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Lunes, 9 de marzo de 2009

MUSICA › EMILIO DE LA PEñA, PIANISTA, COMPOSITOR Y ARREGLADOR

“Hay que aprender a dejarse llevar por el instinto”

Cultor de un estilo pianístico propio y absolutamente singular, el músico “redescubierto” por Café de los maestros da cuenta de su vida y de su obra. Un ciclo de conciertos en Notorious contribuye al conocimiento de este artista exquisito.

 Por Santiago Giordano

“A mediados de los ’90, cuando vino la debacle de la industria, me dije: antes de morirme de hambre con los fierros, prefiero morirme de hambre con la música.” Emilio de la Peña lograría mucho más que “parar la olla” con el arte de combinar los sonidos y, sobre todo, a partir de tan práctica decisión, la música argentina incorporaría como full time a uno de sus más refinados y originales pianistas. Redescubierto por el proyecto Café de los maestros –aquel seleccionado de estrellas tangueras–, la trayectoria de este instrumentista, compositor y arreglador abarca otros géneros además del tango, y también va más allá de la música: su currículum también podría mencionar que fue el inventor de los envases plásticos retornables de Coca-Cola, entre otras creaciones del campo estrictamente industrial, donde según él ha oficiado como “un ingenioso, más que un ingeniero”. En su estudio de La Paternal –que con picardía de joven de 79 años llama “el aguantadero”–, De la Peña conversó con Página/12 antes del primero de los conciertos que está ofreciendo los domingos de marzo en Notorious (Callao 966), mostrando cuánto es capaz de crear con la música.

Sentado frente al piano, De la Peña habla y fija la mirada en el teclado, como si la medida de sus palabras estuviese en esas 88 posibilidades. “Café de los maestros fue lo mejor que le pudo pasar al tango en estos tiempos, fue una idea única dentro del género”, asegura sobre el proyecto de Gustavo Santaolalla y Gustavo Mozzi, del que formó parte junto a otros históricos de la música ciudadana. “Qué bueno que estos tipos lograron reunirnos a tiempo, antes que nos vayamos, y lo hicieron con un criterio de verdaderos apasionados. Más allá de todo, lo más importante de Café de los maestros fue que puso en escena todos los matices del tango, todos los estilos, sin discriminar. A mí no me hubiese salido una cosa así: ¡de entrada hubiese seleccionado a los artistas según mi gusto!”

Nacido y crecido en Buenos Aires, De la Peña no es de los que se inclinan con facilidad ante los altares del éxito, y desde muy joven tuvo que alternar su pasión por la música con formas más tangibles de lograr el sustento cotidiano. “A los siete años, mi viejo me hizo escuchar la ‘Sinfonía inconclusa’ de Schubert –cuenta–. Eso me vacunó. Ahí entendí la grandilocuencia de la música; y también que yo iba a ser músico. Pero eran los años ’40 y entonces no todos teníamos la posibilidad de estudiar música formalmente. Recién a los 14 años comencé a ir a un maestro, porque a esa edad ya trabajaba. De muy chico trabajé en la industria –continúa–, así que, después de las ocho horas de laburo, me sentaba a veces hasta diez al piano; muchas veces, ya de madrugada, venía mi vieja y me mandaba a dormir...” Poco tiempo después de iniciar sus estudios de piano reemplazó en varias oportunidades a su padre, músico en las orquestas típicas. “Así pude frecuentar el Bar Marzotto, el Tango Bar, El Nacional y otros lugares de entonces, muy importantes para la difusión del tango. Me fui haciendo como músico paralelamente a mi trabajo en la industria”, recuerda.

–¿En qué consistía su trabajo en la “industria”?

–Diseño industrial. Más que un ingeniero soy ingenioso, y eso me permitió diseñar cuanta máquina se me ocurrió. Yo fui hasta sexto grado nomás, y el resto me interesó aprenderlo en la práctica, aunque no esquivé la parte científico-técnica, por eso leía muchos libros. La última máquina que hice fue para hacer los envases de plástico retornables de dos litros de Coca-Cola. Hay marcas de máquinas europeas que lo hacen, pero yo diseñé una totalmente automática que producía dos mil botellas por hora, mientras la alemana hacía 1800. La diseñé y la armé pieza por pieza, con el torno, la fresadora, la soldadora o lo que hiciese falta. También tengo una incursión en los coches de carrera, como preparador, entre tantas otras cosas. Son berretines que traigo en los genes, porque lo primero que hice fue en la cinematografía, ayudando a mi padre, que también era pianista, a diseñar dos proyectores de 35 milímetros con sonido, en 1937, cuando el sonido recién había llegado al cine.

–¿Con la música también se formó en la práctica?

