está perdido, se podría haber reconocido por las pisadas de los zapatos, mojados por la lluvia. Entre Paco y mi papá decidieron que cuando saliera la novela tenían que traer a ese hombre a Buenos Aires para el lanzamiento. Mi papá escribió la primera reseña en el mundo de Cien años de soledad y el título de la producción de Primera Plana era: ‘La gran novela de América’...”, resumió el periodista. Ese número salió el 20 de junio de 1967 y Ezequiel agregó que era “una apuesta inédita decir que lo que acaba de publicar un autor que poca gente conocía era la mayor novela de América latina”.

García Márquez quería que la tapa de la primera edición la hiciera un ilustrador mexicano, pero el tiempo no alcanzó. “Teníamos que sacar el libro porque salía la reseña en Primera Plana y tenía que estar en la calle antes de que él viniera. Entonces hicimos una tapa a las apuradas, que fue la tapa del barquito –explicó Rodrigué–. Después llegó la tapa de Gabo, que es la de estampillas. Decía soledad y la ‘e’ estaba al revés. Los libreros nos devolvían los libros porque decían que tenía una errata y en realidad era un juego gráfico”. Rodrigué tuvo que comprar, más de veinte años después, esa primera edición de la tapa con el barquito que se agotó en dos semanas, a pedido de Carmen Balcells, la agente literaria del escritor colombiano. Esa primera edición, que consiguió luego de hurgar en el circuito de librerías de viejo, la pagó 1500 dólares. Coincidencias extrañas o curiosidades para atesorar: el sábado pasado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo) robaron la primera edición de Cien años de soledad que pertenece a la colección personal del reconocido librero Alvaro Castillo. El ejemplar se lo había entregado el propio Gabo y tenía una dedicatoria: “Para Alvaro Castillo, el librovejero, como ayer y como siempre, su amigo Gabriel”.

El autor de Santa Evita fue a buscar a García Márquez al aeropuerto junto con Porrúa. “Era un señor con pinta de gitano y los pelos enrulados, acompañado por Mercedes, a quien mi papá calificó como una versión latinoamericana de la reina Nefertiti por su belleza”, comentó Martínez. Y aportó otra anécdota más: “A Gabo lo invitaron al estreno de Las siamesas de Griselda Gambaro en el Instituto Di Tella. Entró a la sala y la gente empezó a pararse y a gritar: ‘gracias por su novela’. Ese fue el momento en que un rayo de fama le cayó y nunca más lo abandonó. El fin del mito, de esta historia, dice que Gabo nunca más volvió a Buenos Aires porque ahí donde empezó todo ahí podía terminar, entonces mejor no volver. Dicen que los costeños son bastantes supersticiosos”. Franco, conocido por su novela Rosario Tijeras y bendecido por el propio Gabo como su heredero, señaló que Cien años de soledad es una historia que se puede leer de manera “íntima y personal” en Vietnam, en Estados Unidos, en Brasil, en cualquier lugar. “Cualquier lector puede encontrar su Macondo y eso para mí fue una revelación”, aportó.

¿Por qué no volvió García Márquez? Banfi arriesgó una hipótesis: “Así como Buenos Aires le dio la mayor satisfacción, también le dio la mayor frustración de su vida”. Cuando terminó La hojarasca, le envió el manuscrito a Guillermo de Torre, de Losada, quien le recomendó “que no debía dedicarse a la literatura”. El director de la FNPI opinó que luego de esa experiencia, Gabo podría haber dicho: “Hay que tener cuidado con Buenos Aires, quizá te haga sufrir”.

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