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Jueves, 22 de septiembre de 2016

MUSICA › CECILIA ROSSETTO, EL ARTE Y LOS TIEMPOS QUE CORREN

“Yo prefiero que sean los poetas los que hablan por mí”

Para la artista, el escenario es un lugar donde pueden producirse cosas, aunque a veces lo sienta insuficiente. Eso no le quita energías para poner el cuerpo en Música del alma: “Buscamos nuevas formas para este nuevo escenario social, tan complicado.”

 Por Karina Micheletto

“Señora, me dijeron acá en el barrio que usted es una estandapera de fama mundial”, cuenta Cecilia Rossetto que le dijo hace poco por la calle un chico. “¡Me encantó! ¿Pero cómo le explico todo lo que hay detrás de eso?”, se ríe con ganas. Es que el recorrido de esta cantante y actriz, formada como tal en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático, incluyó una gran cantidad de facetas, que sumaron también las de vedette y humorista, en tiempos en que el humor no era tan frecuente en las mujeres, “y no se enseñaba en el conservatorio”, recuerda ella. Es ahora como cantante que Rossetto pisará el escenario nuevamente, esta vez el del renovado teatro El Picadero, en ese pasaje que aparece casi irreal en plena Corrientes y Callao (Enrique Santos Discépolo 1857). Será hoy a las 20.30 en el marco de Música del alma, un ciclo que reúne a grandes intérpretes y cuyo nombre, analiza la artista, “calza justo, justo para estas épocas”.

Son algunas Canciones encontradas las que Rossetto mostrará en ese escenario, en un repertorio muy amplio y diverso que suma boleros, canciones de amor, algunos tangos (claro, aunque no será éste el eje exclusivo del espectáculo, advierte ella), Eladia Blázquez y Discépolo, Celedonio Flores y Homero Manzi. El eje en común está dado, en todo caso, por la importancia asignada a la palabra poética. Palabra que en escena la actriz retoma entremezclando cada tanto fragmentos de poemas de Haroldo Conti, Juan Gelman, Idea Vilariño, Alberto Szpunberg, Leda Valladares –quien fue su amiga y con quien trabajó–, y Oscar Balducci, quien fue su esposo y padre de su hija, dramaturgo y fotógrafo a quien recientemente rindió también tributo con la publicación de un libro con sus fotografías a grandes actores y actrices del teatro nacional (ver aparte).

Junto a Cecilia Rossetto sonará un trío de músicos notables: César Angeleri, Walter Castro y Mono Hurtado, con quienes la actriz y cantante ha formado una cooperativa, con la idea de recorrer el país con este espectáculo. “Buscamos nuevas formas para este nuevo escenario social, tan complicado. Tenemos la suerte de trabajar de lo que amamos, y queremos trabajar”, explica la cantante. Lo que permanece, ahora sonando con arreglos de guitarra, bandoneón y contrabajo en manos de estos músicos, es ese registro vocal tan particular de esta intérprete, y sobre todo una potencia expresiva particular, con la que dota a todo lo que canta de un encanto personal, que es a la vez muy refinado y muy popular.

“El escenario es el lugar más seguro de mi vida... Pero no dudé en abandonarlo por los afectos cuando fue necesario”, se lee en la página web de la cantante y actriz, casi a modo de presentación. Y también: “La rebeldía y la insumisión tiñeron casi todo lo que hice... asunto complicado para una chica”. Ambas frases son atinadas para describir el recorrido y el presente de Rossetto, siempre tan intensamente plantada, de regreso en la Argentina en 2008, después de haber estado viviendo en España. “Vine traída por mis viejitos, sabiendo que ya estaban viejitos. Quería acompañarlos en sus últimos años y poder despedirlos cuando se fueran, y eso fue lo que hice”, dice ahora con una sonrisa, en diálogo con Página/12.

–¿Por qué dice que calza justo el nombre del ciclo, Música del alma?

–Me gustó el título, me recordó aquella canción de Charly García que decía algo así como “salgamos de nuestras cuevas” (“Salgamos de las cuevas, ya no hay más que hacer / Por mí, por vos y la humanidad / Mirémonos, ya no hay más que hablar”, dice esa canción, “Música del alma”). Yo he notado este último tiempo que la gente está muy metida para adentro, supongo que debe ser una forma de protección, porque se siente agredida. Y eso es lo que quisiera pedir y lo que quiero hacer: salgamos de nuestras cuevas. Ahora, ¿cómo? ¡Eso es lo que tenemos que descubrir! (risas).

–¿Cómo pensó este espectáculo, entre canciones y poemas?

