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Sábado, 16 de febrero de 2013

MUSICA › EN LA ARGENTINA NO SE CONOCE A LOS ARTISTAS DE ESTE SIGLO

En el campo de la música clásica, el mundo es ancho y ajeno

Un estudio reveló que el público local que asiste a conciertos tiene por grandes directores a tres que murieron hace más de dos décadas. Nada extraño si se tiene en cuenta que es casi imposible conseguir discos del género y no existen revistas especializadas.

 Por Diego Fischerman

Nunca hubo tan poco y, al mismo tiempo, jamás hubo tanto. Pero, claro, no se trata de lo mismo. O, por lo menos, no necesariamente son los mismos los que nada encuentran por un lado y los que se regodean por el otro. Se habla, de manera repetida, de la crisis del disco. Y, claramente, de las disquerías como bocas de expendio, sobre todo en plazas con mercados muy pequeños como la Argentina. Se sabe, también, que esto no implica obligatoriamente una debacle proporcional en la circulación de la música grabada. Independientemente de cuál sea el soporte del sonido y de las formas en que se comercialice (o se piratee), el consumo de música grabada parece haber incluso aumentado. De un lado, muchas disquerías están vacías o cierran. Del otro, Internet simula una especie de Alejandría infinita donde todo lo que fue alguna vez registrado está disponible de alguna manera. Esa es la teoría. En la práctica, las cosas son un poco distintas.

En un sentido, los mecanismos virtuales, que las compañías discográficas apenas están comenzando a intentar comprender, por ahora son absolutamente subsidiarios del disco tradicional. Es decir: para que algo pueda bajarse o comprarse por la red primero tiene que haber sido publicado por alguien, sobre todo en el caso de los repertorios que implican producciones ambiciosas. Es cierto que un músico solitario o un grupo de amigos puede juntarse para hacer un proyecto que circule exclusivamente por redes sociales. Y, también, que un grupo de pop o rock suficientemente famoso puede poner algo en la red y confiar en que su mero nombre convoque a los compradores que acabarán financiando el proyecto. Pero tal cosa es imposible para una orquesta sinfónica, para el registro de una ópera o para la grabación de cualquier obra que demande un instrumental complejo y altas capacidades interpretativas. Con ese panorama, si fuera cierto que las grandes compañías acabarían cerrando, Internet, en poco tiempo, se convertiría en un sofisticado museo de lo ya editado y no tendría nada nuevo que exponer, por lo menos en los territorios de las músicas artísticas, tanto de la tradición popular (y es que habría allí poco lugar para un nuevo Gismonti o para futuros Yupanqui, Piazzolla o Chick Corea) como de la clásica.

Pero, además, una simple comparación entre los nombres que asoman en los premios más importantes del mundo y en las encuestas entre críticos de las revistas especializadas estadounidenses y europeas, y la información con la que cuenta el melómano argentino medio, lleva a pensar en otras cuestiones. Un trabajo de investigación reciente, realizado por alumnos de una institución educativa porteña, mostraba que para el público de música clásica que asistía habitualmente a conciertos los grandes directores de orquesta seguían siendo Herbert von Karajan (fallecido en 1989), Leonard Bernstein (muerto un año después) y Karl Böhm (cuyo deceso fue en 1981). Ninguno de los nombres importantes de las últimas décadas eran registrados. Ni Mariss Jansons, ni Osmo Vänskä, ni Antoni Wit, ni Antonio Pappano figuraban entre los elegidos. Esa-Pekka Salonen, Simon Rattle, Michael Tilson Thomas e incluso Gustavo Dudamel eran referencias laterales y minoritarias. E incluso figuras sumamente consagradas (y hasta cercanas al retiro) como Claudio Abbado, no llegaban a ser suficientemente consideradas.

La obvia excepción era, por supuesto, Daniel Barenboim. En el caso de los instrumentistas y cantantes la situación es similar. Recitales de grandes artistas como András Schiff, Joyce Di Donato, Hilary Hahn e incluso Renée Fleming no llegan a convocar proporcionalmente a su trascendencia en el mercado actual a un público que, salvo por las transmisiones de los canales de televisión de cable extranjeros, si no tiene la fortuna de viajar posee posibilidades muy escasas de estar informado de las novedades. Y es que si en Internet está todo, en realidad sólo lo está para el que ya sabe dónde y qué buscar. El democrático espacio de las vidrieras de las disquerías ha desaparecido y, por otra parte, no existen medios especializados, las revistas extranjeras no circulan más que entre los muy pocos que están suscriptos y los periodistas locales (que en general son víctimas de las mismas carencias informativas) sólo comentan los discos que llegan a sus manos lo que en la práctica significa casi nada. Las oficinas argentinas de las grandes compañías han cerrado o reducido a su mínima expresión los departamentos dedicados a la música clásica y el jazz. Y, si en el caso de este último género, la propia curiosidad del público y los músicos, un festival como el de Buenos Aires que hace bastante por poner en circulación nuevos nombres y, sobre todo, una disquería, Minton’s, que funciona como una verdadera cantera y fuente de información y discusión, en el caso de la música clásica el paisaje es desértico.

