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Viernes, 31 de octubre de 2014

MUSICA › LOS BRUJOS TOCARAN MAÑANA Y EL DOMINGO EN VORTERIX

“El desafío es estar a la altura de nuestra exigencia”

Como en los ’90, el quinteto apuesta por el riesgo: los shows que marcarán el regreso “oficial” a los escenarios estarán basados en el álbum que la banda todavía no terminó.

 Por Joaquín Vismara

“Venimos a proponer un lugar que era el mismo que proponíamos en los ’90, que nadie volvió a ocupar”, aseguran Los Brujos.

A principios de los ’90, el rock argentino tuvo un recambio generacional necesario de la mano de la llamada movida sónica. Con el sur del Gran Buenos Aires como polo artístico implícito, esta nueva camada se caracterizó por su búsqueda en los márgenes artísticos, con una necesidad de hacer trascender a la vanguardia y la provocación, en sintonía con el volantazo que pegó Soda Stereo con el lanzamiento de Dynamo y su abandono de los estribillos tamaño estadio en pos de la experimentación sonora. No por nada, el trío liderado por Gustavo Cerati eligió a cuatro de sus exponentes (Juana La Loca, Tía Newton, Babasónicos y Martes Menta) como teloneros para la presentación de ese álbum en Obras, en 1992. Dentro de este fenómeno emergente, Los Brujos tenían varios factores diferenciales que les permitían marcar distancia del resto. Nacidos a fines de los ’80, transitaron la escena under porteña con un universo propio, en donde convivían el cine de terror y ciencia ficción clase B, una amplia paleta de recursos teatrales en sus shows y una gama sonora en la que la música surf, el beat y la rabia hardcore podían convivir entre sí sin pedirse demasiadas explicaciones.

A fuerza de un hit en sintonía que olía a espíritu adolescente (“Ka-nishka”, de su debut Fin de semana salvaje), Los Brujos se ganaron un estatus de culto gracias a sus performances de alto impacto, en las que sus integrantes utilizaban coderas y rodilleras para transitar el escenario, porque hacían cualquier cosa menos caminar sobre él. Después de otros dos discos que dejaron himnos para la nación alternativa local (“Aguaviva”, “Piso liso”, “La bomba”), la banda se convirtió en un proyecto de estudio en 1997, hasta que anunció su separación al año siguiente. Desde entonces, sus integrantes tomaron rumbos diversos: el guitarrista Gabriel Guerrisi pasó por Juana La Loca y El Otro Yo (en donde compartió tablas con el cantante Ricky Rúa, devenido baterista); el vocalista Alejandro Alaci indagó en la electrónica con un proyecto solista; el guitarrista Fabio Pastrello fusionó música regional con bits digitales en Fanfarrón; y el baterista Quique Ilid se volvió músico estable de Francisco Bochatón.

Desde 1998 hasta el presente, el público local creció a la sombra del mito de Los Brujos, lo que generó una demanda que se hizo cada vez más fuerte, tanto de parte de quienes eran su audiencia cautiva en los ’90 como también de una generación que sentía la necesidad de comprobar si los rumores estaban a la altura de las circunstancias. La reunión parecía algo improbable hasta que, en octubre de 2013, el grupo empezó con discreción su operativo retorno. Tras el anuncio oficial, la banda liberó algunas composiciones nuevas, trabajadas sobre las bases de un disco que quedó inconcluso en 1998, con la participación de Gabo Manelli, miembro fundador del grupo y bajista de Babasónicos, fallecido en 2008. Después de una primera presentación en sociedad en junio, como acto principal del festival Ciudad Emergente, la banda tendrá su vuelta formal a los escenarios con dos shows en Vorterix el sábado y el domingo. Ambas fechas servirán para poner en diálogo su pasado y su presente artístico, mientras terminan de afinar los detalles de su cuarto trabajo de estudio que, aseguran, está próximo a ver la luz.

–Tuvieron que pasar dieciséis años para que se diera el regreso de Los Brujos. ¿Por qué ahora y no antes?

