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Miércoles, 20 de febrero de 2013

MUSICA › DANIEL NAKAMURAKARE HABLA DE SU áLBUM DEBUT, REFLEJOS DE MúSICAS ARGENTINAS

El comienzo de una apasionante búsqueda

El bajista es descendiente de japoneses, pero conocedor de los sonidos de su tierra natal, la Argentina. Y lo demuestra que haya tocado con Dino Saluzzi, Cuchi Leguizamón, Rubén Juárez y Eladia Blázquez, entre otros. “Me siento un inconformista”, asegura.

 Por Cristian Vitale

Tal vez sea un gen japonés disuelto en la argentinidad. Tal vez, lo indómito. Daniel Nakamurakare, bajista, contrabajista, arreglador y compositor de largo aliento –Dino Saluzzi, Cuchi Leguizamón, María Creuza, Rubén Juárez y Eladia Blázquez, entre sus aportes– acaba de editar un tan fino como ecléctico disco debut: Reflejos de músicas argentinas. Reflejos que, en música, significan aires: aires de tango, de chacarera, de baguala, de zortzico o de milonga. “Elegí estos géneros simplemente por haber nacido en la Argentina”, explica sintético, en la posdata que cierra el texto de la solapa interior del disco. Y desarrolla ante Página/12: “Lo que más me apasiona de esta búsqueda es encontrar un lenguaje no en el sentido de unificar todo, porque me da la sensación de que eso es imposible, pero sí de sentirme lo más representado posible por estas músicas. Los géneros están reflejados por algo que no es un espejo, sino algo más difuso: un reflejo deformado del género original. Por eso utilicé modelos de músicas muy conocidas para nosotros y las traté con recursos de otras músicas”. Bajo tal marco conceptual se engloban las diez piezas –todas propias e instrumentales– que este descendiente de japoneses expone en su trabajo editado por el sello Shagrada Medra. Diez piezas de las cuales seis llevan como nombre la fecha exacta en que terminó de componerlas. “Me cuesta definir nombres, porque a veces ellos determinan lo que espera el oyente, y no quería condicionar con un título, entonces opté por poner nombres más técnicos o que directamente no tengan nada que ver con la música”, se ríe.

–El 15 de diciembre de 2009, por caso, terminó de hacer el zortzico libre...

–Sí, raro, ¿no? El zortzico es una danza vasca, creo. Vino junto con el minué, la bailaban nuestros próceres y tiene la particularidad de que es en cinco. No sé, las personas somos como somos... Hay personas que tienen la suerte de decir “me gusta tal estilo” y lo siguen toda la vida. Eso es bárbaro, pero a mí no me sale. Ojo: no lo vivo como una tortura, mi naturaleza debe ser estar constantemente buscando y modificando cosas. Así apareció la idea de hacer un zortzico, que es un estilo como perdido, poco usual.

Formado en música clásica y curtido en un sinfín de músicas populares, “Naka”, como lo llaman, ha tocado bien cerca de referentes clave de la música popular argentina. Fue, por caso, bajista del Cuchi Leguizamón y el Chango Farías Gómez durante “Memorial de los cielos”, el ciclo de recitales que unió a ambos cracks de la MPA en el Teatro La Capilla, hace casi treinta años. “Antes de tocar cada tema, el Cuchi contaba de dónde había salido y de quién se hablaba: la viuda era una viuda del barrio de él, y así. Resultaba tan ameno y plácido que parecía que uno estaba tocando en el living de una casa, tomando un vino y comiendo un asado. Fueron conciertos amenos y relajados, y creo que hay una deuda con él y también con el Chango, que fue otro genio. Los músicos los reconocemos, pero deberían estar más instalados en el pueblo”, dice.

–Algunos de ellos optaron por un estilo definido y lo desarrollaron, excepto el inquieto Dino Saluzzi, a quien acompañó una vez desarmado el grupo La Alfombra. ¿Podría intuirse que es su principal referente?

–Tal vez, porque Saluzzi fue y es un gran buscador. Por el tipo de música y tránsito que tiene, me doy cuenta de que su búsqueda es ecléctica: tocó tango, folklore, jazz... Es un inconformista, y así me siento yo, porque hay una cantidad de cosas que es muy difícil amalgamar. La parte que más me gusta de la creación es la diferencia que hay entre encarar una música clásica y una popular porque, más allá de que las notas y los instrumentos son iguales, el enfoque difiere tanto que parece que se convierten en cosas distintas.

–¿Ha influido su ascendencia japonesa en esta personalidad musical ecléctica?

–Puede ser. Tal vez esté buscando una síntesis entre el hecho de vivir acá y tener dentro algo que proviene de otra cultura. No sé, mi vieja no era tradicionalista, no me contacté con la colectividad a través de ella porque no tenía amigos músicos, pero mi viejo tocaba el shamisen (instrumento japonés de tres cuerdas) y tenía un repertorio de Okinawa, que tocaba en fiestas. Después, cuando escuché a los monjes del Tíbet, las gamelang y otras músicas étnicas, incluido el folklore argentino muy antiguo, el jazz, la música electroacústica y el tango, bueno, no me resultó fácil elegir un camino... Es esto lo que representa el disco: el comienzo de una apasionante e interminable búsqueda.

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Daniel Nakamurakare busca encontrar un lenguaje propio.
 
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