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Domingo, 29 de mayo de 2016

MUSICA › LUIS SALINAS PRESENTA EL TREN DURANTE JUNIO EN EL TASSO

“La canción es la que te dice qué es lo que tenés que tocar”

El guitarrista grabó un álbum ¡quíntuple! con diferentes abordajes: en soledad, en compañía de su hijo Juan y con una potente banda rockera. “Emocionalmente, es el disco más fuerte de mi carrera, porque refleja el pasado, el presente y lo que viene”, afirma.

 Por Cristian Vitale

“Los discos son como la historia de uno, y la música es algo muy difícil de explicar con palabras”, sostiene Luis Salinas.
Imagen: Jorge Larrosa.

Es habitual que Luis Salinas empiece las entrevistas con historias aleatorias al fin específico. Que, en este caso, radica en que grabó un disco tras cinco años de silencio discográfico. Que se llama El tren. Que es ¡quíntuple! (dos dobles más un simple). Y que lo presentará todos los sábados de junio (y el domingo 19)en el Tasso (Defensa 1575). Pero él comienza, coherente, por una coda (Hermeto Pascoal) sin dejarse “dormir” por la primera pregunta. Se sienta y habla. Se relaja y, como los vagones de un tren, los temas se van enganchando, uno tras otro, sin solución de continuidad. Primero es Hermeto, entonces: “Me acuerdo de que estaba en un bar de San Telmo y leí que tocaba él solo… entonces me mandé. Lo fui a ver y, mientras probaba sonido, bajó y me dijo ‘qué pasó después de diez años’. Era el tiempo que había pasado sin vernos, y yo le conté todo lo que había hecho. Entonces quiso venir a casa a escuchar todos esos discos y me dijo ‘que te hayas ido de GRP –el sello que editó sus trabajos de latin jazz– no es bueno para tu carrera pero sí para tú música, porque vas a hacer lo que tengas ganas’. Y eso fue lo hice”, cuenta el enorme guitarrista argentino, cuya generosidad, al hablar de sus pares, es a prueba de balas. “Y eso fue lo que hice”, repite.

–Grabar cuando se le dé la gana, básicamente…

–Sin un sello que me esté pidiendo publicar un disco por año, porque a veces tenés ganas y a veces no. El primer disco que hice después de GRP (Solo guitarra, 1997) fue una pared de libertad construida con 23 temas, y después vinieron los que hice en España, en Estados Unidos, en Buenos Aires... En fin, cada disco es como una foto.

El segundo músico que nombra Salinas es Dino Saluzzi. “Le dije ‘Dino, cada vez que grabo un disco, al mes quiero cambiar todo’, y él me contestó: ‘Está bien, porque quiere decir que vas creciendo, pero al disco querelo igual, porque fue lo mejor que pudiste hacer en ese momento’. El tercero es Lito Vitale, porque fue en el estudio del ex MIA donde grabó parte de Sin tiempo, predecesor de El tren. “Fue muy especial, porque tocaron Tomatito, Diego Amador y Luis Alberto Spinetta, que le puso letra, voz y nombre a una canción (“Aparece tu piel”). Cuando la cantó, le dije ‘Luis, gracias por hacerme escuchar un sueño’”, sigue el violero, que en otra parrafada nombra tres colegas más. “Lo de Luis fue especial porque compartimos quince días en su casa. Llegábamos a la mañana con el portugués Da Silva y en la mesa siempre había dos docenas de medialunas para nosotros. Cuando se lo presenté a mi hijo, le dije, ‘ahora vas a conocer a alguien que no se hace’. Ir a su casa era como ir a la de Miguel Angel. Un genio. Esa fue la última vez que lo vi”, recuerda.

Recién en esta instancia (veinte minutos de charla, más o menos) Salinas va introduciendo ciertos rasgos de El tren. Empieza por la cantidad de tiempo que lo separa del disco anterior. “Después que se fue Luis, sentí que no tenía ganas de grabar, hasta que me volvieron y la cosa empezó por hacer algo como Solo guitarra, como lo que hacía en las épocas de Oliverio. Pero pasó que cuando Paco (De Lucía) tocó en el Rex, estuvimos en el camarín, la pasamos bárbaro, y al mes murió. Fue como otro fierrazo en la cabeza y, después de veinte días me salieron tres acordes, una melodía, y una letra como la primera reacción ante su muerte. Después me llamó su productor, me dijo que le iban a hacer un disco homenaje (Entre veinte aguas) y le mandé mi tema. Fue el primero que grabó mi hijo Juan y me salió un solo como de Atahualpa, más folklórico. Pasaron tres semanas y me llegó un mensaje: ‘Es muy original. Estamos todos llorando y, por supuesto, lo vamos a poner en el disco homenaje’. Fue un mensaje poderoso por un montón de cosas, entre ellos volver a grabar”, enfatiza y, ahora sí, se larga derecho con el trabajo a estrenar.