Fabio Pastrello: –Las cosas suceden porque tienen que suceder. Puede parecer mucho o poco, pero cada situación va teniendo un proceso y a nosotros volver nos llevó ese tiempo. Obviamente pasaron cosas y hubo un disparador para la vuelta, pero para nosotros es como si el tiempo no hubiera pasado. Siempre tuvimos en claro que la vuelta tenía que ser de una manera, que es como está sucediendo ahora.

Ricky Rúa: –Además, en todos estos años nos seguimos viendo, porque con el tiempo adquirimos la facultad de estar juntos y no ser Los Brujos si no queremos serlo.

Gabriel Guerrisi: –El disparador fue un disco que quedó a mitad de camino en 1998, en el que participó Gabo, nuestro amigo y hermano. Hace unos años escuchábamos ese material y nos impactó. En los ’90 estaba un poco más en contexto, porque todavía sonaban ecos de la música distorsionada, de lo que fue el grunge y la música fuerte. Pero del 2000 al 2010 no pasó nada con eso, y escucharlo en ese contexto fue muy fuerte. Cuando lo grabamos, estábamos cansados de haber tenido diez años de algo muy intenso, y esta vez decidimos terminarlo. La idea era sacar un box set con ese álbum y los tres anteriores, nada más. Entonces, la gente de la industria interesada en el material siempre preguntaba: “¿Tengo que sacar esto sin la banda atrás apoyándolo?”. Toda esa situación de cómo lanzarlo prendió el robot de vuelta. También influyó que, al menos en mi caso en particular, algunas situaciones que atraviesa el rock me resultan indignantes.

–¿Cuáles son esas cosas?

Alejandro Alaci: –Hay un nivel importante de ridiculización de todo. Compran solamente el personaje, con la pose y la estética y no hay nada más.

G. G.: –Capusotto te lo cuenta todo. El art rock casi desapareció en la Argentina. En los ’80 vos podías transitar por cualquier circuito under y veías una movida en ebullición permanente. Desde el 2000 para acá, lo único que ves es refrito y bandas que clonan lo que pasa afuera. Nosotros vamos a morir con las botas puestas, porque nos nutrimos de la new wave, de la música de los ’60, del glam rock de Queen y Kiss, los Stones, los Beatles... Yo adoro a Keith Richards como guitarrista, pero la situación stone en la Argentina se va de mambo. Faltan emergentes y gente que se juegue por el arte.

–Sin embargo, en el último tiempo la escena independiente comenzó a reivindicar a la música de los ’90.

G. G.: –Sí, pero eso está porque hay una subjetividad y una idealización que también nosotros podemos llegar a tener. Por ahí yo fla-sheo con Paul McCartney, hasta que lo conozco y me dice: “No, boludo, entendiste cualquiera”. Hay un porque sí de venerar a los ’90. Igual, nosotros nos consideramos la última banda de los ’80. Arrancamos en 1988, sacamos nuestro primer disco en vinilo y transitamos el under con Vivi Tellas y Batato Barea. Salimos de la paracultura, es un estigma que no se puede dejar de lado, y ahora mucho menos. A mí lo que me molestaba, sobre todo en los clips de las bandas, era que ya habían llegado a un punto en el que se te metían por el televisor, parecía que era una ventana por la que se te metía el cantante soez y casi te escupía el tema en la cara. ¡Pará, flaco, no quiero que te metas en mi casa! Nosotros venimos a proponer un lugar que era el mismo que proponíamos en los ’90, que nadie volvió a ocupar.

R. R.: –La movida sónica estaba compuesta por treinta bandas y ninguna era parecida a la otra, por eso nosotros mantuvimos nuestro lugar, que es el de Los Brujos. ¿Fuimos conocidos en los ’90? Sí. ¿Pertenecemos a los ’90? Sí. Pero no-sotros no utilizábamos ingredientes de otras bandas como Nirvana o cosas así. Eramos alternativos porque éramos distintos a lo que estaba pasando en el mainstream. Eso es lo que siempre nos interesó, seguir por nuestro camino.

