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Miércoles, 25 de enero de 2006

MUSICA › JUAN NAMUNCURA Y “DE LO PROFUNDO DE LA MADRE TIERRA”

“Esto no es antropología”

Los seis volúmenes temáticos de la caja ideada por el productor sintetizan una investigación bien profunda de las músicas que están sucediendo hoy en las comunidades aborígenes del país.

 Por C. V.

Entre Ushuaia y La Quiaca existen 24 pueblos aborígenes subdivididos en unas mil comunidades. Según Juan Namuncurá, representan el 10 por ciento de la población del país. Un número que no se expresa en términos de publicaciones artísticas, difusión e inserción en el mapa estético nacional, que parece estar restringido a la categoría de patria chica. Esta asimetría motivó que Juan encarara la ciclópea tarea de reunir diversas manifestaciones musicales y compilarlas en un trabajo sonoro sin precedentes. Lo llamó De lo profundo de la madre tierra y consta de seis CD, un libro y un CD-rom. “Es el primer paso. Pensamos hacer cuatro volúmenes más”, dispara este productor, ingeniero y músico de ascendencia aymara-mapuche que nació en Bolivia en 1962, vivió casi 30 años en Villa Regina, Río Negro –donde compuso El Winka Roca, incluido en el film de Ricardo Wullicher La nave de los locos– y se radicó en Capital en 1997. “Poca gente sabe de las verdaderas raíces. Yo no soy un monje de la música para certificarlo, pero sí me doy cuenta de que, por ejemplo, es contradictorio que los folkloristas, teniendo como icono a Yupanqui, jamás hablen de él como un indígena que hacía música quechua”, dice.

Cada CD engloba un rasgo distintivo, cuyo subtítulo sintetiza el contenido: Indígenas urbanos, Sonidos de la quebrada, Cantos al dios sol, Voces y kultrunes, Instrumentos musicales y Ritmos de la selva (ver aparte). Namuncurá, también director del Instituto de Cultura Indígena Argentina, atravesó 18 años de su vida “punteando” músicos por todo el país. “Fue una preproducción larguísima”, afirma. En el camino se encontró con dos faros que le avisaron que una obra así podía ser posible (León Gieco y Leda Valladares) y con otros ejemplos que tenían más que ver con su objetivo artístico: los músicos criollos de MPA, Peter Gabriel, Joni Mitchell y, más acá, la movida indie-electrónica, que mixtura al pop inglés con la música hindú. “Un poco siguiendo esas coordenadas –explica– traté de que mis hermanos pudieran extraer de su corazón la parte más artística y original de sus obras, para que fuesen únicas. Un día, para participar en el ArteBA 2000, los junté y les dije ‘vamos a mostrar lo mejor que tenemos, que no es hacer cerámica en un torno sino como la hicieron nuestros antepasados’. Hay una técnica artística ancestral, con su temperatura propia de cariño y descubrimiento. Y las hicimos exactamente con las técnicas antiguas. Buscamos la misma leña, la misma arcilla, las mismas espinas para dibujar e hicimos obras equivalentes a las que hay en museos. Logramos que no sea un cacharrito de feria artesanal, sino una obra de colección que muchos se mataron por tener.”

La misma impronta nutre los seis discos. Durante el largo camino, Juan se topó con compositores totalmente naturalizados con su aldea, y desplegó un arsenal de alta tecnología para poder registrar no “recortes musicales” sino expresiones sonoras cabales, hermanadas con lo cotidiano, con el contexto. “Mi mirada no es antropológica como la de Leda o Isabel Aretz. Siempre se habla de nosotros en pasado. Siempre fuimos, o estamos allá lejos, relegados y sin posibilidades de nada. Pero no es así. La cultura aborigen es real y presente. El arte de la copla o la baguala está relacionado con la vida actual de la comunidad. No se puede parcializar como una canción de The Beatles, que es atemporal. La música de Carnaval puede tener referencialmente los mismos elementos, pero todos los años pasan cosas diferentes en la vida de cada uno de los participantes”, revela este hombre que, mediando los noventa, formó el dúo Piedra Azul con Miguel Angel Solá y le masterizó Middle of the rounds a los hardcore de Fun People.

–¿Una comparación con la obra de Leda es pura casualidad, entonces?

–Para mí fue un ejemplo de que algo así podía ser posible. Pero ella recopiló desde un punto de vista antropológico. Es una visión europea, arqueológica, basada en la idea de que lo antiguo es lo más cercano a la fidelidad. Bajo esas pautas deberíamos suponer que un vaso con alcohol prendido fuego en la espalda es mejor medicina que una neurocirugía... Leda actuó acorde a su idiosincrasia y a una escuela de investigación musical que no es indígena. Y era lógico que hiciera lo que hizo, fue con su grabadorcito y grabó. Este trabajo es otra cosa.

Otro puntal provino de una referente de la música aborigen patagónica: Aime Paine. La conoció mediando los ’80 en Junín de Los Andes y ella le reveló: “Hace falta gente como vos”. Con los años, una amiga le consiguió un casete en vivo de Paine y Namuncurá depuró el sonido. La cinta contenía tres cantos incluidos en Voces y kultrunes. En el norte –Sonidos de la quebrada– registró a Sacha justo en el momento en que la cantora había mudado su rancho ¡dos veces! Una debido a una inundación, y otra, porque la Municipalidad de Tilcara decidió construir allí un canal de desagüe. “La sesión ocurrió mientras desarmábamos el rancho”, evoca. “Por eso digo que hay que tomar el suceso tal cual es. Si llegás y está lloviendo, por algún motivo es. No creo en una música con prótesis y siliconas.”

La obra también contempla el presente de aborígenes en la ciudad. Indígenas urbanos, en el que participa Juan como autor de música electroacústica, muestra composiciones de Sergio Marihuan, Nahuel Cayuqueo –cantante lírico que Namuncurá quiere juntar con Ricardo Soulé para una versión de Génesis, de Vox Dei, con instrumentación indígena–, Rubén Carrasco y Tonolec, dúo de fusión toba-electrónica. “Ellos tocaron un costado de la expresión indígena al que pocos se animan. Es la expresión cultural más contemporánea que conozco, una parte real del proceso intercomunitario, aún más que Fortunato Ramos tocando el erke con Divididos. La diversidad suma más que restar.” Namuncurá presentará la obra el 3 de marzo, en lo que denomina el “primer festival intercultural”. Más que una presentación, funcionará como nexo con otro proyecto que encarará en febrero y que radica en cruces entre músicos de rock y artistas aborígenes. Allí se inserta el vaivén entre Soulé y Cayuqueo, y también entre Hilda Lizarazu y un coro de niños guaraníes, que se enseñarán canciones recíprocamente. “A principios de los ‘80 no había ejemplos en los que uno pudiera ver una situación explícita indígena. Creo que hoy la cosa ha cambiado”, dice.

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“Hay una visión europea que cree en la idea de que lo antiguo es lo más cercano a la fidelidad.”
 
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