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Viernes, 9 de noviembre de 2012

MUSICA › DANIEL SBARRA, GUITARRISTA DE VIRUS, REPASA SU HISTORIA

Toda la vida tiene música

Vio a Led Zeppelin y a Pink Floyd en Londres y grabó con Miguel Abuelo en París, pero encontró su lugar junto a los Moura.

 Por Roque Casciero

Daniel Sbarra llevaba varios años viviendo en París y Federico Moura, que ya era el cantante de Virus, había ido a visitarlo. Pero las comunicaciones por aquellos días eran a través de cartas y Moura ya había partido cuando llegaron a su casa las coordenadas del guitarrista. No existía manera en el mundo de que estos dos viejos amigos, que habían sido parte de Dulcemembriyo en La Plata, se encontraran en una urbe tumultuosa como París. Pero Sbarra iba sentado en el metro cuando sintió unos golpecitos en el hombro: ahí estaba Moura. “¡Fue maravilloso!”, se asombra aún hoy el violero. “Pasamos cuatro días en los que no paramos un segundo.” Al poco tiempo, durante un viaje de Sbarra a la Argentina, el cantante le mostró Recrudece, el segundo álbum de Virus, y le insistió a su amigo para que pegara la vuelta. “El quería que yo me integrara a la banda y con ese disco me convenció, aunque tardé un año y pico más en regresar.” Una vez instalado en Buenos Aires, Sbarra aportó su guitarra a Virus desde las presentaciones de Relax y ya no dejó el grupo, excepto por el parate tras el fallecimiento de su amigo Federico. Y ahí sigue, junto a Julio y Marcelo Moura, al frente de una banda con más de treinta años de trayectoria y con un bagaje de clásicos inoxidables. Esos que podrán apreciar en vivo una vez más quienes acudan hoy a las 23.30 al ND/Ateneo, Paraguay 918: Virus cierra la gira por los treinta años de su debut, Wadu Wadu.

Pese a la inmediata identificación de Sbarra con Virus, el guitarrista ya tenía una larga trayectoria cuando volvió a la Argentina. Había partido con una ambición concreta: ver a las bandas que lo volvían loco. Por eso se embarcó –literalmente– rumbo a España, donde pasó un par de meses viviendo como podía. “Estaba el mito de que llegabas, trabajabas un par de meses de lavacopas y te comprabas el pasaje de vuelta”, recuerda el guitarrista. “¡Mentira! Nunca fue así... Todo valía un disparate, así que a la semana tenía cero plata. Empecé a tocar en la calle, pero no sabía bien dónde. Un día dormía en un hotel, otro en una plaza... Con unos amigos habíamos comprado unos contratos de trabajo de lo que saliera en Inglaterra y a mí me tocó en la Isla de Wight. ¡Crucé la frontera con media libra esterlina! Y en cuanto tuve algo de plata, me fui a Londres a ver a todos los grupos que me gustaban en esa época: Led Zeppelin, Frank Zappa presentando 200 Motels, Pink Floyd presentando Dark Side of the Moon, Santana, The Who con Tommy y sin Tommy, Uriah Heep, Black Sabbath, Steppenwolf, Jeff Beck, Deep Purple cerrando la gira de Made In Japan, el Festival de Reading con los Faces, Ten Years After, Status Quo y Robert Palmer... Se suponía que tenía que volver porque me había tocado el servicio militar, pero cuando llegué ahí no me importó ser desertor ni nada.”

–Si había ido a ver bandas, claramente consiguió su objetivo.

–Sí, y mientras tocaba en algunos lugares y trabajaba de heladero en la puerta de una galería. Después de un año en Inglaterra, me fui a París y ahí me quedé. Tenía 19 años, así que mi vida adulta la empecé allá. A esa edad no sabés si vas a poder vivir de la música. Pero me largué a eso, no me importaba nada. Y si tenía que dormir en una plaza, todo bien. La peleé desde ese lugar. Y, bueno, ¡salió bárbaro!

–En París conoció a Miguel Abuelo y grabó en el mítico álbum Miguel Abuelo et Nada.

–Había lugares de encuentro en el barrio latino y Miguel estuvo hablando de que necesitaba un guitarrista, entonces le dijeron que me llamara. Un día me llamó y me dijo: “Estoy grabando un disco solista, necesito que vengas a hacer los solos, si querés”. Ahí lo conocí, con su personalidad realocada... Me dijo: “Mirá, yo grabé estos solos, si vos los superás, quedan los tuyos”, mientras se agarraba el pelo y lo estiraba. Miguel era... ¡una hecatombe! Cuando empezamos a grabar, él se recopó, y en un alto que hicimos, después de haber grabado casi todos los solos, me dijo: “Che, si hacemos un grupo, ¿no te copás?” Le contesté que sí, claro, y entonces él lo miró al productor y le dijo: “Moshe, esto no va más, vamos a armar un grupo”. ¡Ya había grabado veintidós temas! El tipo se agarraba la cabeza.

–La historia dice que el productor Moshe Naim era un multimillonario.

–No, él no era millonario, se creó ese mito. En realidad, el hermano era el que le bancaba todo –con cierto límite–, pero este tipo avasallaba, porque tenía una idea artística y filosófica de lo que quería hacer con su sello. Y estaba enamorado de la voz de Miguel, le parecía el mejor cantante de la historia. Quisimos editar ese disco acá en 2001, pero justo estalló la crisis y se pinchó todo. Pero seguirá siendo un trabajo que quiero muchísimo.

–¿Y cómo siguió hasta su regreso a la Argentina?

–Después de presentar ese disco con Miguel trabajé mucho tiempo con el quenista Uña Ramos, hicimos giras por todo Europa y por Africa. En una época fui el sparring de Mercedes Sosa, porque ella vivía en París y su guitarrista, en España; entonces ensayaba conmigo y para los shows venía su guitarrista. Después toqué con Anacrusa, entre otras bandas. Pero a mi mujer y a mí ya nos estaban cansando cosas de allá... Y entonces Federico me mostró Recrudece.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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