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Martes, 18 de noviembre de 2014

MUSICA › ENTREVISTA A IAN GILLAN, VOCALISTA DE DEEP PURPLE, ANTES DE SU SHOW DE ESTA NOCHE EN EL ESTADIO LUNA PARK

“Cantar en esta banda es el mayor desafío del mundo”

El veterano quinteto de hard rock regresa para presentar su nuevo trabajo, Now What?!, y sus legendarios clásicos.

 Por Mario Yannoulas

“¿Dice que soy viejo?” Esté en Inglaterra, Georgia, la Argentina, Marruecos o Rumania, desde donde dialoga con Página/12, Ian Gillan jamás renuncia a la confrontación, con el humor como caballo de Troya. Así reacciona cuando se le consulta por el estado actual de su voz, a propósito de los últimos shows que Deep Purple dio en la Argentina, en 2011. “Mi voz está perfecta, no tengo problemas de ningún tipo”, retruca el cantante. A la espera de poder confirmar sus dichos hoy a las 21, cuando el quinteto concrete una nueva visita al país en el estadio Luna Park, Gillan no tiene que dar explicaciones respecto de la importancia de su voz dentro de la historia del rock y en el cincelado de un espíritu generacional. Así como Robert Plant en Led Zeppelin, su mayor contendiente artístico, Gillan exaltó la figura del vocalista virtuoso no sólo en su elevada demanda técnica, sino también en el uso de la garganta como un instrumento más.

Esta vez, la ironía cáustica de Gillan y sus cuatro compañeros encuentra en Now What?! (2013), último trabajo de estudio después de ocho años, una nueva cristalización: pasa el tiempo y los viejos piolas siguen sabiendo rockear sin oler a closet. Según el cantante, la producción de Bob Ezrin –quien moldeó, entre otras cosas, nada menos que The Wall, pero también cooperó con bandas como 30 Seconds To Mars– fue el factor concluyente para que estos once tracks sean la primera revolución en el sonido del grupo desde Purpendicular. “No puedo comentar bien la música porque los sentimientos adulteran mi sentido crítico, así que hablemos del sonido: éste es el disco de Deep Purple que mejor suena”, avanza. “Bob fue una inspiración y un catalizador. Es un talentoso que conoce de música clásica, jazz y rock & roll, pero que también tiene mucha destreza técnica y una enorme experiencia de vida. En el estudio fue casi un sexto miembro porque, al haber tanta disciplina, nos ayudó a relajarnos y ser naturales, a generar un buen funcionamiento antes de tener listas las canciones. Ahí estuvo el secreto.”

–Volvieron a tener material nuevo para presentar después de muchos años. ¿Cómo lo administran?

–Si hay algo así como una regla es que tratamos de intercalarlo. Rotamos tres o cuatro canciones, como quien muestra a un bebé junto con sus hermanos mayores. No se puede esperar demasiado, mucha gente no está familiarizada con el disco y hay que respetar eso.

–¿Por qué Now What?! (¡¿Ahora qué?!)?

–Es una expresión de irritación. No es que no estuviéramos contentos de hacerlo, pero no teníamos esos planes en un principio. La compañía, el management y los fans empezaron a pedirnos algo nuevo, y esa fue nuestra reacción, como decir: “¿Y ahora qué quieren?”. Ese tendría que ser el título completo.

–¿Ya venían trabajando en algo?

–¡No! Jamás hicimos eso. Un disco es –o, al menos, debería ser– la representación de un grupo en un momento particular del tiempo. Cuando decidimos grabar de nuevo, fuimos a Nashville sin nada. El día que llegamos nos metimos a componer hasta las 6 de la tarde, y así fue desde el lunes hasta el sábado. Seis días a la semana, seis horas cada día. Las canciones salieron de zapadas y composiciones colectivas. Después ensayamos, trabajamos los arreglos, nos juntamos en el estudio y grabamos. La composición tomó cuatro semanas, los arreglos y las grabaciones otras cuatro, y las mezclas más el resto de la producción insumieron cuatro más. Como máximo, fueron tres meses. Es normal, y no es un mal promedio. Pero nunca entramos con un plan, de la misma forma en que encaramos cada concierto. Usted preguntaba por la lista de temas... Bueno, por lo general no sabemos muy bien qué va a pasar, porque la gracia de un show está en la improvisación.

