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Domingo, 13 de julio de 2008

MUSICA › RECITAL DE LILIANA HERRERO EN EL TEATRO COLISEO

Variaciones sobre el riesgo estético

Acompañada por un trío notable, la cantante entrerriana presentó su último CD, Igual a mi corazón. Fue una noche mágica, en la que Herrero desplegó su universo expresivo marcado por la apertura genérica y el desprejuicio.

 Por Santiago Giordano

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RECITAL DE
LILIANA HERRERO

Presentación del disco Igual a mi corazón

Fecha: Viernes 11 de julio
Lugar: Teatro Coliseo
Músicos: Mariano Cantero percusión, Matías Arriazu y Ernesto Snajer guitarras
Duración: Dos horas
Público: 1500 personas

Sobre el escenario del Teatro Coliseo se desparraman unos cubos negros, cada uno con una letra. Son las cifras necesarias para formar las palabras que dan nombre al disco que se está por presentar. Pero no las forman; el capricho aleatorio que las distribuyó entre los telones y los instrumentos revela otra combinación, una cualquiera de las tantas posibles dentro de ese confinado universo de relaciones. Sin embargo, aunque no se lea directamente, el título existe, ahora en una de sus variaciones. Acaso porque por sobre el orden prevalece la idea. El viernes, mientras Liliana Herrero presentaba Igual a mi corazón, esa escenografía era la metáfora más precisa de lo que a su alrededor sucedía.

Junto a Mariano Cantero en percusión y Marías Arriazu en guitarra de siete cuerdas, con la participación de Ernesto Snajer –coproductor del disco– en guitarra de seis y diez cuerdas, la cantante mostró los temas de su nuevo trabajo. Alternando con los ya muchas veces probados “El cosechero”, de Ramón Ayala, o “La nostalgiosa”, la zamba de Eduardo Falú y Jaime Dávalos, el trío desplegó esa manera de hacer música capaz de hacer de cada canción un universo exclusivo y particular sobre temas como la desolada “La casa de al lado”, del uruguayo Fernando Cabrera; la estremecedora “Zamba del arribeño”, de Juan Falú y Néstor Soria y “Urugau Y”, un inquieto juego de asonancias sobre la musicalidad del guaraní de otro uruguayo contemporáneo, Rubén Olivera.

El primer gran momento de la noche llegó con “Chañarcito”, la canción de Carlos Guastavino y León Benarós que presta el verso que da nombre al disco. La versión de Herrero, acompañada sólo por la guitarra de diez cuerdas de Snajer, resultó bellísima, y sin sacrificar la melodía y la armonía originales, le dio a una música concebida para el papel de las academias el espíritu abierto que acaso el aura popularizante de su matriz alguna vez soñó.

El concierto procedía, el clima se distendía y la máquina comenzaba a calentarse. Cantero desplegaba un encantador arsenal de posibilidades, en el que los elementos se multiplicaban por las maneras de tocarlos, y Arriazu se mostraba preciso, al servicio de la gestualidad torrencial que bajaba por la voz de Herrero.

Llegaron después “Brillantina de agua”, de Ana Prada y “Canto labriego”, de Teresa Parodi, otro hallazgo inspirado de la noche. Cantero detenía el tiempo con la mbira –el instrumento africano de pequeñas láminas de metal que se percute con los dedos–, Herrero ponía en la voz la circunspección de una plegaria, y el chamamé respiraba, contenido en la guitarra de Arriazu. Una vez más quedó claro que lo que hace la obra es la manera en la que intérpretes y tema dialogan; la tensión que se plantea entre lo establecido y lo que sobre eso puede suceder, la apertura hacia lo diverso sin forzar lo original.

Siguieron “Achado”, de Chico Nello y Carlos Careqa; “Arbolito del querer”, de Aledo Meloni y Coqui Ortiz; “Zonko querido”, de Juan Falú y Pepe Núñez. “¿Saben quién es Pepe Núñez?”, preguntó Herrero, y enseguida convidó al público a cantar a capella “Tristeza”, esa que dice “Ay qué camino tan desparejo...”. “¡Ese es Pepe Núñez!”, enfatizó la cantante. Pero no son las canciones los únicos disparadores de gracia, también están los felices encuentros que dentro de ellas se producen. Lejos de cobijarse en una canción en particular, o un conjunto de hits, Herrero es una manera de cantar y de asumir el riesgo que eso implica; una unidad que se completa con un instrumento versátil, causa y efecto de ese territorio, que comienza en la guitarra de siete cuerdas de Matías Arriazu y se prolonga en la riquísima percusión de Mariano Cantero.

Otro gran momento fue “Canción de las cantinas”, de Rolando Valladares y Manuel Castilla, seguido de la poderosa versión de “El tiempo está después”, otra de Cabrera, en la que Arriazu tocó la guitarra eléctrica. Hacia el final llegó “Vidalero”, de Juan Quintero, en la versión con garrafas de camping como percusión, y “Confesión del viento”, de Juan Falú y Roberto Yacomuzzi. Si existen tantas músicas como maneras de escuchar, Herrero es una intérprete particularmente generosa; su universo expresivo es abierto y desprejuiciado y capaz de enhebrar afectos ligeros, reflexiones profundas, emociones de diversos grados, sutilezas de la música de cámara más elaborada, refinados repentismos, técnicas que generan ideas más o menos pregnantes, razones y sentimientos. Todas cosas que tienen que ver con el corazón.

Se cumplían casi dos horas de concierto y si bien cierta fatiga se hacía evidente aún habría tiempo para algo más: los bises, que el aplauso sostenido de una platea en pie reclamaba. “Algarrobo, algarrobal”, de Ponferrada y Espinosa; la maravillosa “Oración del remanso” de Jorge Fandermole, y una versión de “Lapacho”, de Ramón Ayala, confirmaron por enésima vez en la noche que el todo es más que la suma de las partes.

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Herrero, una intérprete que trabaja con las razones y los sentimientos.
Imagen: Pedro Linger Gasiglia
 
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