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Miércoles, 12 de julio de 2006

MUSICA › A LOS 60 AÑOS, MURIO SYD BARRETT, EL LEGENDARIO FUNDADOR DE PINK FLOYD

El último viaje de un genio artístico torturado

Brilló brevemente en los años ’60, hasta que su frágil salud mental lo obligó a abandonar la banda que contribuyó a crear. Desde entonces, se convirtió en un recluso. Apenas salió para grabar sus discos solistas y para una extraña –y mítica– visita a sus ex compañeros de Pink Floyd, que grababan “Brilla tú, diamante loco” en su honor. En los últimos años, lo único que se sabía de él era que se dedicaba a pintar y desconocía su pasado como músico.

 Por Roque Casciero

Pocas figuras en la historia del rock han encarnado el mito del genio enloquecido y torturado como Syd Barrett, legendario fundador de Pink Floyd, quien falleció el viernes pasado en su casa de Cambridge, Inglaterra, por causas aún no determinadas (se habla de complicaciones de la diabetes y de cáncer). Es que Barrett fue una supernova que brilló intensamente durante un breve período y en 1968, producto de su frágil salud mental, combinada con dosis extremas de ácido lisérgico, abandonó la banda y se convirtió en un recluso. Sólo salió para grabar sus dos álbumes solistas y, extrañamente, para visitar a sus ex compañeros de Pink Floyd, que registraban “Brilla tú, diamante loco” en su honor. Pero Roger Waters y David Gilmour tardaron en reconocer al joven bello y creativo en ese tipo gordo y con la cabeza rapada. Así de mal había quedado el autor de “See Emily play”, la primera canción de Pink Floyd que llamó la atención del mundo del rock.

El 6 de enero pasado, Roger Keith “Syd” Barrett había cumplido 60 años. Lo único que se sabía de él era que se dedicaba a pintar y, tras la muerte de su madre, a destruir sus obras terminadas. De vez en cuando aparecía alguna foto que lo mostraba convertido en un señor calvo, de mirada huidiza, que iba un par de veces al día a comprar cigarrillos y el Daily Mail. A veces accedía a ver algún documental sobre él mismo o firmaba ejemplares escogidos de un libro con imágenes suyas de los ’70. Todavía mostraba signos de la paranoia que lo forzó a dejar Pink Floyd, pero era amable con quienes charlaban con él sobre temas cotidianos. Se dice que solía pasar varias horas de cada día sentado, mirando la puerta trasera de su casa.

Nada contrasta tanto con esa imagen como la del artista visionario que en 1965 había formado una banda junto al bajista Roger Waters, el baterista Nick Mason y el tecladista Rick Wrigth y la había bautizado juntando los nombres de dos de sus artistas de blues favoritos: Pink Anderson y Floyd Council. En poco tiempo, Pink Floyd se convirtió en una banda importante para el Swinging London y se presentaba seguido en el UFO Club, sitio clave para el rock psicodélico. El productor Joe Boyd (que luego trabajaría con Nick Drake e Incredible String Band) grabó “Arnold Layne”, el primer single del cuarteto, que hablaba de un hombre que robaba ropas de mujer para travestirse. La canción llamó la atención del sello EMI, que firmó contrato con el grupo.

“See Emily play”, de 1967, fue el primer hit de la banda, que ese mismo año editó su primer álbum, The piper at the gates of dawn. De las once canciones del disco, una llevaba la firma de Waters y dos las de todo el grupo: el resto era Barrett puro. Y no sólo era el compositor principal, sino también el guitarrista que experimentaba con pedales novedosos y que usaba un encendedor metálico sobre el diapasón para extraerle sonidos distintivos a su Fender Esquire. Su sentido del tempo también era bastante particular, hecho que se exacerbó cuando su mente comenzó a fallar. The piper... se grabó en los estudios Abbey Road, al mismo tiempo que los Beatles le daban forma a The Sgt. Pepper’s lonely hearts club band. La mágica combinación de elementos psicodélicos hizo del debut de Pink Floyd una pieza única e irrepetible incluso para la propia banda, que tomó otros rumbos (más exitosos, por cierto) tras la partida de Barrett.

El disco llegó al top 10 y la banda a ganar cada vez más fans, pero el comportamiento de su líder era cada vez más inestable: el LSD no hacía sino complicar sus problemas mentales. En los conciertos, Syd ya era una molestia: a veces directamente no tocaba una nota y otras daba signos de enajenación. Waters recuerda que, durante la primera gira norteamericana de Pink Floyd, en el camarín del Cheetah Club de Santa Monica, Syd pidió un frasco de gomina y se lo volcó en la cabeza. Mientras el fijador se derretía y él se veía como si su piel estuviera en estado de descomposición, salió al escenario. En los programas de televisión no hacía la mímica requerida en las canciones y no contestaba cuando le hacían alguna pregunta.

De vuelta en Inglaterra, la banda incorporó un segundo guitarrista, David Gilmour, porque nunca se sabía si Barrett iba a presentarse o no. Le insistían para que fuera a tratarse, pero él no prestaba atención. Pasaba la mayor parte del tiempo mirando a la nada. Y un día de enero de 1968, camino a un show en Southampton, los miembros de Pink Floyd decidieron no pasar a buscar a Barrett. Se suponía que seguiría ligado a la banda como compositor, pero en el segundo álbum del grupo, A saucerful of secrets, sólo había una canción firmada por él: “Jugband blues”.

Después de compartir vivienda con el fotógrafo Mick Rock, quien se ocuparía de la imagen de la tapa de su primer disco solista, Barrett se mudó a un departamento en Earls Court, Londres, al que sólo entraban sus ocasionales novias y los amigos más íntimos. Barrett había pintado de azul y rojo los listones de madera del piso (sin haber limpiado antes: se veía la basura bajo la pintura), salvo en el rincón en el que había depositado un colchón y un equipo de audio. De ese departamento salió para grabar, en 1970, sus dos discos solistas: The madcap laughs y Barrett. En ambos contó con la ayuda de sus ex compañeros de Pink Floyd: el primero fue producido por Gilmour y Waters, el segundo por Gilmour y Wright. Son dos trabajos de difícil acceso, pero que marcaron a artistas como David Bowie, Graham Coxon (ex Blur), Julian Cope y Robyn Hitchcock. Opel, publicado en 1988, es una recopilación de grabaciones inéditas de aquellas sesiones de 1970, y también el final de la discografía oficial de Barrett (aunque también puede contarse un maravilloso disquito con unas Peel Sessions). También fueron escasísimos los conciertos que hizo el cantante desde entonces, como solista (con la ayuda de Gilmour) y luego con una efímera banda llamada Stars.

En 1974, un atormentado Syd regresó a la casa de sus padres y nunca volvió a grabar o a presentarse en vivo. Cada tanto retornaba a Londres por un tiempo, hasta que en 1981 se recluyó definitivamente en el nuevo hogar de su madre, también en Cambridge. Prefería pintar y ocuparse del jardín, mientras sus ex compañeros se convertían en estrellas de una dimensión que a Barrett sólo lo habría puesto más paranoico. En la misma casa que habitó durante los últimos veinticinco es donde Syd Barrett falleció “pacíficamente”, según su hermano Alan. Es difícil que la muerte aumente el mito del artista torturado y genial más que lo que lo hizo su propio abandono del mundo. Es que no importa lo breve de su legado: para miles de admiradores en todo el mundo, el diamante loco nunca dejará de brillar.

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Barrett experimentó con drogas duras y debió lidiar con problemas psiquiátricos irreversibles.
 
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