–Hay que ser muy disciplinado para aplicar ese método...

–Sí. Es normal, trabajamos así desde 1969. Es como ir a la oficina.

–¿Cuántas veces se preguntó “¿ahora qué?” a lo largo de su carrera?

–En realidad, nunca. Tuvo que ver con que hubo un espacio de siete años entre la salida del disco anterior y el nacimiento de éste. Es sólo un título, una especie de broma para no tomar muy en serio, como casi todo en la vida. Nunca nos sentimos verdaderamente cansados; la idea de hacer música es divertirse, como cuando sos chico. Nunca supimos nada sobre este negocio, no componemos de acuerdo con expectativas o ideas preconcebidas, no escribimos para los fans ni para Internet. Lo hacemos para nosotros mismos, porque disfrutamos tocando; y si a la gente le gusta, estamos agradecidos.

–Ya habían usado ironías para titular discos, como en Who Do We Think We Are, Come Taste the Band o The Battle Rages On. ¿Cuán importante es encarar las cosas con humor?

–Cada proyecto tiene el mismo valor. Vamos al estudio y hacemos lo que queremos, sin preguntarnos si es importante o no. Tenemos un muy buen sentido del humor colectivo cuando pensamos en títulos de discos o canciones, nos juntamos y las pegamos en la pared, o tiramos papeles sobre la mesa; proponemos ideas, y si estamos todos de acuerdo, se usan. Y le digo más: algunos títulos de canciones provienen de las letras, pero otros salen directamente de cuando estamos ensayando y grabando, de los títulos que creamos para identificar a cada tema. Por ejemplo, “Vincent Price” se llama así porque parecía la banda de sonido de una película de terror, pero no teníamos la letra. Después el concepto se extendió y quedó muy bien.

–El arte de tapa es muy sencillo, ¿cómo surgió?

–Estaba tonteando un poco con mi laptop y de repente escribí un signo de pregunta y uno de exclamación. Uno parece una “p” y el otro una “l”, hubo un simbolismo involucrado en esos dos signos, y pensé que graficaba bien el sentido de la frase. En total, me debe haber tomado unos cinco minutos.

–Aun conservando su personalidad, este disco suena menos hard rock que otros. ¿Lo siente así?

–Now What?! es una colección de música que representa al Deep Purple de 2013. Sé adónde va su pregunta, pero no podría responderle bien, porque insisto en que los músicos no pueden hablar de su propia obra, y me alegra no ser periodista para no tener que pensar en esas definiciones. De nuestras cabezas no sale más que música. Lo que pasó fue que Bob capturó el sonido de Deep Purple, pero nada cambió: escribimos como siempre, ocupamos los mismos lugares en el estudio y grabamos tocando todos al mismo tiempo. Lo que Bob hizo fue darle cierta frescura a la atmósfera creativa. Nunca quisimos lograr ningún sonido en particular, el único plan era grabar y ver qué pasaba.

–Dice que no les hacen caso a las discográficas ni a los fanáticos. ¿Qué los empujó a grabar de nuevo después de siete años?

–No hubo una necesidad. No-sotros no pensamos más que en divertirnos. Nos dimos cuenta de que Deep Pruple seguía andando y de que éramos productivos. Los recitales son frescos cada noche, porque hay mucho volumen de improvisación, entonces el nivel de desafío se mantiene alto, siempre está ahí. No me gusta hablar de éxito, pero tocamos para públicos fantásticos en lugares hermosos... así que no había ninguna presión en particular. Desde un punto de vista objetivo, creo que el disco llegó en el momento justo: cuando nos dimos cuenta de que teníamos ganas, apareció un gran productor. Esta vez tuvimos un mayor aire de libertad dentro del estudio, algo que siempre conseguimos en vivo.

–¿Cuestan más los desafíos cuando se es un artista consagrado?

