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Martes, 22 de octubre de 2013

MUSICA › ABEL PINTOS, EL CANTAUTOR MáS POPULAR DEL MOMENTO

“Me gusta crear sin tener que ponerme límites de género”

El músico bahiense dice que prefiere ver al flamante Abel, sucesor del exitoso Sueño Dorado, como un punto de partida, más que como un punto de inflexión. Lejos ya del folklore puro, Pintos señala que este camino “se asemeja al paso de la adolescencia a la adultez”.

 Por Cristian Vitale

Tres flamantes gardeles, disco del año, triple platino, cinco Luna Park llenos, siete Opera a igual efecto y gira total. Así sumado, todo junto y como resultado de Sueño Dorado, su anteúltimo trabajo a la fecha, el presente inmediato de Abel Pintos deviene rimbombante, concluyente, satisfactorio. Ideal, en términos numéricos. Perfecto, para quien busca reconocimiento masivo. Campeón, en la cosa estadística. Acorde, y sin contradicciones, con sus pretensiones. “Para mí es genial esto porque, como músico, desde el primer día busqué que me den bola, y hoy me está pasando eso”, apuntala él, con el sucesor de Sueño Dorado (que se llamará Abel) apenas empezando a rodar. “Puedo llevar esto más que bien porque, es cierto, la atención del público o de los medios de comunicación uno la puede ver como exposición o como espacio. Y para mí que usted esté acá significa un espacio para poder contarle a un montón de gente lo que estoy haciendo. Y que un montón de gente vaya a los conciertos o compre mis discos es un espacio enorme que busca todo músico para desarrollar lo que quiere decir, o hacer”, desarrolla, frente a una lágrima reparadora y a punto de concluir una agotadora rueda de prensa.

–¿Se imaginaba con 29 años y semejante fama?

–A ver, yo supe siempre, o desde los 11 años al menos, que la música me iba a dar las cosas que yo necesitaba para ser feliz, pero no sabía qué cosas iba a ir necesitando o qué cosas se me iban a ir dando para sentir esa felicidad. Como todo músico, pensaba grabar discos, pero nunca pensé literalmente en grabar nueve discos en quince años... en fin, esas cosas me van sorprendiendo, siempre terminan pasando más cosas de las que ni siquiera siendo muy loco podía llegar a imaginar. La verdad es que siento que me queda mucho por aprender como persona y como músico, y lo grandioso es que hoy tengo todas las herramientas y las posibilidades a mí disposición, porque alguna vez tuve mucho que aprender, pero no tenía ni herramientas ni posibilidades... tenía que inventarlas.

Abel, que su hacedor piensa presentar en su totalidad en mayo del 2014 (apenas mostrará algunas canciones durante la gira nacional que realizará en noviembre), consta de trece piezas compuestas y producidas por él. Y gozan, vistas en bloque, de las claves del éxito que lo posicionaron como ídolo popular con fuerte arraigo en jóvenes y adolescentes, en su mayoría del género femenino: una mezcla de ternura, amplio registro de voz, anclaje melódico, aires de folklore, sonido prolijo y letras que hablan de amor. “Yo creo que Abel, a diferencia de mi disco anterior, tiene un audio más visceral, e incluso más agresivo y profundo. Es cierto que utilizamos algunas secuencias y algunos loops como en Sueño Dorado, pero la base no está ahí. Este disco es más guitarrero”, explica Abel y profundiza en las diferencias: “Al ser un festejo, un repaso de mis quince años de carrera, Sueño Dorado me permitió en su momento poder ver todas las cosas que habían sucedido desde otro lugar. Fue un disco emotivo, digamos, porque representó cierta nostalgia, y por eso decidí que toda la música se apoyara en la electrónica, porque es muy apta para generar climas. Me llama la atención cómo los dj logran generar climas tremendos: a los cinco minutos te tienen saltando a 20 centímetros del piso. Este, en cambio, es conceptualmente más visceral. Yo sabía que no iba a hacer un tratamiento muy grande de la metáfora y eso, en las letras, transmitía algo más visceral que Sueño Dorado, donde el manejo de la metáfora es mucho más grande”.

