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Lunes, 18 de febrero de 2013

MUSICA › CARLOS MOSCARDINI, GUITARRISTA VIRTUOSO Y DOCENTE BONAERENSE

“La música es conflicto”

El músico sostiene que la conflictividad entre los opuestos “genera movimiento”. Y dice que en el plano artístico “es necesario que la música argentina se conecte con otras músicas para producir cosas nuevas”.

 Por Sergio Sánchez

Todo hecho artístico es inseparable de su contexto cultural. Y eso lo sabe bien el virtuoso guitarrista y docente bonaerense Carlos Moscardini. Su obra está atravesada por las músicas que formaron parte de la banda de sonido de su vida. El día a día de Moscardini sucede en Temperley. Allí, donde nació y se crió, desarrolló una notable carrera como compositor, intérprete y docente de música criolla para guitarra, que lo llevó a participar en festivales, concursos y seminarios sobre el instrumento, y a colaborar con músicos como el brasileño Vitor Ramil, con quien grabó Délibáb. A fines del año pasado, Moscardini editó Silencios del suburbio (2012), su tercer disco solista, un bello trabajo que hace “pie en la base folklórica de la música argentina”, desde el tango hasta la milonga. “El suburbio es una pampa asfaltada”, sentencia, a modo de resumen de la extensa charla con Página/12, en la que, entre otras cosas, aprovecha para teorizar sobre el silencio, el valor de los opuestos y la raíz cultural del conurbano bonaerense. Aunque se aboca a la música instrumental, Moscardini demuestra soltura y lucidez en el arte de las palabras y las ideas. En el disco, sólo canta la huella “Campo nuestro”, basado en un poema de Oliverio Girondo. “Pinta como nadie el sentido de la tierra, del campo”, dice.

–¿Qué sentido le da al suburbio en su disco?

–El suburbio siempre estuvo relacionado con el tango. La palabra suena a tango, pero en realidad cambió el concepto. El suburbio antes era La Boca, Pompeya, zonas portuarias. Inmigrantes que se establecían por ahí cerca. Pero hoy el suburbio está súper extendido. Ya no es un borde, sino que es una región importantísima, porque tiene millones de personas. Es tremenda la cantidad de expresiones musicales que hay en el suburbio. Se cocinan millones de cosas. El conurbano tiene el tango y la milonga como algunos componentes históricos, pero hoy las bailantas son una realidad. Otro componente es el folklore, que pegó en la década del ’60, particularmente a mi generación. Las expresiones de músicos de jazz y rock también son realidades en el conurbano. Eso también está en la Capital, pero es un lugar de paso, la gente va a trabajar ahí. La ciudad de Buenos Aires no está generando, como en la época del tango, una identidad tan marcada. Es cosmopolita. Salvo expresiones muy under y excepciones como Ramiro Gallo, que participa en este disco, y gente que está haciendo con el tango cosas muy interesantes. Pero en general no hay una movida de compositores y búsquedas nuevas con el tango. Hay una atadura a Piazzolla. En cambio, el suburbio tiene esa condición de haber recibido el tango, la milonga, los ritmos camperos, el folklore que vino de todo el país. Fue muy fuerte para nosotros. Acá todo el mundo tenía una guitarra y cantaba zamba o rock. En el suburbio hay un montón de propuestas, gente que está haciendo cosas interesantes, pero también hay cuestiones vinculadas con una confusión de valores. Salís a la calle y te encontrás con gente en carne viva. Hay un tema cultural complejo en el suburbio. Y hay ruido y bullicio. Pero debajo de todo eso hay una historia suburbana. A nivel de difusión hay un silencio. Entonces, el disco habla de ese silencio del suburbio. Pero, por otro lado, también habla de revalorizar el silencio.

–¿Por qué buscó revalorizar el silencio?

–El silencio no es la nada. La ausencia del sonido está diciendo algo. Pienso que muchas veces el silencio habla más que el sonido. El silencio, la pausa cuando uno conversa, contribuye al mensaje. Me interesa revalorizar el mensaje. El silencio está subestimado. Parecería que no se soporta la pausa. Y no hay que olvidarse de que el sonido está compuesto por el silencio también. Porque el sonido es vibración. Y la vibración es la cresta de la ola y en un momento hay silencio. La vibración consiste justamente en un momento de tensión y otro de relax. De eso se conforma el sonido. Eso también lo relaciono con el concepto de los opuestos. Los opuestos son necesarios para convivir. Es necesario que haya oposición, contrapartida, alguien que opine diferente. Porque eso genera el conflicto. Y la música es conflicto. La música me enseñó a comprender el valor del conflicto. Pero no el conflicto por el conflicto. Sino que eso genera movimiento. En la música tenemos la escala musical, que está compuesta por siete sonidos. Hay uno de esos sonidos que es el que genera conflictos. Para que haya conflicto tiene que haber algo que se oponga a lo que está establecido. No por rebeldía sino como cuestionamiento. Para mí eso es fundamental. Y el tema del silencio y el sonido aparecen como opuestos pero en realidad no son enemigos. Son amigos, se necesitan, se complementan. El conflicto no necesariamente tiene que ser negativo, muchas veces puede ser positivo. Sirve para construir. Cuando uno no soporta que el otro piense distinto, entonces ahí sí hay un problema. Pero cuando uno piensa diferente del otro y se genera el debate, si hay buena disposición, seguro que de eso sale algo positivo. La necesidad de ir hacia adelante.

–¿Cómo se aplicaría esa idea a la música argentina?

–Es necesario que la música argentina se conecte con otras músicas para generar cosas nuevas. Yo soy un defensor de la tradición. Es más, tengo mi disco Buenos Aires de raíz (2005), de músicas que fueron dejadas de lado. Sólo fueron conservadas por los tradicionalistas, cosa que está bien, pero vos no podés quedarte sólo con la tradición. Tiene que haber gente que sostenga la tradición pero también que la reanime. Que le introduzca elementos nuevos para que eso no se muera. Entonces, en ese disco, a mí me interesó trabajar sobre esa música que para mí es maravillosa. Y ponerle mi impronta. El disco tiene que ver con la música pampeana: milonga, cifras, estilos, huellas, malambo, gato bonaerense. Todas quedaron enmarcadas en músicas tradicionales pero también dan para mucho. Son músicas bellísimas, que tienen mucho para dar todavía. Me parece que eso debería ocurrir en toda la música argentina: jugarse a poner la historia de uno en la música que hace. No tener miedo de eso. Si uno es sincero, seguro va a salir algo genuino.

–Entonces, también es necesario poner en conflicto lo tradicional para construir...

–No está mal la tradición, pero tampoco están mal las búsquedas, los nuevos elementos que van apareciendo en las culturas. Argentina está llena de dueños. Los dueños del folklore, los dueños de la milonga, del tango. Y eso no está bien. Si algo está hecho con respeto, por alguien que lo está haciendo con conocimiento, hay que apoyarlo. Si no hubiéramos pensado así en el tango no hubieran existido un Horacio Salgán o un Piazzolla. Hay que conocer para poder proyectar. Sobre esos conceptos laburo mi música, tratando de no tener prejuicios. No importa si es jazz, rock, música brasileña, académica o popular. Yo tengo esperanza en lo que está ocurriendo por debajo, lo que hoy está en silencio. Lo que aparece silenciado en los medios es muy fuerte y en algún momento va a salir a la luz. Por supuesto, en los medios se manejan con las reglas del mercado y el hecho artístico sucede por otro lado.

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Moscardini publicó a fines del año pasado Silencios del suburbio, un bellísimo CD.
Imagen: Bernardino Avila
 
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