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Domingo, 28 de diciembre de 2014

MUSICA › MIGUEL CANTILO CIERRA EL AñO CON LIBRO Y DISCO NUEVOS

“La intención es recuperar la canción de fogón, íntima”

El músico atravesó una difícil situación personal y la convirtió en arte: durante dos veranos, en un desván español nacieron los temas de Canciones de la buhardilla. Además, en su sexto libro, Jardines del origen, se anima decididamente al terreno de la ficción.

 Por Cristian Vitale

Las buhardillas, que algunos llaman desván o ático, suelen ser lugares cálidos, inspiradores. Pese a su infinidad de usos, ese hueco mágico, ubicado en las alturas de ciertas casas, está asociado principalmente al arte, a los sueños, a la paz. A la introspección que deviene en creación. En este caso, se trata de una por cuya ventana se ven las sierras madrileñas. “Parecidas a las de Córdoba, pero más áridas”, indica Miguel Cantilo, cantautor argentino que la usufructuó en función de su nuevo disco: Canciones de la buhardilla. “Me pasé dos veranos hermosos armando canciones ahí arriba, solo con mi guitarra y mi voz, sin que nadie me interrumpiera”, va revelando el fundador de Pedro y Pablo sobre un marco que le debe a María –su nueva pareja española– y que posibilitó el nacimiento de doce canciones cantilenas. Trovadas, es decir. Originadas desde su desnudez, y esculpidas desde ahí. “Cuando la vi así, casi vacía y con las sierras de fondo, noté que era un buen lugar para ponerme a pintar canciones, así como los impresionistas pintaban sus cuadros en las buhardillas de París... Me di cuenta de que la altura que te dan esos lugares tiene mucho que ver con el romanticismo de las del siglo XIX, donde se gestaron tantas obras artísticas”, abunda Miguel, con el hecho consumado.

Con la concreción de un puñado de canciones nacidas desde el minimal combo voz-guitarra y trasplantadas a Buenos Aires, donde la banda con que trabaja hace varios años (Sufián Cantilo en teclados, Federico Pernigotti en guitarra, Pablo Maturana en batería, Anael Cantilo en bajo y Patricio Prado en segunda voz) las vistió con instrumentos al tono, y donde Cantilo se alió a dos invitados de lujo: Pedro Aznar y Juan “Pollo” Raffo. “Hice lo que trato de hacer siempre, que es lo que los españoles llaman canción de autor. O sea, canciones en las que se les da mucha importancia a la letra, al clímax, a la idea de canción de autor, que es la del cantante con su guitarra expresando lo que le pasa. Eso todavía pasa en España, y mucho”, se posiciona Miguel, en el país que vivió durante buena parte de la dictadura argentina.

–Mucho trovador, puede decirse.

–Algo que aquí en Argentina quedó reservado al folklore, porque el rock lo desplazó por las bandas y la electricidad. La intención es recuperar la canción de fogón y la balada íntima... es uno de los desafíos que me gustan mantener, el de la canción como una entidad que no debe ser demasiado avasallada por los avances de otras disciplinas como la imagen, el videoclip, o las novedades sonoras. La esencia de una banda es el tipo que se metió a componer las canciones en soledad, y eso va a seguir siendo siempre así. La idea es cultivar la actitud del cantautor con su guitarra. En este caso, como durante toda mi historia, les he dado importancia a las letras abordando paisajes, situaciones, relaciones, e incluso un tema bastante delicado que es el duelo que viví cuando Tibi, mi compañera durante 30 años, falleció. Es imposible evitarlo, porque es algo que te atraviesa, y por supuesto sin querer transformar el disco es una especie de elegía general, tiene tres canciones dedicadas a esa situación”, revela Cantilo que, como se verá también acaba de editar su sexto libro.

–La más explícita en ese sentido es “Gracias amor”.

