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Sábado, 31 de mayo de 2008

MUSICA › MASSACRE TOCARá HOY ALLí, POR PRIMERA VEZ EN MáS DE VEINTE AñOS DE TRAYECTORIA

“Llegar a Obras es un símbolo”

La banda que parecía destinada a ser por siempre de culto creció en difusión y poder de convocatoria. Walas, el cantante, dice que fue un proceso “lógico”, pero reconoce que se sienten como cuando “uno de esos equipos re loser llega a Primera”.

 Por Roque Casciero

El tipo, recuerdan algunos, surcaba la ciudad como un rayo arriba de su skate a mediados de los ’80. A la noche iba al Einstein, donde vio hacer sus primeros conciertos a banditas como Sumo y Soda Stereo, y donde quedaba atónito con las performances de Katja Alemann. Cuando se dio cuenta de que sus dos pasiones, el rock y las tablas, iban de la mano en el trabajo de algunas bandas californianas, junto con algunos amigos del Mariano Moreno formó Massacre Palestina. “Nos dedicamos a fundar cosas que no existían acá, pero no por una vocación vanguardista ni elitista, sino de un modo natural”, recuerda Guillermo “Walas” Cidade, que de él se trata todo lo anterior. El cantante de Massacre (el nombre se acortó después del atentado a la embajada de Israel) recuerda que al poco tiempo se aburrieron de hacer sólo surf punk, entonces agregaron teclados y guitarras acústicas. “Cada vez componíamos mejor y tratábamos de hacer mejores discos”, asegura. Sin embargo, Massacre parecía destinada a ser por siempre una banda de culto, un grupo de “hermosos perdedores” que se regodeaba en su malditismo.

En los últimos años eso comenzó a cambiar de a poco, porque el quinteto apareció como mosca blanca en los festivales esponsorizados y su poder de convocatoria creció. Pero todavía faltaba el gran salto, que llegó con El mamut, su discazo de 2007, producido por el perico Juanchi Baleirón. Ese álbum, elegido como el mejor del año en la encuesta del suplemento No de PáginaI12, es el que le permitirá a Massacre, por primera vez en más de veinte años de trayectoria, llegar esta noche al Estadio Obras. Y en la mirada y la sonrisa de Walas está dibujado el orgullo por ese logro: “Ahora el rock argentino creció y se hizo más ambicioso, así que tocar ahí es como el primer peldaño de la consagración, pero para nosotros, que vimos el primer Obras de Sumo, llegar hasta ahí es un símbolo”. La alegría será doble, porque Fico, el guitarrista que estuvo en coma hace poco tras ser atropellado por un auto, podrá tocar con la banda en su concierto más trascendente.

Claro que a Walas la sensación agradable se le mezcla con la ansiedad y los nervios. “¡Tengo un cagazo bárbaro!”, reconoce. “Algunos de los obstáculos de este proceso tan arriesgado para una banda como la nuestra ya fueron sorteados, como la venta de entradas, porque están casi agotadas, pero también queremos que salga todo bien, y mostrar un show largo y contundente.” Y enseguida se pone a considerar el porqué de la llegada de Massacre a Obras: “Por un lado es increíble dada nuestra trayectoria under, como cuando uno de esos equipos re loser llega a Primera. ¡Es un milagro! Estoy al tanto de que amigos nuestros ganaron apuestas y están preparándose para recibir asados de otros que les decían que jamás íbamos a llegar a Obras. Pero, por otra parte, con el disco que hicimos, es lógico que ahora nos den más bola. Es lo mismo que les pasó a Los Cafres: hicieron un disco bueno, a la gente le gustó, tuvieron más difusión y llegada al público”.

–“Plan B (Anhelo de satisfacción)”, el único hit que tenía Ma-ssacre hasta hace poco, en realidad se había hecho famoso en la versión de Catupecu Machu. Pero ahora no debe significar lo mismo para usted cantar esa canción que dice “ya me siento desterrado, nadie cree en mi opinión”.

–Claro, ya no estoy tan desterrado... Para nosotros es rarísimo tener dos hits, porque ahora también tenemos “La reina de Marte”. Y nos damos cuenta de que es importantísimo para una banda, porque no es lo mismo que tus temas los conozca sólo tu público que llegar a una ciudad y que digan “Ah, son los de ‘La reina de Marte’”. Te da otra chapa, como si tuvieras el carnet de hit (risas).

–También habrán aparecido los viejos fans que los acusarán de haberse vendido.

–Sí, claro, pero la proporción de gente que dice eso, que es la que nos quiere para ella sola tocando en un sótano, es muy inferior a la de quienes nos conocieron a partir de El mamut: esos son los que llenan Obras. La línea dura tiene que convivir con los nuevos. Y como nuestra línea dura es pensante, cuando nos ve disfrutando arriba del escenario y con buenas pantallas, sonando mejor, entonces nos entiende.

–Pero ustedes también eran parte de esa línea dura. ¿Qué cambió?

–Ahora lo veo todo desde otra perspectiva, desde el lugar del mimado, del premiado. Aparte, al entrar al rock nacional, me di cuenta de que ese mito de que está lleno de garcas e hijos de puta es falso: puede que haya alguno que sólo piensa en la guita, pero es un ambiente en el que a la gente le gusta la música. Cuando vos sos punk y estás en el sótano con el fanzine, decís: “El dueño de esa compañía es como (el millonario de Los Simpson) Monty Burns”. Y después estás del lado de adentro y entendés que los más grossos que ves en la tele, como Pity, son tipos divinos, y que los que fundan una discográfica lo hacen porque en su casa tienen posters de Mick Jagger e Iggy Pop. Obviamente que también ven el negocio, mientras que otros estamos más del lado de tocar la guitarra, pero no es para demonizar a nadie. En la Argentina todo es más criollo, entonces no hay una brecha tan grande entre el bohemio y el contador: pueden estar en el mismo bar y disfrutan de las mismas cosas, sin un Moyano o un D’Elía en el medio.

–Además, todavía debe acordarse de cómo era sentirse desterrado, no fue hace tanto.

–¡Más vale! Estoy tan acostumbrado a estar en un umbral con la cerveza de litro que si ahora me invitan a Palermo con el champagne y el sushi gratis, es una anécdota. O sea, me gusta, lo disfruto, pero sé que la escuela fue lo otro.

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El quinteto pegó el gran salto con El mamut, su notable disco del año pasado.
 
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