–Se ha definido a su música como folklore pop, folklore romántico, música melódica, etc. ¿Cómo le cae? ¿Está de acuerdo con las definiciones?, ¿le molestan?

–La verdad es que no les doy importancia a los géneros, porque mi fuente musical es muy ecléctica, pero justamente por eso creo que los rótulos pueden ser justos. Es algo tan subjetivo como las opiniones, si alguien opina tal cosa, me parece bien, porque mi próximo disco no lo voy a escribir basado en lo que ese alguien piense de mi música, sino en la que quiero hacer en ese momento. Y al momento de hacer Abel me sentí muy cómodo, porque precisamente es un disco que habla de aceptar cosas, y yo tuve que aceptar cosas significativas.

–¿Podría citar casos puntuales?

–Por ejemplo, que durante la gira de Sueño Dorado empecé a hacer foco en que las canciones más conocidas pertenecen a géneros distintos, y preferí entender que el público se concentraba más en lo que yo decía que en el contexto musical. Entonces, cuando preferí entenderlo así, me di una libertad grande, que es la de crear sin tener que ponerme límites de género o estilo. Cuando me puse a componer tranquilo desde ese lugar fue cuando decidí hacerme cargo de la producción, porque sabía que esto me iba a llevar mayor cantidad de horas en el estudio y me iba a llevar también a tomar muchas decisiones cada día. Eso es algo que puede significar mayor presión, sí, pero, de alguna manera, el hecho de sentirme libre también me hizo creer que a la hora de producir no iba a tener límites. No iba a tener que atarme a una textura determinada ni iba a tener que buscar a alguien que llegara ahí.

–¿Le puso un paréntesis al folklore de discos anteriores?

–No. Puede que esté ese paréntesis, pero no lo puse yo, porque a las canciones cercanas al folklore como “Que te vaya bien” o “Libertad” les di un tratamiento afín. A ver, salvo el primer disco producido por León Gieco (Para cantar he nacido, 1998), al que él decidió darle una intención tradicional, yo siempre busqué romper las estructuras. Y hace rato que mi música viene siendo menos tradicionalista, diría que desde el 2004, o quizás antes.

–En Sueño Dorado tiene una versión de “El Antigal” con un tratamiento folklórico que no aparece en ninguno de los temas de Abel.

–Es que en esas cosas busqué ser un poco más certero. En Revolución, por ejemplo, hay una canción que se llama “Solo”, donde canto la nota más grave y la nota más aguda de mi registro, y en este disco las canciones no tienen tanto recorrido en esos términos. Hay cortos recorridos en los agudos, a eso me refiero, y eso da un efecto más certero.

–¿Influyen el éxito y la popularidad a la hora de componer?, ¿determinan la direccionalidad musical?

–En mí no, porque lo que busco es identificar lo que a mí me está pasando, que es lo que quiero comunicar, y no identificar lo que les pasa a los demás, porque no sé qué les pasa a los demás.

–¿Por qué Abel, de frente y a secas?

–Porque todo lo que aceptamos para los demás termina quedando detrás de nuestro nombre, aun cuando ese nombre no nos identifique y nos hagamos llamar de otra manera, eso que va a ser el símbolo de todo lo que vos hayas aceptado en tu vida, para los demás. Quería que el disco, como se trataba de eso, tuviera un nombre propio, y hubiese sido genial que cada disco tuviera el nombre de cada persona... representa las cosas que yo mismo acepté para este disco.

–El tema “Lo que soy” tal vez sea la forma más directa de traducir en un texto lo que está diciendo sobre la aceptación...

–Es un puente cercano, sí, pero tal vez lo vaya descubriendo en la medida que hable del disco, porque lo que sucede es que escribo canciones que hablan de cosas que se van acumulando dentro de mí, se van procesando y en un momento piden salir. El momento en que escribo una canción se asemeja mucho a los momentos en que uno llora o se ríe de manera desmedida, digamos... algo sucedió, pero fue disparador de un montón de cosas que se fueron acumulando hasta ese momento. Entonces, sucede que escribí “Lo que soy” antes de pensar en el disco. Y cuando pensé en el concepto, empecé a escribir otras canciones... el concepto se exteriorizó, porque era algo que venía sucediendo. Me pone contento que eso pase, porque busco que los discos sean, al mismo tiempo, una crónica de una etapa ya vivida y de una etapa a vivir.