–Exacto. En esta canción apelé al Pollo Raffo, porque sabía que él le iba a poder dar el toque emocional a través del cuarteto de cuerdas. Es una canción que me la ha dictado una situación. Digo, a partir de que sucede el hecho de Tibi, la canción se empieza a componer en mi cabeza, y trata de ser un registro instantáneo del momento del duelo. Luego viene la reflexión de cómo salir de ahí, y empezar el camino. Me pareció importante expresar que de eso se sale hacia situaciones totalmente diferentes. En mi caso, a través de viajes, de la composición y de la actuación pude salir de ese atolladero que significa un duelo. Claro que queda ese sedimento de la pérdida, pero el mensaje es hacerle sentir a la gente que de esas cosas se sale, pese a que parezca que paralizan la vida.

–La canción es medio tanguera.

–Tiene algunos fraseos que el Pollo entendió que sugieren el sentimiento tanguero. Siempre recurro a él para arreglos orquestales, o de cuerdas, porque es una autoridad absoluta para nuestra generación. Hay otros arregladores mayores que por ahí saben mucho, o interpretan muy bien, pero para nuestra generación el elegido es el Pollo, sin dudas.

A los aires tangueros de “Gracias amor” se suman otras coordenadas estéticas típicas del universo Cantilo. El rock and roll en “Yo yo” o “Vos podés”, por caso; o el universalismo –compartido con Aznar– de “En España”, el tono juglaresco de las bellas “Tu cumpleaños” y “Amada”; el vuelo de “Los que se van no se van”, y el riesgo con final feliz de la casi mística “Astur”, junto a “Los que se van...”, de las mejores del disco. “En esta canción está la intención de trasladar un paisaje y su gente a una canción, apelando a sonidos que son propios de ese lugar. En este caso, cité a Carlos Fernández (gaitero de Xeito Novo), que le puso ese toque celta, sutil y profundo... la presencia de una gaita te transporta a esa geografía del norte español que yo no conocía, hasta que hace un par de años fui y me deslumbró. A diferencia del resto de España, Astur en un vergel, y yo tengo orígenes remotos de esa región”, explica.

–Ya que está en la zona, ¿por qué pensó en Pedro Aznar para cantar juntos “En España”?

–En realidad le sugerí un par de canciones y él eligió ésa. Se identificó primero con la parte musical, y luego se fue interesando más en la letra, sin saber del contexto del disco. Creo que le aportó delicadeza y mientras lo estábamos grabando el ingeniero me mostraba lo parecido de nuestras voces.

–Es la clave de la canción, ambos tienen registros similares. Incluso, si no se presta una atención severa, hay que encontrarle las siete diferencias...

–(Risas.) Nosotros habíamos cantado en homenaje a otros músicos, él había hecho una versión de “Catalina Bahía”, pero nunca habíamos grabado así, juntos. Me encontré con que el registro vocal es muy parecido, sí. Es uno de los momentos que más me gustan del disco.

–“Abrís la boca para hablar de tus trofeos / todos tus cuentos son un autofraneleo.” ¿A quién le escribió “Yo yo”? ¿Tienen algún destinatario puntual o apunta a la parte egoísta de la sociedad en general?

–Puntualmente a la de ciertos músicos. Me inspiré en la actitud no sólo de algunos músicos argentinos, sino de anécdotas que me contaron de estrellas de rock extranjeras. Pienso que el ego afecta especialmente a las estrellas de rock, al personaje que está expuesto.

–¿Por ejemplo?

–No sé, hacés un asado y el tipo empieza a sacarse lustre con sus anécdotas. Eso jode, y mucho. Hay una tendencia de ciertos músicos o artistas a autofortalecerse, a reafirmar su personalidad a través de las anécdotas. Eso es insoportable. Me ha ocurrido que situaciones de ésas han estropeado reuniones... Ojo, esa tendencia las tenemos todos, pero no al mismo nivel.

