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Miércoles, 6 de mayo de 2015

FERIA DEL LIBRO › MARGO GLANZ PRESENTA SU LIBRO CORONADA DE MOSCAS

“La India es un país que te saca lo peor y lo mejor”

La escritora mexicana viajó tres veces a la India e hilvanó un texto de una hondura tridimensional, tejido por las lecturas de Octavio Paz, Pier Paolo Pasolini, V. S. Naipul, E. M. Forster, J. R. Ackerley y Agatha Christie, entre otros.

 Por Silvina Friera

La mirada de Margo Glantz está siempre en movimiento. El aguijón de la curiosidad –ella lo sabe– no es suficiente. Tres viajes a la India en los últimos diez años no alcanzan para comprender a fondo cómo es posible que convivan tanta belleza y fealdad en el país por excelencia de la hipérbole. La escritora mexicana anda siempre con los ojos bien abiertos, registrando la fascinación y el rechazo apenas comienza a sumergirse por las calles de la vieja De-lhi cercada por los peatones, un tráfico desmesurado, sus mendigos y ese polvo que lo asfixia todo. Coronada de moscas (Sexto Piso), que presenta hoy a las 18.30 en la Feria del Libro, no es una crónica de la experiencia de tantos kilómetros recorridos de Varanasi a Bangalore o de Agra a Mumbay, por mencionar apenas algunos sitios de un itinerario más amplio y complejo. No es un simple libro de viajes. La escritora mexicana hilvana un texto de una hondura tridimensional, tejido por las lecturas de Octavio Paz, Pier Paolo Pasolini, V. S. Naipul, E. M. Forster, J. R. Ackerley y Agatha Christie, entre otros, y las impactantes fotos de Alina López Cámara.

“Mi relación con Argentina es muy vieja”, cuenta Margo a Página/12 en un bar sobre la calle Cerviño, a metros de uno de los ingresos a la Feria del Libro. “Cuando era muy jovencita, escuchaba tangos de Carlos Gardel, Angel Vargas, Rosita Quiroga, Azucena Maizani, Agustín Magaldi... Mi papá recibía Billiken, La Nación y teníamos la revista Sur en la casa. Conocía más la historia de San Martín que la de Miguel Hidalgo. Ya tenía una fijación con la Argentina y que me haya casado con un argentino estaba prestablecido, aunque haya sido catastrófico.” Margo es la más joven de todos los escritores mexicanos por la forma de mirar y escribir acerca de sus obsesiones, ya sean la India o el cuerpo. “Yo fragmento el cuerpo, me interesa dividirlo y escribirlo en pedacitos. Llevo quince años con el mismo dentista esperando a que me arregle los dientes y he leído como 800 textos. Estoy escribiendo un libro sobre la lectura, la espera, la enfermedad y la paciencia que hay que tener con la boca”, confiesa la autora de Las mil y una calorías, Síndrome de naufragios, El rastro, Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador, Saña y Las genealogías, entre otros libros. El mozo sirve el café y la mira con el asombro aleteando por sus cejas cuando escucha la edad de la escritora: 85 años. Nadie cree que esta hermosa mujer sea una octogenaria. “El escritor brasileño Graciliano Ramos asegura que se debe escribir como las lavanderas de Alagoas (¿o las de Varanasi?) realizan su labor –se lee en Coronada de moscas–. Escribe: ellas comienzan con una primera lavada, mojan la ropa sucia en la orilla de la laguna o del riachuelo, estrujan las telas, las vuelven a mojar, las vuelven a estrujar. Después enjuagan, dan otro remojo más, ahora echando agua con la mano. Golpean la tela sobre la laja o sobre la piedra limpia, y vuelven a retorcerla una y otra vez, la estrujan hasta que el paño no escurra una sola gota. Sólo después de hacer todo esto extienden la ropa lavada para que se seque. Quien se ponga a escribir debe hacer lo mismo. La palabra no fue hecha para adornar o brillar como un oro falso; la palabra fue hecha para decir”.

–¿Cómo explica el interés que tiene por la India?