Empieza por Solo Salinas, el cd 2, que es doble al igual que Latin rock, el 3, pero que, a diferencia de éste, comparte solo con su hijo. “Sentí que era el momento de grabar con él”, sostiene, y justo entra Juan. Trae una guitarra, habla poco –nada, casi–, ojea una revista Guitar Player y se sienta a escuchar al padre, que sigue elogiando músicos. En este caso, los cuatro que –además de Juan– lo acompañaron en el tercer doble: Christian Gálvez, José Reinoso, Martín Ibarburu y Pocho Porteño. “Lo grabamos en un día, casi en una toma”, explica Salinas que, entre los cinco discos, grabó cuarenta y cuatro temas, incluidos varios que se repiten en diferentes versiones. El que da nombre al disco, por caso, que tiene tres formas: dos acústicas, y una con banda eléctrica, bien rockera. “Esa, la rockera, me lleva a las épocas en que vivía en Monte Grande y tocaba en Oliverio. También hay dos versiones de una salsa que le compuse a Ricky Olarte, el percusionista de Fontova y sus sobrinos (‘Rikisima’) y ‘No se va’, bossa nova dedicado a mi hermano y amigo Jorge Pascuali, que tiene una tristeza tremenda... Es como si lo estuviera agarrando con cada nota para que no se vaya”, se conmueve el músico nacido en Monte Grande, que festejará sus 59 años un día antes del último concierto en el Tasso: el 24 de junio.

En principio, el maratónico trabajo se iba a llamar El regreso, pero al guitarrista le sonó grandilocuente. También barajó “La vuelta”, como el tema que grabó con Tomatito, y que visitó nuevamente, pero tampoco le cerró. “Entonces vi que había tres versiones de ‘El tren’, la acústica que hice solo, la otra que hice con Juan y Martín, y la power que hicimos con la banda, y que me llevó a mí para atrás. Fue como un enchufe con la sangre joven de mi hijo, un desafío y una cosa llena de vida. Por eso le puse El tren, y diría que emocionalmente es el disco más fuerte de mi carrera, porque está dedicado a mi hija Rita, porque toco con mi hijo, y porque refleja el pasado, el presente, y lo que viene. La alegoría sería que el disco arrancó en una estación, solo (se refiere al cd1, donde hay un poco de todo) y luego, en las otras estaciones, se fue subiendo gente. Esa es la idea principal y, después, lo que digo siempre: los discos son como la historia de uno, y la música es algo muy difícil de explicar con palabras”, sustenta.

–Como bailar de arquitectura, según Frank Zappa.

–Totalmente (risas). Yo toco algo de lo que he escuchado en la infancia, de lo que me empezó a gustar después, pero no todo, porque las bulerías me encantan y no las toco. Es algo que dejo para mi casa.

–Algo que también le pasaba con el canto, hasta que al final se largó.

–Porque no soy cantor, pese a que Mercedes Sosa y Chico Novarro me habían dicho que cantaba bien. Y se lo explico: si usted y yo entramos a una reunión, yo agarro la viola y después canto. En cambio, un cantante te está hablando y de repente se canta algo en el medio de la conversación. Así hacía Mercedes. Yo nunca me vi así, me veo con la guitarra, que siempre tiene que estar cerca de mí. Si tengo una cita, de cualquier tipo, y agarro la guitarra, llego tarde. No tengo que agarrarla cuando estoy por salir (risas). Esa es mi relación con el instrumento. Porque, en algún lugar, creo que la guitarra te agarra a vos, y por eso te podés quedar horas tocándola.

–”Mi guitarra y yo tenemos algo común entre los dos”, cantaba Pappo en “Blues para mi guitarra”. A propósito ¿le gusta el Carpo?

–Sí, porque me gustan todos los que son sinceros tocando. No pasa porque toque acordes más o menos difíciles. Es como hablar con alguien que te mira a los ojos y vos decís, “éste es un tipo sincero”. Prefiero esto y no alguien que se quiera hacer el extraordinario, pero que no llegue a la gente. Quiero decir que la gente no tiene por qué entender de armonía, melodía y ritmo, pero se da cuenta cuando alguien es sincero o no. ¿Cuántos hay que dicen “no entiendo un carajo pero me gusta?”. Y esto pasa porque se dan cuenta que hay amor en lo que alguien hace. No hay nada que demostrar, porque el mejor maestro es la canción. Es la que te pide, la que dice lo que tenés que tocar. Si es un bossa, es un bossa; si es un bolero, es un bolero. Además, tenés que disfrutar, porque cuanto más disfrutás vos, más lo hace la gente.

–La versión de “Agitando pañuelos”, de Abalos, que hace en el cd 1, ya la había grabado en el disco de Música Argentina. ¿Es la música que más le tira? Porque usted se pasea por muchos géneros...

