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Martes, 17 de mayo de 2011

MUSICA › MELANIA PéREZ PRESENTARá LA FLOR DEL COMPRENDIMIENTO, EN EL TEATRO MERCADO

Canciones bien guardadas en la memoria

El hermoso tercer disco de la cantante salteña recupera joyas ocultas del cancionero popular, a la vez que les da lugar a los nuevos autores. “El álbum tiene que ver con un regreso a los orígenes”, explica quien fuera parte de Las Voces Blancas.

 Por Karina Micheletto

Pasaron varios años antes de que Melania Pérez se largara a grabar su tercer y precioso disco, La flor del comprendimiento. Pasaron muchos años antes, para que la salteña que es reconocida como una voz fundamental del folklore argentino se largara a encarar su carrera solista, de un modo en que sus altos talento y densidad expresiva parecen inversamente proporcionales a su bajo perfil. Lo cierto es que aquí está, Melania Pérez, con la voz dispuesta para cantar la fiesta de la copla o el grito de la baguala, las sutiles inflexiones de la ternura o el dramatismo, de una manera única. Ahora es posible escucharla en Buenos Aires: el jueves a las 21 cantará en la nueva sala del Teatro Mercado (Lavalle 3177). Allí la acompañarán Walter Veras guitarra, Pablo Vignati en percusión, e invitados como Jorge Giuliano, Pilín Massei y Sara Mamani, entre otros.

Hoy, Melania Pérez vive entre Lanús, donde tiene una “base de operaciones” que se revela necesaria, y Salta, donde tiene “la gran base” que, según dice con la sencillez con que se dicen las cosas importantes, tiene que ver con sus ancestros. “Necesito del mundo que se ve desde esta ventana, me ayuda a entender lo artístico aún más, por la actividad que se puede desarrollar aquí”, dice la cantante, señalando el paso constante de los colectivos por la avenida, desde la ventana de un bar porteño. “Pero no es posible desmembrar esa índole netamente provinciana, y en Salta es donde está mi familia, algunos idos ya... Son ligamentos ancestrales. Saber que tengo mi lugarcito en la Tierra me produce una paz y un sosiego que muchas veces he perdido sin notarlo. Es importante el contacto con las cosas que uno ha vivido de chico, es un llamado de la tierra. No es sólo una manera de decir, es una energía que se percibe, concretamente”.

Lo que Melania Pérez trae para mostrar con su reciente disco La flor del comprendimiento (ByM) es un trabajo entrañable, arriesgado en la búsqueda por un lado, y a la vez íntimamente enfocado al rescate de esas pequeñas canciones que ya parecían perdidas. Con algunas perlas como su versión de “Celedonia Batista”, el tema de Teresa Parodi (“cuando lo escuché pensé: ‘esta mujer es una diabla, puede hacerlo todo’”, halaga Pérez a su colega), o la de “En una barca de amores”, de Violeta Parra (de donde sale el verso que da nombre al disco); o la de “Padre”, la canción de Joan Manuel Serrat que ahora revela conmovedores aires de vidala santiagueña.

“Sucede que a mí toda la música me apasiona –explica Pérez–. Una tiene esos sueños de querer cantar y abarcar otros ritmos, otras regiones de esa música tan bella, tan grande que tiene la Argentina, y a la vez tan distante, porque pareciera que los argentinos nos desconociéramos unos a otros en nuestras músicas. Cada región tiene su particularidad, y yo quisiera poder interpretar un triunfo e irme a una tonada de Cuyo –las tonadas son mi pasión–, o a una milonga como la de Carmen Guzmán, que grabé ahora (“Voy”). El desafío es hacerlo sin descuidar lo oriundo, sin dejar de tocar ese suelo que para mí es sagrado.”

–En su repertorio siempre hay autores nuevos. ¿Lo toma como una preocupación especial?

–Es un compromiso que no puedo dejar de lado, porque así como hay un repertorio maravilloso todavía inédito, o poco conocido, hay una cantidad de talentos jóvenes que también tienen que hacerse lugar, que componen de una manera sorprendente. A mí me maravillan porque traen esa musicalidad que exigen estos tiempos, pero sin dejar de lado el color de estos ritmos. Pienso en Bruno Arias, en Lucho Hoyos y tantos otros que logran un nuevo sonido, pero sin convertirlo en algo híbrido: tienen talento, capacidad y fundamento.

–En este disco también hay muchos viejos temas poco conocidos. ¿Cómo los encontró?

–Había muchos temas que estaban guardados en la memoria, escondidos, temas de autores de los que he tenido la suerte de estar cerca y recibir ese cauce de canciones. Algunos los tenía guardados desde chica, como “Baguala del crespín”, que es muy sencillito y transmite esa ternura del intimismo. O “Romance y vidala para mi río”, que me la dio hace años el autor, Julio Espinosa, diciéndome: “Tome, chiquita, yo sé que usted no le va a cambiar ni una coma”, porque era muy celoso de sus obras. O “La vigilia de Damián”, que es un tema de amor pero que está invocando un drama social, el de ese hombre que sigue en pie, sin demostrar la pobreza que se le acumula en los bolsillos, por dignidad frente a sus hijos. Lo escuché en mi casa por el autor de la música cuando recién había nacido mi hijo, que ahora tiene 34 años. “La honda guatera” es otra que también estaba perdida (una zamba de Arturo Dávalos), se cantaba en las reuniones de Salta, pero no se había grabado, excepto por algo que han hecho Los de Salta. Yo era una de las jóvenes que cantaban en esas fiestas. Por eso digo que este disco tiene que ver con la memoria de uno, con un regreso a los orígenes.

–¿Y de dónde le viene la vocación del canto?

–Indudablemente de mis abuelos, que fueron musiqueros de fiestas familiares en la zona de Metán y Galpón, en Salta. Con mis cuatros tíos tenían una orquesta que tocaba en serenatas o en las carpas que se hacían para el Carnaval. Tocaban al estilo criollo, zambas saltaditas, que no quiere decir que sean rápidas, sino cortadas, acentuadas, como valseadas. Y hacían sonar las guitarras con la yema del pulgar, era un sonido bien distinto. Eso no llegué a escucharlo, pero estoy segura de que ha latido en mí desde pequeña, porque ya en el colegio yo era la que cantaba en las fiestas patrias. Y ya a los 17 años entré a Las Voces Blancas. Para mí aquello fue un deslumbramiento, era estar en la gloria, aun sin tener conciencia de lo que estaba haciendo. Sólo cundía el entusiasmo.

Melania Pérez integró Las Voces Blancas desde 1966 hasta 1971, y tras aquella experiencia que dejó marca en el cancionero, en la época de oro de los grupos vocales, en la década del ’70 formó con su marido Icho Vaca el Dúo Herencia, otra referencia del folklore de calidad. Hubo que esperar muchos años, hasta 2001, para escuchar a Melania Pérez lanzada a su carrera solista, con el precioso Luz del aire. Ella dice que fue un tiempo que le sirvió para nutrirse de Salta, de referentes como Cuchi Leguizamón, Manuel J. Castilla, Eduardo Falú o Chivo Valladares, que aun siendo tucumano formaba parte de esa cofradía de alta música y poesía. De tiempo ganado parece hecha esta voz, este talento y esta personalidad.

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Antes de ser solista, Melania Pérez fue parte de Las Voces Blancas y del Dúo Herencia.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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