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Domingo, 16 de agosto de 2015

MUSICA › HOMENAJE A LEOPOLDO FEDERICO EN EL FESTIVAL DE TANGO DE BUENOS AIRES

Una feliz noche para escuchar tango

La Orquesta del Tango de Buenos Aires y la Típica Federico se combinaron en una entusiasta y precisa maquinaria tanguera que rindió justicia estética a los arreglos del fallecido bandoneonista. Fue el comienzo formal del festival, en la Usina del Arte.

 Por Santiago Giordano

Con un homenaje a Leopoldo Federico, comenzó formalmente el Festival y Mundial de Tango de Buenos Aires. Tras la presentación del lunes en el Teatro Colón con un espectáculo dedicado a Mariano Mores, el viernes, en la sala mayor de la Usina de Arte, la Orquesta del Tango de Buenos Aires y la Orquesta Típica Federico se encontraron para tocar juntos algunos de sus arreglos orquestales, páginas ya históricas, que en su rodar fueron destilando las esencias más puras del género ciudadano. La emoción del recuerdo y la calidad de los arreglos y las ejecuciones se combinaron sin molestarse para conformar una feliz noche de tango para escuchar, que tuvo además como invitados a José Colángelo y, entre las filas de cuerdas, a Enry Balestro.

“Que el espíritu de Leopoldo ilumine el Festival”, dijo antes del comienzo del espectáculo Gustavo Mozzi, director del evento que se prolongará hasta el 27 de agosto y que tendrá al complejo cultural de La Boca como escenario privilegiado. La primera parte del programa fue toda de la Orquesta del Tango de Buenos Aires. Dirigida sucesivamente por Juan Carlos Cuacci, Néstor Marconi y Raúl Garello, el organismo oficial de la Ciudad ofreció versiones de “Ciudad Triste”, de Osvaldo Tarantino, “Negro Nacarado”, la obra que Marconi dedicó a Julio Pane, y “Margarita de agosto”, un clásico del mismo Garello.

Enseguida, ante el aplauso de la sala llena, gesto de un público generoso y entusiasta que ganará intensidad con el correr de la noche, los integrantes de la Orquesta Típica de Federico –varios de los cuales son parte también de la Orquesta del Tango de Buenos Aires– se sumaron para llevar el homenaje a su plenitud y tocar los arreglos orquestales del inolvidable bandoneonista y compositor. Después de los comentarios de Oscar del Priore, versiones de “La bordona”, de Emilio Balcarce, y “Cabulero”, del mismo Federico, bajo la dirección de Raúl Garello, comenzaron a perfilar lo que quedaría entre los mejores momentos de una noche de aplausos y emociones. Carlos Gari, cantor que hasta el final supo transitar un buen trecho de camino junto a Federico y su orquesta, prolongó el afecto que a esta altura del espectáculo había ido y vuelto muchas veces entre platea y escenario, con los inefables “Desencuentro” y “El último café”.

Otro momento de aplauso y emoción llegó con la entrada de José Colángelo para sentarse al piano. Antes de tocar, Colángelo recordó a Federico: “Quiero recordar al amigo, al músico y también al dirigente, en definitiva a mi hermano mayor”, dijo antes de sumarse a las versiones de “El abrojito”, “Gallo ciego” y “Adiós Nonino”, esta última con un solo sensible y estremecedor de Carlos Corrales en bandoneón, bajo la dirección de Cuacci.

La combinación de las dos formaciones dio lugar a una orquesta de cuerdas bien nutrida, equilibrada con una fila de bandoneones sólida y versátil, encabezada por Carlos Corrales. Esa entusiasta y precisa maquinaria tanguera rindió justicia estética a los arreglos de Federico, que como director y arreglador supo durante más de 55 años hacer de la orquesta un emblema. En esa institución de música ciudadana se formó y a ella le brindó en el tiempo intensos momentos de tango y musicalidad amplía y prodigiosa. Federico moldeó en su experiencia una idea implacable de orquesta típica, en la que es posible rastrear el más selecto linaje de una tradición. Una idea de conjunto cuyo sonido permite entender una historia o más sencillamente invita dejarse envolver por un presente continuo de belleza y mística.

Después de “Pepe” Colángelo, que como siempre tocó con extrovertida alegría, la orquesta de orquestas recibió a Néstor Marconi sobre el podio del director y a Nicolás Ledesma en el taburete del piano. Ledesma es de los músicos más significativos de esa generación de enganche entre tradición y presente, además de último pianista y engranaje fundamental de la orquesta de Federico durante muchos años. Primero tocaron “La Beba”, de Osvaldo Pugliese, y ahí nomás “Sueño de tango”, tema de Federico y Ledesma, que el pianista embelleció con un solo que en su combinación equilibrada de elegancia y vigor resumió el espíritu de Federico y de su idea de lo que debía ser una orquesta típica.

El espíritu del homenajeado estaba definitivamente instalado en el aire de la Usina del Arte, cuando Horacio Malvicino entregó a familiares de Federico una placa recordatoria en nombre de AADI, la Asociación Argentina de Intérpretes que el homenajeado dirigió hasta el último de sus días. Ahí nomás, la orquesta de orquestas lanzó su último mensaje en forma de tango. La noche terminaba, el aplauso del auditorio de pie parecía no terminar y retumbaba más allá de los presentes.

Pero no hubo bises, acaso ni falta hicieron. Después de “La cumparsita”, de distintas maneras reinaba entre los presentes una temperada forma de felicidad; el regocijo que da la íntima satisfacción de escuchar que uno de los grandes del tango volvió una noche en sus arreglos para orquesta, para confirmar la evidencia de que no hay posibilidad de ausencia para quien dejó una obra maravillosa, de marca inconfundible.

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El espíritu de Leopoldo Federico iluminó la noche inicial del Festival de Tango de Buenos Aires.
Imagen: Jorge Larrosa
 
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