–La sensación que tengo en el estómago antes de salir a tocar con Deep Purple cada noche es la prueba de que los desafíos no caducan. Cantar en esta banda es el mayor desafío del mundo, no sólo porque es una performance muy física, también porque hay que estar muy atento para poder interpretar las circunstancias cambiantes. Cada día algo me hace enojar, reír o llorar, y esos son los sentimientos que después vuelco en las letras. Siempre hay emoción y, si tenemos ganas de hacer algo, lo hacemos. Discutimos muy pocas veces sobre el estilo o la tapa de un disco, sólo nos concentramos en hacer canciones. No operamos como el negocio o la gente esperan, porque no somos otra cosa que una banda de rock & roll que disfruta de su trabajo.

–Este trabajo parece ser consagratorio para el tecladista Don Airey dentro del grupo, del que forma parte desde hace más de una década. ¿Por qué ahora?

–Porque ahora se lo escucha. Esa es la ventaja de tener un gran productor: que un disco logre reproducir a la banda tal cual es en un escenario. En los shows, a Don se lo escucha muy bien. Y si no se lo escuchaba bien en los discos es porque vivimos en una era dominada por la guitarra, algo que no encaja tan bien en Deep Purple, donde los instrumentos dominantes son la guitarra y el órgano, con excepciones. Pero ahora a Don se lo percibe en plenitud y también se distinguen sus aportes a la composición.

Nivel de grito

Tras recorrer el mundo entero y en distintas épocas, Deep Purple mantiene una relación romántica con el público argentino. ¿Por qué?

–No lo sé con exactitud. Pasa en las relaciones entre humanos: con alguna gente uno tiene confianza, entendimiento y afecto. Visité la Argentina con mi propia banda antes de ir con Deep Purple y me llamaron mucho la atención la pasión y sinceridad del público. No había poses, negocios o protocolo, simplemente un abandono total al disfrute. El nivel de grito del público de Buenos Aires es el más fuerte que escuché en mi vida. Creo que es mutuo, nos entendemos muy bien, por eso la Argentina siempre es de lo mejor de cada gira.

–En sus conciertos se ve también mucho público joven, ¿por qué cree que se interesan?

–Tocamos bien, sonamos bien, contamos con muchísimo material para mostrar y tenemos cierto sentido del peligro por el nivel de improvisación que manejamos. Hay un clima de diversión. Debe ser por eso que millones de personas en el mundo siguen pagando para vernos.

El recuerdo de Jon Lord

Usted leyó una frase de la canción “Above and Beyond” durante el funeral de Jon Lord, en 2012. ¿Qué relación tiene ese tema con el legendario tecladista de Deep Purple?

–La canción estaba virtualmente terminada. Estábamos juntos en Nashville cuando nos enteramos de la muerte de Jon, algo que de alguna manera esperábamos, pero así y todo fue un shock muy fuerte. Entramos al estudio en un momento de llanto y reflexión y empezamos a reflotar anécdotas divertidas. Fue raro porque empezamos a reírnos, pero nos dimos cuenta de la maravillosa persona que era Jon y de lo bien que la habíamos pasado. Su espíritu llenó el lugar, y escribí una frase: “Las almas conmovidas están enlazadas para siempre”. Poco después la usé en su velatorio y la incluí en la canción, que originalmente era sobre dos personas que se separan porque una se va a un viaje muy largo. La asocié con Jon y la banda, y por unos minutos su espíritu formó parte del disco. Hay otro tema, “Uncommon Man”, que está subliminalmente inspirado por él. Decidimos dedicar el CD a su memoria porque fue un músico fantástico y el padrino de Deep Purple.

–¿Cuál fue su principal legado musical?

–Es muy grande. Teniendo en cuenta las circunstancias que atravesamos durante todos estos años, Jon contribuyó, quizá más que ninguno, para la dinámica y textura de Deep Purple. Suena individualista, pero es así. Tenía la capacidad de mantener el espíritu de una banda de rock, porque no era sólo la influencia de Buddy Rich y el joven Elvis Presley, fueron también otras: Beethoven, Mahler, Chopin. Jon nos metió en eso, con su experiencia en la composición orquestal. Su contribución fue haber creado ese sonido de Deep Purple, y ése es un legado tremendo.

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“Vamos al estudio y hacemos lo que queremos, sin preguntarnos si es importante o no”, asegura Gillan.
 
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