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Viernes, 6 de agosto de 2010

MUSICA › ENTREVISTA A HERNAN GAMBOA, EL REY DEL CUATRO VENEZOLANO

Cuatro cuerdas contienen el mundo

Nació y creció en Venezuela y allí se volvió un referente ineludible del cuatro. Una situación familiar lo trajo a la Argentina: esta noche en el IFT presentará Joropotango, un disco en el que su instrumento se convierte en vehículo de músicas planetarias.

 Por Cristian Vitale

De la aldea al mundo. Nacido en Santo Tomé, un barrio de las afueras de Anzoátegui que casi le besa las orillas al Mar Caribe, Hernán Gamboa lleva 56 años (de 64 total) tocando el instrumento más popular de su país, Venezuela. “A los 8 me dieron un cuatro y no me lo sacaron más”, introduce él, anclado en Buenos Aires y a punto de presentar el flamante Joropotango, un disco que refrenda ese largo devenir geográfico que lo disparó de la aldea al globo. La cita es hoy a las 21.30 en el Teatro IFT (Boulogne Sur Mer 549), y el cuatrista más famoso enumera sus invitados de memoria: Lucho González en guitarra, el ex Quilla Huasi Ramón Navarro en voz, Matías González en batería, su hijo Rodrigo en maracas y el bandoneonista Nicolás Perrone. “Mis nuevos vecinos”, se ríe. “Luego de vivir mucho tiempo en Estados Unidos, armamos las maletas con mi mujer y nos vinimos a vivir acá. Ella es argentina, había sufrido un cáncer muy agresivo y sintió la necesidad de estar cerca de sus afectos. Por suerte todo pasó, pero uno se cansa de tanta grapita verde, y amo este país, incluso el disco nace de un sentimiento acumulado que tengo desde hace años.”

–¿Tantos como su amor por el cuatro?

–Diría que casi. A los 8 años, cuando empecé a cantar, me picó la inquietud por la vía del tango. Mi familia devoraba discos de Carlos Gardel, Julio Sosa y Libertad Lamarque, y mi padre, el cantor Carlitos Gamboa, cantaba tangos. Luego, hacia los años sesenta, se me incorporó la música folklórica a través del primer disco de Mercedes Sosa, que fue boom en toda América y, particularmente, en Venezuela. Oír “Juana Azurduy”, “Alfonsina y el mar” o “Canción con todos” en su voz me hizo acercar mucho más a este país...

Bautizado en su tierra como “El cuatro de Venezuela”, Gamboa es, ante y sobre todo, un globalizador del instrumento típico de los llanos que, cuenta su historia, ingresó a la región en el siglo XVI por la ciudad de Coro, la más poblada por entonces. Y fue pieza inevitable en el desarrollo de los ritmos típicos de la Nación de Bolívar: centralmente el joropo, pero también el pasaje, el corrió, el merengue o el calipso. Gamboa, referenciada autoridad de las cuatro cuerdas, aquilata el mérito de haber inventado una técnica, el rasgapunteo, que transformó al cuatro en un instrumento solista. “Tú sabes que antes el instrumento se usaba sólo para acompañar. Se lo utilizaba, y se lo sigue utilizando en los conjuntos que llevan arpa y maraca. Pero yo, a los 14 años y por una gracia divina que no entiendo, lo transformé en un instrumento solista, como el violín o la guitarra, y a partir de ahí me propuse dos metas: llevarlo por todo el mundo y difundir esta técnica de aplicación.” Los resultados, además de la llegada a la Argentina, se vislumbran en dos discos integradores como Europa en cuatro cuerdas y El cuatro de Venezuela para el mundo, donde el compositor y ejecutante trasvasa a su instrumento piezas populares de las más diversas regiones: China, Arabia, India, Israel y gran parte del continente europeo. “Se puede hacer de todo con esto”, sostiene.

–Tango, chacarera, zamba... de las 18 piezas de Joropotango, más de la mitad son argentinas.

–Es que no puedo evitarlo. Más allá de que mi mujer sea de aquí, siento una profunda admiración por sus músicas, que son muy diversas. Por eso, además de la cosa venezolana que se deja ver a través de clásicos como “Caballo viejo”, “Ansiedad”, “Moliendo café” o “Pueblos tristes”, una canción que cantábamos con Mercedes Sosa cada vez que nos tocaba actuar juntos, me di el gusto de versionar “Mi Buenos Aires querido” o “El choclo”, y de componerle homenajes a músicos que admiro muchísimo como Atahualpa Yupanqui (“La yupanqueña”), Aníbal Troilo (“Tango cuatro a Pichuco”) o de Eduardo Falú a través de “El valazambero”, que es vals mezclado con zamba.

–Un hallazgo, como el de “A Santiago del Estero”, donde mezcla joropo con chacarera. Peteco Carabajal hizo algo parecido con una versión de “Mediterráneo”, de Serrat.

–No sabía el dato, pero son estilos que se pueden fusionar. Incluso, yo he grabado un disco a dúo con Jaime Torres, instrumental, en el que ambos ensamblamos cuatro y charango, allá por mediados de los ’80. Hay mucha información ahí y digamos que fue como una especie de antecedente de Joropotango, un trabajo que, como decía, enfoca y resume un sentimiento acumulado de años.

Gamboa pide un té de hierbas y reafirma que fue por aquel primer disco de Mercedes Sosa que conoció las obras de Falú, Yupanqui, Julia Elena Dávalos o Los Fronterizos, un chapuzón folkloargentino que determinó una situación medular: actuar con Mercedes en el Royal Albert Hall de Londres. “Fue inolvidable... nos acompañó Colacho Brizuela, que es el guitarrista de mi disco. Después vine por primera vez a Argentina para actuar en el Festival de Cosquín de 1982, junto con el grupo Serenata Guayanesa, un grupo que tuve durante quince años y pude conocer en persona a Falú, a Jaime Torres y a Los Chalchaleros.”

–¿Y a Sandro? El dato más llamativo de su disco tal vez sea la versión de “Porque yo te amo”...

–Todo el mundo me pregunta ¿por qué un tema melódico, romántico? (risas)... ¿cómo no hacerla? Sandro ha sido un ídolo de multitudes en Venezuela. Me recuerda mucho a mi juventud, pero no lo he conocido personalmente.

–En ese tema y en muchos más parece que la melodía y el ritmo suenan a la vez.

–Es el rasgapunteo, sí. Cuando grabé el primer disco solista con joropos, valses, contradanzas y calipsos se armó una polémica muy grande en Venezuela, porque causó impresión. Me decían “no es que tú seas espontáneo, sino que son trucos de grabación”...

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Gamboa le dio un nuevo color al cuatro venezolano cuando comenzó a tocarlo con un “rasgapunteo”.
Imagen: Pablo Piovano
 
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