G. G.: –Cuando empezás a tocar y sos chico, por ahí decís “Quiero tocar en un grupo como Soda Stereo” y te ponés a armar un grupo parecido. En nuestro caso, no sólo no fue así, sino que cada uno tenía su mambo en la cabeza. Somos un grupo de cinco caras y cada uno tiene la suya. Ahora, la diferencia es que todos sabemos lo que el grupo es, mientras que en ese momento era una búsqueda.

–En todo estos años de inactividad, creció un mito respecto de su propia figura, especialmente por parte de un público que no llegó a verlos en vivo. ¿Es posible estar a la altura de las expectativas?

R. R.: –Para nosotros, el mayor desafío es estar a la altura de nuestra propia exigencia. Nuestra vara es súper alta, entonces todas esas preguntas ya nos las hicimos, les dimos mil vueltas y nos las respondimos. Primero hicimos un desglose de lo que para nosotros era fundamental y lo que no lo era. Por ahí, para la gente, esa parte de que Los Brujos se revolcaban por el piso y se tiraban era importante, y para no-sotros en el ’95 ya era algo que no nos importaba más. Cuando dejó de ser contracultural y se estandarizó, dejamos de hacerlo. Cuando tocábamos en el Parakultural, nos tiramos con Ale porque habíamos visto un video de Dead Kennedys en donde pasaba eso y nos habíamos quedado con la boca abierta. Nos tiramos los dos, la gente se abrió, caímos encima de un tipo que no entendía nada y nos quería pegar, mientras nosotros nos reíamos y corríamos por el lugar. Cuando eso pasó a ser algo que todo el mundo hacía, hubo que dejarlo.

G. G.: –Desconfiamos de todo. Muchas ideas son descartadas por cierta semejanza y por la cantidad de data que hay dando vueltas por todo el mundo. Capaz que hay otros Brujos idénticos a nosotros en Moscú, pero también hay un factor X que actúa cuando tocamos, que vibra y que sin eso no hubiéramos vuelto a hacerlo. El show en el Emergente fue la prueba. Estábamos un poco nerviosos, aunque no le tenemos miedo a ningún escenario. Por eso, era de vital importancia para nosotros que el primer show que hiciéramos en este regreso fuera gratis, y en un marco artístico correcto, en donde se mezcle lo mainstream con lo underground. Hubo gente que nos agradeció por no tocar los temas más pasados en los ’90. Para nosotros, tocar “Kanishka” o “Aguaviva” era no decir nada. No hacerlo era parte del discurso.

–¿Hizo falta algún aprendizaje para poder volver al ruedo después de tanto tiempo?

F. P.: –En principio, no hacer lo que no queremos. Es algo fundamental, como hacer las cosas de la manera en que las sentimos.

Quique Ilid: –En ese sentido, tenés a favor que no venís en la vorágine de tocar y tocar, por que la cosa se hace mecánica y entrás a hacer sin pensar. Ahora es un poco más controlable.

G. G.: –Cambiaron mucho las cosas, y algunas nos favorecen. Antes, un show nuestro arrancaba a las cuatro de la mañana. Te ibas a dormir, te levantabas y tenías que volver a salir a tocar. En los ’90, toda esta cuestión de las cosas que no salían como las habíamos planeado me enfurecía. Me bajaba del escenario enojado; ahora lo disfruto más. Es como que nos decimos entre nosotros: “¿Qué hacemos con esto? ¿Le damos dos vueltas para atarlo?”. Ahora aprendimos a darle una sola. Si se corta, después vemos qué hacemos. Todo lo que salió mal, se guarda. Todo lo que está guionado, que es un setenta por ciento del espectáculo, es lo que termina fallando. Y eso es lo que se guarda para la próxima.

Q. I.: –Todos los cohetes que no prendieron, se secan al sol y se usan para el show siguiente. Todo error es válido para nosotros.

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