Casi a la par de Canciones de la buhardilla, Cantilo publicó Jardines del origen, sexto libro de una saga personal que arrancó allá por 1983 con Todo Miguel Cantilo y que siguió con el poético Señales de vida (1992), ¡Chau, loco! (2001), El cantar de Miguel Cantilo (2008) y ¡Qué circo!, el inmediato antecesor, inspirado en historias del rock argentino. “La diferencia entre Jardines del origen con todos ellos es que se trata del abordaje de una narrativa de ficción, con la libertad que ello implica. Ahora no estoy sujeto a un estilo ensayístico, periodístico o cronológico, sino que traté de liberar la pluma”, cuenta Miguel sobre la novela prologada por Eduardo Berti. “Yo creo que es una búsqueda estética y ética, porque los personajes transitan permanentemente elecciones de tipo ético. Están tentados por seducciones materiales, y a la vez por búsquedas internas. Alguien lo subrayó como una fábula moral, pero no es exactamente así. Sólo que hay algunos temas éticos que están bastante expuestos, y me tomé el tiempo de abordarlos sin límites. Diría que es una novela entretenida, pero detrás de eso hay mucha reflexión, mucha metáfora, y el producto de muchas lecturas que he hecho hace años, y que están citadas”, explica, y habla de Carl Jung, de Hermann Hesse y de Carlos Castaneda. “Como narrador novel todavía estoy sujeto a las lecturas que me han interesado siempre”, admite.

–Bueno, no tan novel: ya va por el sexto libro.

–Sí, pero más bien me refiero a la ficción, que sólo había tocado de refilón con la crónica de las historias del rock (¡Qué Circo!), que tiene un personaje que es ficticio. Ahí empecé a coquetear con la ficción, pero siempre con un hilo atado a la realidad del rock, de su génesis y su desarrollo.

–Y con la intención de proteger a ciertos personajes.

–Sí. Y proteger también la idea que nos llevó a los pioneros del rock de acá a hacer una música que tuviera una trascendencia, un mensaje, una dignificación del género. Aquel libro era una defensa del rock como vehículo de ideas estéticas y éticas.

–Que ahora ve desde otra arista con Jardines del origen.

–Porque es una narración donde hay personas y personajes que viven aventuras. He tratado de que sea atractivo en el sentido de que pasan cosas; no es una reflexión filosófica o metafísica. Hay mucha acción, personajes y fantasía, y la realidad está interpenetrada por lo onírico. Los sueños tienen un protagonismo muy importante, porque es la historia de un hipnotizador y su paciente, algo que va por el lado de la libertad que da el sueño de explorar muchos rincones de las personas.

–¿El título está directamente vinculado con esto?

–Sí, porque el escenario en que ocurre todo, son jardines que vienen desde la memoria remota, desde el origen del ser humano. Es decir, las cosas ocurren en un jardín onírico y luego se trasladan a jardines reales del barrio de Floresta, por ejemplo, o a la rebeldía del arroyo Maldonado.

–Esa interrelación entre lo imaginario y lo real-barrial podría sumar a Leopoldo Marechal como influencia. ¿Lo ve así?

–Lo he leído a Marechal. Y la verdad es que me sedujo mucho cuando leí El Banquete de Severo Arcángelo. También he leído mucha poesía suya, y es probable que se haya infiltrado su influencia, y la de otros como Cortázar o Borges. En fin, todo esto dicho sin creérmela, porque lo de la literatura es algo que aún estoy compartiendo con el oficio de la música, que también absorbe mucho tiempo. Digamos que soy un advenedizo, un escritor novel que está empezando, tras haberlo deseado durante muchos años.

–¿Existe algún puente entre el libro y alguna canción puntual suya, o algún disco?

–Sí. Una vieja canción de Pedro y Pablo que se llama “Mi fantasma y yo”, que está muy presente en la actividad del personaje central del libro, que es un tipo que transita por los sueños y que en determinado momento no sabe si está soñando o está vivo. Es algo que aparece en esa canción. También hay un capítulo dedicado a la asistencia de un personaje a un festival de rock de los músicos internacionales más prestigiosos, que han fallecido. El personaje, dentro de sus sueños, va a ver algún recital de esos músicos míticos y escucha músicas que, claro, lo sumergen en estados oníricos.

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“Hice lo que trato de hacer siempre: el cantante con su guitarra expresando lo que le pasa.”
 
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