–Era un país casi mítico para mí, siempre pensé que quería ir a la India alguna vez. Finalmente se concretó y viajamos varias personas: mis hijas Alina y Renata, Mario Bellatin, un sobrino mío a quien quiero mucho, una amiga y otro amigo; algunos de ellos los perdí para siempre. Con mi sobrino me llevaba bien, pero a partir de ese viaje algo se rompió. Y con mis hijas tuve graves desavenencias porque es un país que te irrita profundamente: te saca lo peor y lo mejor. A pesar de eso me parece un país muy fascinante, al grado que cuando hubo otra oportunidad volví y la tercera vez también me volví a apuntar. Y si pudiera volvería. Lo que más me interesó de la India fue sentir que se vivía a un nivel mucho más natural, más salvaje, más profundo, que en otros países que ya están contaminados por la civilización, a pesar de que en mi país hay muchas zonas donde todavía se sigue viviendo como en la India, de manera muy diferente, pero está esa cercanía con las cosas, con el mundo, con la tierra. Por ejemplo en Oaxaca, adonde he ido muchas veces últimamente. La India tiene otras dimensiones; es la cuna de la civilización, el punto de confluencia de una cantidad enorme de religiones, la convivencia aparentemente pacífica de todas ellas, la posibilidad de ver cómo los oficios más elementales son verdaderamente elementales, los barberos en las esquinas... Todo aquello que es fundamental en la vida diaria sucede en la vida diaria. No hay obstáculos entre tú y la realidad, todo vive alrededor tuyo y es como natural, ¿no? Me imagino que así era Europa en la Edad Media. Ahora, con la globalización, se hace más agudo el contraste. Quizá no podría vivir en la India porque estoy contaminada por lo civilizado, pero es un país que me atrae profundamente.

–En un momento de Coronada de moscas cuenta cómo se producen las incineraciones de los muertos de acuerdo con la casta a la que pertenece cada uno. Los indigentes, en cambio, son arrojados al agua. Impresiona ver cómo ni siquiera la muerte los iguala, ¿no?

–Sí... El guía era un tipo siniestro y nos desembarcó en medio de una incineración de manera muy maligna y yo me puse muy mal. Además nos desembarcó en un lugar que tenía las baldosas desiguales, no sólo me sentí con náuseas porque estábamos oliendo y viendo cómo se quemaba un cadáver, sino también porque perdí suelo. Todo eso me impactó mucho. En nuestra cultura también se incinera, pero todo es más tecnológico. En la India es muchísimo más tradicional la forma de incinerar y tiene un sentido religioso. A los de las castas inferiores se los arroja al agua, pero es porque por la transmigración de las almas y los cuerpos van a resucitar en otra cosa y a lo mejor les va a ir mejor después, cosa que me parece completamente absurda porque no soy religiosa y no voy a la India por la paz de las almas, porque me siento transfigurada y agarro las manos de los otros (risas). Esa forma de viajar la detesto.

–Una de las cuestiones que advierte en el libro es la aparente convivencia pacífica entre las religiones a la par que percibe una enorme violencia. ¿Cómo se manifestaba esa violencia?

–Para poder terminar el libro tuve que consultar muchas fuentes. Yo fui tres veces a la India, pero no pude profundizar. No es lo mismo si hubiera vivido un tiempo largo, como un amiga mexicana que vive hace ocho años y ella conoce mucho mejor y habla hindi. Yo veo las cosas con mucha superficialidad; cuando uno va como turista, como no conoces las cosas, te impactan más brutalmente, pero tampoco profundizas. Hay una especie de convulsión, pero esa convulsión termina en una mirada superficial; entonces era necesario leer muchos libros para compenetrarme. Te pones a estudiar la historia de la India y ves cómo antes de la muerte de (Mahatma) Gandhi se estaba preparando una separación de los musulmanes y los indios. Cuando se separó Pakistán de la India, hubo unas matanzas brutales –que las cuento en el libro– y esos jardines maravillosos que tú visitas como turista para ver esos monumentos extraordinarios –que también son musulmanes– sirvieron como campo de batalla donde no sólo se mataba brutalmente sino que hacían comer cerdos a los musulmanes o vacas a los indios, que para ellos era un sacrilegio brutal. Vas caminando por esos jardines maravillosos y vas pisando sangre. Estás pisando terrenos muy ignotos que te abren unos enigmas impresionantes y también eso me pareció fascinante. Hay un misterio constante ante tus ojos. Ves la caravana de indios que recorren su país para conocerlo y los niñitos que van a ver los monumentos, la felicidad en esas caras, los vestidos maravillosos de las indias... ¡Qué país tan increíble, qué sentido de la estética tan extraordinario! Aun las parias o los parias pueden ser muy hermosos, los niñitos de cualquier casta son preciosos y luego ves a una leprosa, sin dientes, junto a esos niñitos y te preguntas: ¿Qué pasa aquí? El horror y la belleza conviven de una manera abominable en la India. Eso me parece fascinante y por eso viajé tres veces y volví a los mismos lugares, aunque las experiencias fueron completamente distintas. Ya no me producía tanta violencia interior, pero otras cosas me producían una violencia peor.

