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Sábado, 21 de diciembre de 2013

MUSICA › UN ACCIDENTE Y UNA PROGRAMACION ERRATICA, SIMBOLOS DE LA TEMPORADA OFICIAL DE MUSICA CLASICA

Lo que se gastó y lo que se vio en escena

El abucheo a la puesta de La Fura dels Baus para Un ballo in maschera, que cerró la temporada lírica del Colón, ejemplificó la relación entre el público de la sala y quienes la administran. El CETC, en cambio, apostó por el riesgo estético.

 Por Diego Fischerman

Sería injusto reducir el balance de la actividad de todo un año a un único acontecimiento. Pero también lo sería no tomar en cuenta que el trágico accidente en el que murió un joven operario del Teatro Colón, el pasado 28 de noviembre, más allá de lo indudablemente fortuito, pone en escena los riesgos de una cierta concepción de la política cultural. O, por lo menos, de la manera de entenderla desde ese teatro. El personal contratado a empresas de terceros, supuestamente más baratos o, eventualmente, menos “conflictivos” desde el punto de vista gremial, no tiene la experiencia de los viejos empleados del teatro y están mucho más expuestos a tragedias como la que mató a Daniel Ayala, cuando cayó por el hueco del montacargas. La falta de cintura política del director del teatro, diciendo que lamentaba el hecho “aunque no se tratara de un empleado de la casa”, no agregó mesura ni consuelo, en todo caso.

Otro hecho reciente, el abucheo casi unánime a la puesta de La Fura dels Baus para la ópera Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi, que cerró la temporada lírica del año, acabó siendo ejemplar, con todas las arbitrariedades del caso, de una relación entre el público habitual de la sala y quienes la administran que, más allá de la presentación de algunos muy buenos espectáculos, no acaba de cuajar. La dirección escénica de Alex Ollé, lejos de ser escandalosa, fue más bien tibia y hasta podría pensarse que la repulsa tuvo que ver más con lo mejor de ella –su capacidad para poner sobre el escenario una realidad incómoda– que con lo peor, su falta de profundidad en el planteo. No obstante, resulta evidente que el Colón pagó aquí el precio del error de programación que significó incluir una puesta de la Fura por tercer año consecutivo –y eso si no se cuenta como cuarta ocasión la puesta con la que Valentina Carrasco, asistente de Ollé, intentó sacar las papas del fuego, en 2012, del entuerto wagneriano pomposamente bautizado Colón-Ring–. Ningún otro director ni compañía teatral, extranjero ni argentino, tuvo un privilegio comparable. Como si se tratara no sólo del epítome de la modernidad (y más allá de sus indudables méritos, ya hace más de una década que no lo es), sino del único existente, La Fura fue convertida por esta gestión a cargo del Colón en una especie de marca propia –y a costos altísimos, por otra parte–, lo que terminó generando una reacción que excedió ampliamente el mero hecho de los aciertos o desaciertos de una puesta en particular.

Con el anuncio de una muy buena idea, la de la venta de entradas a bajo precio para estudiantes, profesores y empleados administrativos de la Universidad de Buenos Aires (es de esperar que se amplíe a otras instituciones), y el anuncio de una próxima temporada con varios elementos de alto impacto, como el encuentro de Martha Argerich y Daniel Barenboim, el Colón sigue teniendo su déficit más importante en una temporada de ópera en la que los montos de lo gastado están lejos de verse en escena. Sin estrellas entre los cantantes, fueron varios los títulos, además, en que los segundos elencos, con mayoría de cantantes argentinos, resultaron mucho mejores que los supuestamente estelares. La mediocre Carmen de Bizet –con una puesta anodina de Emilio Sagi, además– y el Ballo in maschera que la cerró fueron buenos ejemplos de ello. Una particularidad que sólo se explica por el hecho de que los segundos elencos dependen menos de los designios de la agencia de representación de artistas española de Adriana Molina, con la que el teatro realiza la gran mayoría de sus contrataciones, convirtiéndose en una suerte de dirección artística paralela, e ineficaz.