–Como todos los pianistas, me formé con Chopin, Bach y los libros que los profesores te van poniendo adelante. Después me di cuenta de que de esa manera el que estudia mucho no tiene tiempo de aprender; entonces traté de desarrollar la intuición por sobre las otras cosas. Primero indagar en el sonido, experimentar, probar; recién después asentar en el papel. ¿Sabe qué pasa? Crecimos en la convicción de que “saber” música significa leer bien; en cambio, hay muchas cosas más, que uno empieza a entender cuando se deja llevar por el instinto.

Las manos van hacia las teclas. Toca “Flores negras”. Su estilo no se parece al de ninguno. No es Horacio Salgán, tampoco Mariano Mores, ni Atilio Stampone ni Osvaldo Berlingieri. Es Emilio de la Peña, e inevitablemente suena a tango. La riqueza armónica que multiplica cada nota no ensombrece la melancolía maravillosa de la melodía. La mano izquierda sostiene el ritmo, la derecha le responde con el mismo dinamismo y manda la melodía, clarita, al frente. “El enriquecimiento está en ponderar el clima de la obra –explica–. Yo busco sobre todo en las armonías. No las invento, las descubro, porque nadie inventa nada. Todo está hecho; y si no, mire Chopin.” En el piano de De la Peña se escucha también mucho del romanticismo inmediato y abrasador de algunas páginas de Juan Carlos Cobián o de Francisco de Caro, enriquecidos con gestos traídos desde más allá del tango. “Sucede que tengo un sentido argentino bastante importante –asegura sonriendo– y siempre me preocupó que en mi país se haga buena música. Por eso es bueno aprender cosas que por ahí llegan del exterior para después aplicarlas a lo nuestro.” Toca una simple cadencia en el piano; enseguida la repite enriquecida con otro colorido armónico. “Esto no es patrimonio de los norteamericanos, es patrimonio de la humanidad”, dice entusiasmado. “Por supuesto que, además de Salgán y tantos otros, también admiro a muchos pianistas que no tienen nada que ver con el tango; por ejemplo, Oscar Peterson, Art Tatum y el gran armonizador: Bill Evans.”

Pareciera que todavía su música es uno de esos secretos que la ciudad esconde en una discografía breve y difícil de conseguir, con títulos como Tango New Expresion –grabado en 1989 en Barcelona–, Así de simple –en dúos de piano con Oscar Alem–, Virgilio está de gira y Este tango es otra historia, que entre otras cosas le valen el unánime respeto y la admiración de sus colegas. “¿Músico para músicos yo? De ninguna manera –asegura–. No creo ser un referente; no puedo serlo, habiendo gente como Leopoldo Federico, Atilio Stampone y tantos otros. Puede ser que tenga un estilo particular, que es identificable. Eso puede ser.”

La charla se prolonga y De la Peña habla de sus proyectos más inmediatos, entre los que están la grabación de un disco con obras propias. “Tengo mucha música compuesta –asegura–. Y si no la grabo yo, no sé quién podrá hacerlo.” También recuerda a su “descubridor”, Manolo Juárez, que lo incluyó en un ciclo de conciertos junto a pianistas del calibre de Horacio Salgán, Eduardo Lagos, Cuchi Leguizamón, Mono Villegas, Dante Amicarelli, Lito Vitale y el mismo Juárez. “Además de gran maestro, Manolo fue el primero que me dio la posibilidad de subir a un escenario –recuerda–. Además fue el que me presentó a Hamlet Lima Quintana, con quien escribimos unas 25 obras.”

En las paredes de su estudio están los recuerdos que cifran su carrera de músico. El diploma con el que Sadaic lo distingue en el concurso “Por una Argentina que cante”, por la obra Cada espera es un adiós, compuesta junto a Marta Pizzo; el título de Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires; fotos con amigos y colegas. “Fíjese qué lindas cosas me dio la música –reflexiona–. Poder estar con Horacio Salgán o con Carlos García frente a un piano, y escucharlos tocar; que Tete Montoliú me venga a visitar a mi casa para invitarme a tocar y grabar en España; que Virgilio Expósito me pida que le toque el arreglo que hice de ‘Naranjo en flor’; que Gustavo Santaolalla me convoque para Café de los maestros... Nunca me la voy a creer, pero siento que me sucedieron muchas cosas que son las que hoy me ayudan a tocar con más soltura. En los conciertos de Notorious voy a aprovechar para proponer mis obras, como para que se den cuenta de que en el tango, en todos estos años, trabajé como un plomero.”

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“Quisiera que el público se diera cuenta de que en el tango, en todos estos años, trabajé como un plomero”, dice De la Peña.
Imagen: Rafael Yohai
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