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Lunes, 26 de octubre de 2009

MUSICA › ARTURO SANDOVAL TOCARá CON SU SEXTETO EN EL GRAN REX

Una leyenda del jazz cubano

Uno de los trompetistas más virtuosos surgidos en las últimas décadas fue parte fundamental del boom del jazz latino en los Estados Unidos. “El talento y el gusto no se aprenden en ninguna escuela. Te los da Dios o no te los da”, señala el músico.

 Por Diego Fischerman

Hubo, antes, músicos cubanos que contagiaron al jazz con elementos de la música de la isla. Pero Irakere fue el primero en construir eso que, de ahí en adelante, no podría nombrarse de otra manera que como jazz cubano. Allí estaban el pianista Chucho Valdés y el saxofonista y clarinetista Paquito D’Rivera. Y allí estaba uno de los trompetistas más virtuosos y espectaculares surgidos en las últimas décadas: Arturo Sandoval. Fue parte del boom del jazz latino en los Estados Unidos, a comienzos de los ’80, en que fue una de las figuras del entonces influyente sello GRP, fundado por Dave Grusin, y motor del género en Miami, donde hasta hace poco regenteó un club por el que pasaron, entre otros, Danilo Pérez, Joshua Redman y Roberta Flack. Sandoval tocará el próximo viernes en el Teatro Gran Rex.

“Yo sé por dónde viene la cuestión”, se anticipa, al hablar de la técnica notable de algunos músicos cubanos. En la conversación telefónica que mantiene con Página/12, él, que asegura no querer mencionar la política, se apresura con las interpretaciones políticas y dice: “Siempre que se habla de la técnica y de lo buenos que son los músicos cubanos es para terminar diciendo que eso es resultado de la dictadura de Fidel Castro, y yo de eso prefiero no hablar”. Cuando se aclara que no, que más bien de lo que se hablaba es del nivel de las bandas bailables en la Cuba republicana y de una musicalidad visible en las tradiciones más populares y que, eventualmente, pasó a través de varias generaciones y viene desde bastante antes de la Revolución, Sandoval retrocede: “Ah no, claro, si es que somos un pueblo bendecido por Dios, yo siempre lo digo. Y no sólo en la música; hemos tenido a un ajedrecista, el mejor de todos, que era un campesino. Capablanca tenía ese talento porque había nacido con él, nomás. Y sí, el cubano es el pueblo musical por antonomasia. Hay que ver cómo tocaba la Orquesta Aragón, o el trompetista Luis Escalante, que es el responsable de que yo haya querido tocar este instrumento. El no fue a ninguna escuela. Y yo tampoco. Yo vivía en un pueblo del campo. Mi familia no podía ser más pobre. Y a los 10 años ya tenía que trabajar para ayudar a mantener la casa. Yo me crié escuchando a los músicos de Cuba: a Caturla, a Roldán. Y nunca tomé ninguna clase hasta hace poco, en que fui a ver a un gran maestro en Los Angeles. El talento y el gusto no se aprende en ninguna escuela. Te los da Dios o no te los da”.

En su visita anterior, en 1992, Sandoval, que había deslumbrado con su música, siempre jugada en una suerte de exhibición asombrosa, y siempre en el filo de lo posible, también tuvo un pequeño traspié por culpa de la política, al saludar desde el escenario al entonces embajador estadounidense, Terence Todman. Y recibir a cambio un fuerte abucheo y algunos gritos de “Viva Cuba”. Rápido para salir del desaguisado, se apuró a salir airoso con un “Claro que sí, viva Cuba”. En esta ocasión, en que tocará en el Teatro Gran Rex, lo hará al frente de un sexteto en el que lo acompañan Manuel Valera en piano, Dewayne Pate en contrabajo, Philbert Armenteros en percusión, Alexis Arce en tambores y Charles McNeill en saxo. “Empecé tocando música cubana, en sextetos de son. Después música clásica. El jazz me llegó de la mano de un periodista que me hizo escuchar una grabación de Charlie Parker con Gillespie. Todavía recuerdo la impresión. Eso me cambió la vida. En ese momento supe que tocaría jazz.” Conoció a Dizzy mucho después. Gillespie había sido un precursor de lo que después se llamaría jazz latino, al tocar con Chano Pozo. Y llegó a Cuba en 1977. Sandoval no sabía una palabra de inglés, pero tenía un Buick del ’51 y Ray Mantilla, miembro de la banda de Dizzy, le había comentado que su jefe necesitaba transporte. Gillespie aceptó el chofer sin saber que a la noche se lo encontraría en el escenario. La banda con la que Dizzy compartiría unos números era Irakere y su inesperado chofer era el mejor trompetista de la isla. Después, Sandoval pasó a formar parte de la banda de su ídolo y, estando de gira, decidió no volver a Cuba. “El gobierno cometió el error de dejarme tomar unas vacaciones fuera del país, así que pedí asilo político y no regresé.” Sus padres, ya ancianos, pudieron viajar dos años después y cruzando en balsa. “Fue muy duro; mi madre se rompió tres vértebras.”

Sandoval ve con ojos (o con oídos) críticos el panorama actual de la música popular pero, a la vez, es optimista con respecto al jazz. “Existe mucha gente con buen gusto y yo tengo fe en que la alternativa se verá cada vez más clara por el lado del jazz. Porque lo demás, lo que pasa la radio, todo lo otro, deja mucho que desear. Lo popular hoy está muy lejos de su época de esplendor. Y claro que la hubo, basta pensar en las canciones de Cole Porter, en Nelson Riddle y sus arreglos para Frank Sinatra, en Michel Legrand. Hoy todo es muchísimo más burdo. Piensen en los tangos. Esas letras. Hay una gran diferencia con lo de hoy en día.” Y también lo esperanza, en particular, la perspectiva del músico latino de jazz. “Si nosotros queremos aprender jazz podemos. Si estudiamos y prestamos atención, podemos tocar como ellos. Ellos, en cambio, no pueden tocar como nosotros simplemente porque no le dedican el tiempo que nosotros le dedicamos. Entonces, para el jazz, lo latino es un toque de distinción. Es algo más y sólo los latinos podemos dárselo.”

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“Somos un pueblo bendecido por Dios, yo siempre lo digo”, apunta Sandoval, cubano residente en EE.UU.
 
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