–Hay una cosa muy loca acá, porque yo empecé tocando chamamé con mi padrastro en las peñas de la provincia de Buenos Aires y mi primera escuela fue la música argentina. Después llegó el latin jazz en Oliverio, pero hubo gente que creyó que yo debutaba en nuestra música con ese disco. Cuando decidí hacerlo, empezaron a aparecer ochocientos millones de temas de esas épocas, y fue un tremendo problema elegir el repertorio, porque además no me quería hacer ni el santiagueño ni el tucumano, quería ser yo. Porque no puedo hablar o cantar como un gaucho, o como alguien de las provincias. Tampoco tomo vino, entonces no puedo cantar canciones que hablen de eso. En el próximo disco voy a grabar más músicas argentinas. Y este disco ya no lo escucho más. Estuve un año para hacerlo, en un país como el nuestro en el que es tan difícil empezar algo y terminarlo. Entonces, el mayor éxito para mí, más allá que le guste a la prensa o a los músicos, es poder terminar lo que empecé.

–Volviendo a las canciones del disco, las tres primeras del cd 2 (“Caricia”, “La Vuelta” y “Dulce”) conforman una tríada que es como un ansiolítico sin efectos secundarios: muy calma.

–(Risas) “Caricia” la hacía hace mucho tiempo en Oliverio y después dejé de tocarla, hasta que la agarró Juan y la revivió. “La Vuelta” es la que grabé con Tomatito en Salinas y amigos en España, y “Dulce” es la primera balada que compuse, y la había grabado con grupo en Ahí va. Fue un tema grabarla con Juan, porque la guitarra preferida de él es la Fender, y con la española medio que, bueno, recula. Entonces, las primera versiones le salían como una obligación, como un “tengo que hacerlo”, y él mismo se daba cuenta que no estaba tocando dulce.

–Palabra difícil para un adolescente, además…

–Totalmente, no quería saber nada (risas). Pero mi idea era que no suenen dos guitarritas chiquitas, o una guitarra acá y otra allá. Y el portugués Da Silva lo sabe, porque mezcla para que se sienta esa atmósfera de guitarras grandes y juntas. Y lo fuimos llevando para ese lado, hasta que llegó.

–¿Qué pasaba si Juan le salía albañil o automovilista?

–Nada, porque todos los padres queremos que nuestros hijos sean felices. Ahora, si hace lo que vos amás, es como un regalo de Dios.

–¿Y boxeador?

–No, boxeador no. Había dos cosas que yo no quería: primero, que le gusten las motos, por lo peligroso que es, y boxeador, bueno, porque es demasiado sufrimiento. Después, lo que quiera.

–Y quiso la música y la guitarra: le salió derecho el pibe.

–(Risas) Empecé a darme cuenta cuando tenía 4 años, que se cantó un tema en público y le dijo a la gente “gracias por venir”. Y lo corroboré cuando vino a tocar el bongó a Niceto conmigo. Cuando salió, la abuela le preguntó “no te duelen las manos, Juan” y él le contestó “no, me duele el pecho”. Había sentido la música, lo que había tocado. Después empezó a tocar arriba de los temas de Santana, pero no para imitarlo sino para aprender. Ahora vemos cómo sigue, si tiene sacrificio, si tiene constancia, porque eso lo lleva a ser libre. Me gustaría que sepa inglés también, porque yo tengo amigos estadounidenses con los que he grabado y no puedo hablar porque no sé. Y eso es muy triste. Además, siempre le digo, a su edad yo tocaba con músicos más o menos, y él ya tocó en el festival de Córcega con Tomatito, grabó con Toninho Horta, Jorge Navarro lo invitó a tocar. En fin, cosas importantes que le pasaron y no se tiene que comer una.

–Usted identifica parte de su música como latin jazz o latin rock, pero, ¿a qué parte de lo latino refiere? Porque hay mucha confusión con esta definición. ¿Hablar de latin rock es hablar de Santana?

–El es el creador. En este disco aparece en la versión de “El tren”, que hablábamos, y también en “Latino” y en “La Cubana”.

–¿Pero cómo entiende lo latino en un sentido más amplio?

–En las congas. Si no entendés el idioma de los tambores, tocás por encima pero no tocás salsa. A mí, eso me lo enseñaron los morenos, porque antes tocaba solo y el idioma de la música negra es comunitario, es una charla entre todos los músicos. Esta es la base, la obsesión de la música negra, la cosa repetitiva que te va envolviendo. Si no entendés eso, estás zapando por arriba, pero no lo comprendés. Es como tocar zamba o chacarera sin bombo leguero. Es algo que hablábamos mucho con el Chango Farías Gómez. Y después, lo latino está en lo romántico, en el bolero, en el tango, en lo que es para afuera. Como dijo un mexicano el otro día: “Hay que ser muy macho para ser romántico”. O como cuando Rubén Juárez cantaba “qué me importa de la vida, si mi vida está en tus ojos”: un tipo que le dice eso a una mina tiene unos huevos bárbaros.

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