–¿Considera al disco como un punto de inflexión en su carrera?

–Más que como un punto de inflexión creo que, cuando pase el tiempo, voy a terminar viéndolo como un punto de partida, porque Sueño Dorado fue el que me dejó la sensación de punto de inflexión, y pensé que el siguiente se iba a transformar en el primer paso de una sección de mi camino, que es la que va a definir mi carácter en la música. Esto se asemeja al paso de la adolescencia a la adultez, eso es. Así voy a poder ver este disco.

–¿Qué le pasa con el mar?, ¿por qué las fotos de la lámina interna?, ¿por qué ese tema (“El Mar”) es el más “crudo” del disco?

–El mar es un símbolo muy importante para mí. Por algún motivo, la música siempre me puso cerca del mar. Nací en Bahía Blanca, que no tiene salida al mar, pero tiene la ría de Ingeniero White y el puerto de Punta Alta ahí cerquita. Viví en Río Grande, en Comodoro Rivadavia, en Caleta Olivia, en fin, hoy vivo en Buenos Aires, y por algún motivo la vida me puso siempre cerca del mar, y creo que por haberlo tenido siempre cerca se transformó en un símbolo para mí.

–Algo a respetar, además, por lo que insinúa la canción: “Nunca sabrás lo que duele tu nombre”.

–Es que simboliza muchas cosas. Una vez, no me voy a olvidar más, alguien acusó a mi hermano mayor (Ariel, el guitarrista de todos los temas del disco) de que le tenía miedo al mar, y él dijo: “No, miedo no, respeto...” Mis hermanos son muy buenos nadadores, pero nunca se zarpan en el mar, y esas cosas me quedaron. Además, se puede simbolizar la vida de muchas formas en el mar: con la tranquilidad que transmite o con el temor que puede generar también, si se embravece. También con lo inmenso y profundo que es, y con lo dinámico, con esa modificación constante que tiene, sin dejar de ser el mar. A ver, hay ciertas cuestiones de la vida que son imposibles de evitar, y también muy dolorosas. En esos momentos, uno necesita calma para enfrentar la tempestad y ese tema podía simbolizar muy bien la crudeza y lo sublime que tiene un momento así, porque es un momento de tristeza y, a su vez, de iluminación, ¿no?

–León Gieco ha sido generoso con usted. Se recuerda la calidez y el cariño con que lo presentaba cuando lo invitaba a sus recitales. ¿Qué otras personas identificaría como importantes en su vida artística?

–Pity Iñurrigarro, el director de Abraxas, fue clave también. Hay una anécdota que resume su compromiso y su cuidado para conmigo. Yo edité mi primer disco en enero de 1998, y en marzo Pity ya tenía una gira, con todos los fines de semana vendidos, hasta agosto. Yo hice mi primera gira de verano, muy intensa, y regresé a Bahía Blanca muy fatigado, y entré en el cambio de la voz. Entonces, mi profesor de canto viajó conmigo a Buenos Aires y le dijo a Pity: “Abel está entrando en el cambio de voz, y es el momento de mayor fragilidad de las cuerdas vocales. Puede trabajar todo lo que vos le proponés, pero no va a ser cómodo, y probablemente en el medio se lastime las cuerdas y tengamos que hacer un trabajo más intenso. Mi consejo es que no haga más de cuatro conciertos mensuales”. Pity dijo: “Bueno, yo quiero un cantante para toda la vida y no para una temporada”, y así lo hizo. Bajó banda de shows que significaba muchísimo dinero para un empresario que se dedica a eso... no lo voy a olvidar más.

–¿Fueron una constante las “buenas compañías”?

–Sí, porque todas las personas que me rodean y rodearon siempre pusieron en primer plano mi integridad física y emocional, incluso antes que la artística.

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Abel Pintos tiene fuerte arraigo en jóvenes y adolescentes, en su mayoría del género femenino.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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