La única excepción es el impresionante catálogo del sello Naxos que, más allá de las dificultades de actualización y reposición, con cierta regularidad es importado por la disquería Zival’s. Allí, por ejemplo, pueden encontrarse varios de los títulos recomendados por una suerte de revista crítica virtual, Classics Today, que califica tanto los méritos de las obras y las interpretaciones como de la técnica de grabación. Entre los calificados con un doble 10, vale la pena buscar los volúmenes con música orquestal de Krzysztof Penderecki, la Sinfonía Turangalila de Olivier Messiaen y la Misa Glagolitica y la Sinfonieta de Leos Janacek, con dirección del polaco Antoni Wit, y los notables dos volúmenes editados hasta ahora con cuartetos para cuerdas de Paul Hindemith, por el Cuarteto Amar. Todo lo demás, inclusive lo publicado por majors como Warner, Sony o Universal, debe buscarse en disquerías virtuales (que, para peor, han aumentado su servicio de correo a un precio que, en muchas oportunidades, supera el del mismo disco). Salvo Cecilia Bartoli y algún álbum de Plácido Domingo, casi nada llega a estas playas. Incluso el último disco de la argentina Sol Gabetta, en dúo con la pianista Hélène Grimaud –que ganó en 2012 uno de los Diapason d’or del año, de la revista francesa Diapason– es aquí un rareza.

Hasta los Grammy clásicos –un premio otorgado por la propia industria, no hay que olvidarlo– reconocieron en su reciente entrega a discos parejamente ausentes de estas tierras: entre otros, el dedicado a música de John Adams por Michael Tilson Thomas al frente de la Sinfónica de San Francisco (editado por el propio sello de la orquesta, SFS), El anillo del nibelungo de Wagner en la versión de la Metropolitan Opera Hore, con dirección de James Levine y Fabio Luisi (Deutsche Grammophon), música para viola sola de György Ligeti y György Kurtag, por Kim Kashkashian (ECM New Series), y Fonogrammi, Concierto para corno, Partita, El sueño de Jacob y Anaklasis de Penderecki, con dirección de Wit (en Naxos; también 10/10 para Classics Today) y un disco con conciertos de Einojuhani Rautavaara, interpretados por Truls Mork, John Storgards y la Filarmónica de Helsinki (Ondine; también premiado con el Gramophone Award en la categoría composición contemporánea).

Esta revista inglesa, en su entrega de noviembre de 2012, también galardonó a Arias for Guadagni, del contratenor Iestyn Davies (Hypèrion), las Suites orquestales de Johann Sebastian Bach, por la Freiburg Baroque Orchestra dirigida por Gottfried von der Goltz (Harmonia Mundi), las Musicalische Exequien de Henirich Schütz, por el grupo Vox Luminis, que conduce Lionel Meunier (Ricercar), las obras completas para trío con piano, de Robert Schumann, por Christian Tetzlaff en violín, Tanja Tetzlaff en cello y Leif Ove Andsnes en piano (EMI), los Conciertos para violín y orquesta de Ludwig van Beethoven y Alban Berg, por Isabelle Faust como solista junto a la Orquesta Mozart, dirigida por Claudio Abbado (Harmonia Mundi), Songs of War, del barítono Simon Keenlyside acompañado al piano por Malcolm Martineau (Sony), las 6 Sinfonías de Bohuslav Martinù por la Orquesta de la BBC conducida por Jiri Belohlávek (Onyx), la música sacra de Tomás Luis de Victoria por el Ensemble Plus Ultra que dirige Michael Noone (Archiv), Fidelio, de Beethoven, protagonizada por Nina Stemme y Jonas Kaufmann;, con dirección de Claudio Abbado (Decca) y música de Fréderic Chopin, Franz Liszt y Maurice Ravel por el joven pianista Benjamin Grosvenor (Decca, también premiado con un Diapason D’or del año).

Otros discos ungidos recientemente con el doble 10 de Classics Today fueron, por su parte, la grabación de Leila Josefowicz del Concierto para violín y orquesta de Esa-Pekka Salonen, dirigido por su autor (Deutsche Grammophon), la reedición de los Conciertos para piano y orquesta de Mozart, por Andras Schiff como solista y con la dirección de Sándor Végh (Decca), American Mavericks, un álbum extraordinario donde Michael Tilson Thomas, al frente de la Sinfónica de San Francisco y en el sello propio de la orquesta ofrece Synchrony y el Concierto para piano de Henry Cowell, el Concierto para órgano con orquesta de percusión, de Lou Harrison, y Amèriques, de Edgar Varèse (el disco también fue galardonado con el Diapason d’or), el Alessandro de Händel protagonizado por el contratenor Max Emanuel y dirigido por Georges Petrou (Decca), la sorprendente grabación de Floresta da Amazonas, de Heitor Villa-Lobos por la Orquesta Sinfónica de San Pablo, publicada por el sello sueco Bis y la multipremiada (Diapason d’or y Elección mensual del editor de Gramophone) música sinfónica de Claude Debussy, por la Orquesta Nacional Real de Escocia, dirigida por Stéphane Denève (Chandos).

Si se tomaran estas ediciones como una muestra de los nombres significativos en el campo de la música clásica actual, podría inferirse un verdadero recambio generacional, con una mayoría de artistas surgidos en la última década. Un paisaje casi desconocido en la Argentina, donde todavía el otoñal Plácido Domingo es más importante que Jonas Kauffman, en el que aún no brillan Sol Gabetta e Isabelle Faust, y en el cual Salonen, Penderecki, Adams, Cowell o Rautavaara –e incluso Stravinsky, Varèse o Villa-Lobos– están muy lejos de formar parte del repertorio.

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