El elenco más correcto y equilibrado (también lo fue la puesta) fue el de La mujer sin sombra, de Richard Strauss, que compensó la flojísima apertura y una continuación aun peor, con puestas en escena escolares y desprolijas de dos óperas breves de Sergei Rachmaninov, Aleko y Francesca da Rimini. El Otello de Verdi, cantado y dirigido por José Cura –con altibajos en ambas lides–, unas Bodas de Figaro de Mozart más bien olvidables, un excelente Réquiem de guerra de Benjamin Britten –obviamente se trató de un concierto, más allá de ser incluido en la temporada lírica– con dirección de Guillermo Scarabino y una notable actuación del barítono Víctor Torres, y un esperpento llamado Bebe Dom, con música de Mario Perusso y texto de Horacio Ferrer, completaron la oferta operística estatal del año. La orquesta Filarmónica de Buenos Aires, por su parte, mostró un excelente nivel, pero fue víctima de una programación que parte de la subestimación del público y de un concepto absolutamente anacrónico y que está muy lejos de hacer justicia a las posibilidades musicales del organismo.

Los mayores logros tuvieron que ver con los dos conciertos extraordinarios, de la Orquesta Simón Bolívar, dirigida por Gustavo Dudamel, y de la Filarmónica de Israel, conducida por Zubin Mehta. Y, también, con la música más actual. Por un lado, con el ciclo Colón contemporáneo, que presentó este año un tour de force como el Prometeo de Luigi Nono, además de las actuaciones del Cuarteto Arditti, conciertos con obras de Xenakis y de Sciarrino y la exhibición de Metrópolis de Fritz Lang, en la versión completa –con la parte encontrada en Buenos Aires– y la interpretación en vivo de la música compuesta especialmente por Martín Matalón. Y, por otro, con el CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón) que presentó una temporada con riesgo estético y más de un momento de buen nivel, como la ópera Luzazul, de Marcelo Delgado y Emilio García Wehbi, la obra escénico-musical V. O., de Beatriz Sarlo y Martín Bauer, las integrales de la obra pianística de Elliot Carter, por Taka Kigawa, y de Gerardo Gandini, por varios de los mejores pianistas jóvenes de la Argentina y curado por uno de ellos, Lucas Urdampilleta, la presencia del dúo finlandés Dos Coyotes, integrado por el cellista Anssi Karttunen y el pianista y compositor Magnus Lindberg, y el ciclo Sobre la frontera, con el que culminó el año, y donde se presentaron el Jack Quartet, los brasileños Pedro Sá y Domenico Lancelotti y el grupo argentino Factor Burzaco.

El Mozarteum Argentino, que en agosto sufrió la pérdida de Jeanette Arata de Erize, quien había sido su factótum durante más de medio siglo, presentó, como es habitual, varios conciertos notables, entre ellos los de la Orquesta Real del Concertgebouw de Amsterdam, dirigida por Mariss Jansons y con el fantástico pianista Denis Matsuev como solista; de la Sinfónica de Lahti, conducida por Okko Kamu y con la violinista Elina Vähälä como invitada; y del violinista Joshua Bell en un exquisito dúo con el pianista Alessio Bax. Otro punto alto para 2013 fue el ciclo de conciertos de música contemporánea del Teatro San Martín, que sumó a la presencia del grupo estadounidense Bang on a Can y a un deslumbrante concierto monográfico con obras de Gérard Grisey, la presentación de una composición de gran potencia musical, la ópera El gran teatro de Oklahoma, de Marcos Franciosi, basada en un capítulo de la inconclusa América de Kafka. Las sociedades privadas dedicadas a la ópera en Buenos Aires, principalmente Buenos Aires Lírica y Juventus Lyrica, continuaron su encomiable tarea y grupos de cámara como el ensamble Tropi, el dúo de flautas MEI, el laudista y guitarrista Gabriel Schebor o el grupo Süden, entre muchos otros, dieron riqueza a un año de variedad infinita y actividad permanente, en que también tuvieron predicamento los ciclos coordinados por el compositor y director Marcelo Delgado para la fundación OSDE y la programación de Hasta Trilce, donde el perfecto espectáculo dirigido por Marcelo Lombardero a partir de madrigales y arias del barroco temprano se convirtió en un éxito de público a lo largo de varios meses y llevó a Claudio Monteverdi al lugar de improbable best-seller. Y, lejos del último lugar en importancia, surge como hecho incontrastable la presencia y el protagonismo progresivo de la Usina del Arte, ese bellísimo complejo cultural situado en la vieja central eléctrica de la Italo, en La Boca. Con una inusual calidad en sus conciertos y una afluencia de público llamativa, gracias a una gestión inteligente y sensible, se ha instalado, en poco más de un año de actividad sostenida, como referencia inevitable de la vida musical de la ciudad.

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El elenco más correcto y equilibrado (también lo fue la puesta) fue el de La mujer sin sombra, de Richard Strauss.
 
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