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Jueves, 23 de agosto de 2012

MUSICA › APACHETA MUSICAL, UN MONUMENTAL ENCUENTRO EN SAN SALVADOR DE JUJUY

Los sonidos de una tierra que vibra

El contexto del Bicentenario del Exodo Jujeño fue sólo uno de los condimentos para la presentación de un disco doble que aglutina el trabajo de 36 músicos de la Puna. Arriba y abajo del escenario, la ocasión terminó desatando una fiesta inolvidable.

 Por Cristian Vitale

Desde San Salvador de Jujuy

Apacheta, palabra de origen quechua, retumba ancestral y alude a los montículos de piedra que el hombre andino coloca a la vera de los caminos de altura. Su significado es ritual, místico, antiguo. Le pide y le agradece a la Pachamama. Su espacio es un lugar sagrado y muestra a los caminantes de tierra hostil en movimiento. Es plegaria, principio de un viaje, fin de otro, y junto a las piedras (que forman una especie de pirámide en medio de la alta nada) a veces se encuentran botellas, acullicos o huesos. No podía una juntada de músicos jujeños, entonces, nombrar un disco que los aglomere por 36 (36 artistas y 36 temas) con otro nombre que no fuera Apacheta Musical. Y que la tapa sea una loma de instrumentos de la región (todos expresados en el disco) con un cerro detrás y una bandera argentina delante. Tampoco podrían haber elegido mejor momento para presentarlo en público que horas antes del Bicentenario del Exodo Jujeño, mojón combativo clave de las guerras de la independencia. “Todo un pueblo se movilizó detrás de un sueño que fue la libertad, artesanos y campesinos que tuvieron que quemar todo lo que no pudieron llevar... por eso le dejo el aporte del ‘Himno a Jujuy’ a este pueblo. El del Exodo es el mismo sueño de libertad que tenemos nosotros a través de esta Apacheta Musical”, dice Memo Vilte, apellido de lucha, y puntal de la música del NOA.

A doscientos años de la gesta del Ejército del Norte, entonces, San Salvador luce de fiesta. Hay un desborde de jujeñidad. Las plazas están llenas de fanfarrias, gente, bombos, quenas y charangos. Tres de cada cinco pibes de escuela están vestidos como los aguerridos gauchos de Belgrano y Díaz Vélez, y se espera con intensidad la llegada de la Presidenta (que finalmente suspenderá la visita, ver sección Política), y la quema simbólica de chozas y objetos para mantener presente en el imaginario la tierra arrasada que evitó una victoria de los godos en aquel agosto de 1812. Todo pasa en simultáneo. Y la presentación oficial del disco, previsto para las de la conmemoración, prevalece por su convocatoria. El Centro Cultural Manuel Belgrano, el inmenso galpón donde antes funcionaba la estación de trenes, está colmado. Empanadas, tamales, coca en abundancia y vino tinto son el plafón comestible y bebible de un festival ciento por ciento jujeño. No subirán los 36 que grabaron la Apacheta Musical, pero sí algunos de sus principales referentes.

El mismo Vilte, por caso. Hombre de Purmamarca, jujeño hasta las patas y voz potente que levanta a la masa de un grito (el “Himno a Jujuy”) y tienta al baile con “Mi dulce veneno”, su hit. O promesas como Italo Iván Ramos, joven referente de Abra Pampa (la Siberia argentina) que le escribe canciones a la soledad de la mujer de la puna. O Daniel Vedia, viejo maestro del bandoneón que, combinado con bombo legüero y guitarra, da un sintético pero acabado muestreo sincrético del sonido NOA. O el grupo Pakto y sus tinkus que regocijan a la pacha, Micaela Chauque, voz monumental –fina y cruda– que estremece, también las zambas románticas de Los de Jujuy, Coroico –especie de Auténticos Decadentes del norte– y Gallega, muy buen grupo de rock en la vena de Divididos cuya versión power de “Tonada de Remedios” –erke incluido– marca una de las instancias álgidas de la noche.

Las otras, claro, devienen de Tomás Lipán y Bruno Arias. Dos franjas generacionales que confluyen en una misma intención: una especie de suma condensada de la Apacheta Musical, dicho de otra forma. Lipán, el hombre de la cuesta, recrea “Caña mía”, enfervoriza con una versión sanguínea de “La Yaveña” y se funde con el erke lisérgico y atemporal de Fortunato Ramos –otro prócer de la región– para generar el momento más conmovedor del convite. Arias, el changuito volador, desembarca en escena cuando las velas arden y acompañado por su banda viajera y el Ballet Municipal de La Quiaca (cuarenta bailarines que bajan del norte especialmente para su recital), le da una mano al indio, “Coya en la ciudad” mediante... un réquiem contra la discriminación interna. “Me emociona que se difundan tantos artistas jujeños y poder cruzar las fronteras del folklore con el rock, dejar de lado eso de si sos gaucho, o coya, o de la ciudad, ¿no?, porque siempre se ha discriminado a la gente de la Puna. Es un gran cambio y yo lo relacionaría con el Exodo en el sentido de que muchos de los que están en este disco tuvieron que irse de Jujuy por no tener oportunidades, o incluso durante la dictadura, y la involución que sufrió la cultura con las listas negras”, dirá el compositor y guitarrista en un aparte con Página/12 y pondrá una coda a la historia. “El Exodo no es tan bonito como todos piensan... mucha gente se fue obligada y mucha se quedó y transó con el Alto Perú y se adueñó de muchas tierras... son los de doble apellido que corrieron al mismo Belgrano a punta de fusil.”

El resto de los artistas (José Simón, Gustavo Patiño, Humahuaca Trío, La Cangola Trunca, Jaime Torres, Tukuta Gordillo y Capi Nieva, entre más) no aparece en escena, pero está. Los contiene este CD doble ideado por Juan Acosta –cantante y guitarrista de Gallega–, editado por S–Music y solventado por el municipio de San Salvador, cuyo objeto es reunir músicos jujeños sin distinción de género y generación en un catálogo común y, contacto directo con el artista incluido, desparramar sus sonidos hasta Ushuaia para –según dicen– ubicar a la música jujeña en el lugar que, tal vez como una alegoría del Exodo aquel, nunca debería haber perdido.

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Desborde de jujeñidad: las plazas estuvieron llenas de fanfarrias, gente, bombos, quenas y charangos.
 
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