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Lunes, 25 de septiembre de 2006

MUSICA › GUSTAVO CERATI EN EL PEPSI MUSIC

Un muy buen presente para reconciliarse con el pasado

El ex Soda se lució ante 22 mil fans. También actuaron Miranda!, Turf y L7D.

 Por Mariano Blejman

Más allá de la siempre cándida performance hitera de Gustavo Cerati (con “Juegos de Seducción” al comienzo del show y “Prófugos” al comienzo de los bises) es probable que el momento más emblemático de la noche haya sido ese que los encontró al propio Cerati, a Richard Coleman –que venía de tocar con L7D– y a Fernando Samalea interpretando “Ecos” (“Todo es tan igual / tan predecible / tan frío”), veintiún años después de que se editara en Nada Personal, sobre un escenario sólidamente construido y lleno de luces, como lo fueron así las dispares carreras de los tres. (“Viejos lobos”, les dijo el propio ex Soda en el escenario). Ahí estaban los tres, entonces, ante un público remixado de 22 mil almas, en la tercera fecha del Pepsi Music, ambicioso y maratónico festival de rock nacional, con el peso de la historia haciendo de trampolín hacia sus presentes renovados. Alejados con nostalgia de la fricción de los ’80, aunque definitivamente más cerca de esos años oscuros que de la ascética experimentación post Soda. A Cerati se lo vio con ánimo de reconciliarse con su pasado para sacar lo mejor de su presente. Apostó a un show donde los hits bordearon la superficie de lo oscuro, pero su decisión pareció encaminarse ya bien marcada: acercarse a la guitarra (desafinada por momentos), aun a cuenta de jugar con la ironía del contexto musical en el que ahora se desenvuelve. “Estuvimos de gira, recorriendo el mundo. Exportando rock chabón”, dijo empezando los bises, y se mandó con una versión ¿rolinga? de “Prófugos”, para seguir jugueteando con el sarcasmo que lo acompaña.

El contexto fue cambiando para Cerati en estos últimos años. Su vuelta a las guitarras después de años de regodearse con la experimentación lo encontró en una época de puro exitismo rolinga, con el cual nunca –ni siquiera antes de que existiera– la Gran Voz se llevó bien. La seguidilla de cinco temas de su flamante Ahí vamos casi al comienzo (“La excepción”, “Uno entre mil”, “Adiós”, “Bomba de tiempo”, “Caravana”) fue algo así como la versión permanente para Cerati de que “siempre es hoy”, y habrá que ver si el público acompaña. Tanto eso como “Lago en el cielo” y “Crimen” casi sobre el final del show, como el cierre definitivo con “Jugo de luna” fueron sin duda una apuesta a su actualidad guitarrera, como para enterrar aquel recordado chiste de la revista Barcelona que decía: “Gustavo Cerati se queda dormido en su propio concierto”.

Pero parece inevitable encontrar a los nostálgicos a la espera de algo como Vuelta por el Universo (del disco con Melero) como para saciar el cada vez más insípido “¡Olé, olé... Soda, Soda!” que acompaña a la Gran Voz. Esa mezcla de públicos existió también en el Pepsi del sábado, entre niñitos que esperaban corear de memoria “¡es la guitarra de Lolo!”, de adolescencia oscura que puede inspirar el detenido en el tiempo Richard Coleman, junto a la nostalgia de una época que ya no vendrá, con un vip lleno de desconocidos, o con la presencia tardía de la Fabi Cantilo, que venía de tocar en el escenario The Roxy con su amigo Cuino (más conocido por ser el amigo de Andrés Calamaro, y componerle gloriosas letras que por su propia carrera solista).

El sábado fue también el día de más cantidad de celulares con máquinas fotográficas por espectador que se haya podido medir, el día donde tal vez las marcas mejor sintieron que la inversión había valido la pena, donde los gerentes de marketing pensaron: “Otro mundo es posible”, un mundo donde sólo haya que invertir entre aquellos que ya se sabe que van a consumir. Así y todo, no deja de ser curioso cómo suceden las cosas: en la seguidilla de espectáculos en el escenario central (No Lo Soporto, Los 7 Delfines, Turf, Miranda! y Cerati), la luz corrompió la piel de los vampiros de Coleman, que cerró con su fantástico “Dale salida” (“si algo te importa, más que tu vida”), estética que nada bien se lleva con la luz-día post primavera. Algo mejor le fue al trío mimado de No Lo Soporto, que arrancó a la noche en el escenario The Roxy, repitió su set a eso de las 16 en el escenario central, e hizo triplete ante la ausencia de Virus poco antes del comienzo de Miranda!. Habría que prestarles atención a las tres niñas con cara de miedo, pero con un sonido crudo, despojado y letras que rozan lo naïf pero esconden cierta poesía.

Por otro lado, poco hicieron los Turf impostando a unos Ramones semipoperos, en un horario y un escenario que tampoco les cayó bien, pero sus dos hits alcanzaron para darle paso a Miranda!, claramente encaminados a convertirse en los Pimpinela de los tiempos que caminan. De que Ale Sergi y los suyos entraron al mundo del ¿rock? por un costado bastante particular ya casi no quedan dudas. Porque ¿quién hubiese imaginado, transcurridos los años ’80, que un grupo de espectadores que venía de regodearse con Coleman hubiese cantado también (¿eran los mismos?) “Una lágrima sobre el teléfono” y “Esa extraña dama”, de su flamante disco de canciones de telenovelas? Pero así fueron las cosas: la oscuridad de L7D a plena luz, el glam iluminado de Miranda! en la pura oscuridad; y todo frente a los ojos de aquella Gran Voz que abrió el camino y sigue llevando la delantera.

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Cerati y su renovado romance con la guitarra, en la tercera jornada del festival.
 
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