–¿Qué la violentó más?

–Me acuerdo de que fuimos a un santuario de pájaros, un lugar de caza que había sido un lugar muy visitado por príncipes, en donde había un gran tablero donde contaban la cantidad de animales muertos: tantos tigres muertos, tantos leones muertos... y ya casi no ves ni tigres y leones en la India, están en extinción. Y ves cómo mataban a los animales en las cacerías y cómo anotaba el príncipe de Gales la cantidad de animales que había matado. Luego sales del santuario y vas al tren y aparece una barrera infinita de gente y no puedes pasar. Y sientes literalmente que te ahogas en un río de gente.

–Quienes viajan a la India suelen decir que hay que superar ese temor que genera salir del aeropuerto y ser rodeado por la gente. En Coronada de moscas no aparece ese miedo, ¿no?

–Ese miedo lo sentí, pero no lo puse en el libro. Yo me sentía con mucha seguridad en la India. Creo que recién en el tercer viaje empecé sentir cierta inseguridad. En Agra nos dijeron: “Tenga mucho cuidado con los monederos”, cosa que no nos había pasado antes. Si no lo puse en el libro, quiere decir que no me asustó.

–¿Por qué el título del libro viene de un verso del poema “Ternera acosada por tábanos” de la poeta peruana Blanca Varela?

–El último libro de Blanca Varela, Ejercicios materiales, lo escribió después de la muerte de uno de sus hijos en un accidente de aviación. Blanca era una poeta tan descarnada como la India, tan severa, tan poco sentimental, sin ninguna concesión a nada ni a nadie. Esos poemas sobre la muerte de su hijo me parecieron fascinantes. ¿Por qué Coronada de moscas? En primer lugar, cuando tú vas por la India te sientes perseguida por los guías, como si fueras la ternera de la mitología griega. Pero también hay una cosa que me pareció muy bella en el texto de Blanca. Ella dice que no le importa la muerte, le importa ver que la vida pasa a su lado “coronada de moscas”... Yo soy una mujer de 85 años que sé que me voy a morir pronto. Sientes que de veras la vida pasó, que tu futuro se está acabando y creo que por eso viajo, porque con los viajes siento que tengo futuro. La muerte te asusta, obviamente, pero ya no tanto la muerte sino el hecho de que mi vida se está acabando, ¡qué horror! Carlos Monsiváis, en Los rituales del caos, dice que la ciudad de México se está volviendo una ciudad apocalíptica. A Monsiváis no le importa que la ciudad se vuelva apocalíptica, lo que le importa es que no la va a ver más apocalíptica, no va a vivirla. A mí me pasa un poco eso. Mi país ahorita está en una situación horrible, varios estados están tomados por los narcos, el gobierno ya no tiene ninguna posibilidad, el país se está viniendo abajo. México es una zona de derrumbe. Y sin embargo lo quiero ver. Esa sensación está tan extraordinariamente bien dicha por Blanca... Esa sensación de que se te va la juventud y tú la estás persiguiendo está en la India. Desde antes de que lo escribiera sabía que este libro se iba a llamar Corona de moscas.

–¿Hay futuro en México?

–Yo creo que hay futuro... yo no me voy de México; es un país maravilloso y tiene una vitalidad impresionante. Pero la manera como lo están manejando los políticos y cómo se ha apoderado el narco te deja muy poca esperanza. Tengo miedo de que me pase lo de Witold Gombrowicz: que me tenga que quedar aquí en Argentina y no pueda regresar (risas).

–No sería una mala experiencia, ¿o sí?

–Pero de qué viviría, querida... al principio les caería muy bien, pero después me odiarían (risas).

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“México es una zona de derrumbe... y sin embargo lo quiero”, reconoce Margo Glanz.
Imagen: Carolina Camps
 
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