–Unas y otros están muy entrelazados, o más bien se entrelazan del modo en que yo los presento. A veces los poemas le dan como una pátina de introducción a los temas. Otras veces es una palabra la que funciona como llave para la canción que va a venir, o una atmósfera que tienen en común... Esos poetas, que me regalaron esas palabras, son gente muy querida, más allá de que los haya conocido personalmente o no. Con algunos compartí la vida, como Balducci. Con otros tuve amistad.

–¿Con quiénes?

–A Leda Valladares la conocí trabajando en el Teatro San Martín en el año 68 o 69. En un espectáculo que se llamaba La Polvorienta, una versión desmadrada de La Cenicienta, muy graciosa. Era un elenco precioso con Alberto Fernández de Rosa, Nené Malbrán, muchos. Allí la conocí a Leda. Una mujer muy culta, sensible, afectuosa, que nos consiguió una buhardilla para vivir con Hugo (González Castresana, secuestrado y desaparecido en 1976), mi primer marido. Una gran frustración que nos quedó fue que en esa época grabamos un LP con canciones que ella compuso para aprender castellano en Inglaterra. Se lo había pedido un productor de allá pero nosotras nunca lo vimos terminado, ni lo escuchamos. Y hasta muy viejita ella me seguía preguntando si sabía dónde lo podía conseguir. ¡Pero era ella la que había hecho el acuerdo con el productor! (risas).

–¿Y cómo selecciona el repertorio?

–Le diría que del mismo modo que las poesías, porque yo siempre le di importancia a la palabra poética. Hasta he perdido la costumbre de hablar con la gente, yo prefiero que sean los poetas los que hablan por mí. De hecho, siempre añoro hacer ficción con un gran texto, por alguna razón no se me ha dado. La gente me identifica en solitario, o con músicos, y yo me formé para la ficción, la adoro. Y sin embargo la ficción me hace sentir plena, será porque se une dentro mío pasado y presente. Ahora va a verse por Canal 7 La última hora, una serie que hizo Gastón Portal donde yo tengo un papel de ex estrella de cine porno. ¡Muy divertido! Pero sigo esperando ese gran texto dramático, me encantaría.

–¿Se siente más actriz que cantante?

–Es que yo me formé como actriz dramática, me recibí en la escuela de Arte Dramático, en una época en que no se enseñaba el humor: era drama y drama. Uno salía con una gran formación, egresábamos ocho alumnos por año, era casi un trabajo cuerpo a cuerpo con grandes profesores de teatro. Fue una bella época. Y si bien yo cantaba y formaba parte de coros desde los siete años, el canto, como oficio y como modo de ganarme la vida, surgió mucho después de mi trabajo como actriz, y luego como humorista.

–¿Qué quería ser cuando estudiaba, imaginó una carrera como la que luego delineó?

–Es que no tuve mucho tiempo de pensarlo porque empecé a trabajar inmediatamente después de que me recibí, entré al Teatro San Martín cuando era muy jovencita. Ahí pasé por un gran aprendizaje, con grandes actores y actrices, grandes directores, grandes textos. Hasta el 74, cuando empezó a aparecer gente que se suponía respondía a López Rega. Llegué a ver gente armada en el teatro y ni pregunté, me fui. Me fui a la facultad de Filosofía. Sintiendo que el teatro no me daba lo que yo necesitaba. Y muy a menudo lo pienso, muy a menudo vuelvo a lo mismo. Me obligo a creer que el arte es una forma de resistencia: si no fuera así, mi vida no tendría sentido. Pero a menudo siento que no me alcanza, que necesito un trabajo donde el servicio social sea más notable, más explícito.

–Es extraño porque suele decirse que quienes trabajan con el arte ocupan un rol transformador, con una manera directa de llegar a la gente.

–¿Usted cree? ¡Repítamelo cada día, a ver si yo me lo creo! Cuando veo el sufrimiento de la gente me llega muy hondo y me pone mal no saber cómo pasar a la acción. Siento que yo no puedo ayudar a esa gente cantando. Entonces siempre entro en ese tema. De hecho en este momento estoy atravesando una etapa de profunda necesidad. Nada de eso lo llevo al escenario: allí sé como acariciarle el alma a la gente, volviendo al título de este ciclo. Balducci, que fue el padre de mi hija, escribía mis espectáculos, y él siempre me decía: uno siempre debe dirigirse a lo mejor de cada espectador. A su parte más sensible, a la más solidaria. Y yo siempre siento que esa es la gente que tengo enfrente de mí. Me dirijo a esas almitas frágiles. Y en eso las palabras de los poetas son muy importantes.

–¿No ha podido, entonces, abordar el costado social del actuar o el cantar?

–Bueno, sí, he cantado para gente muy desafortunada, en diferentes situaciones y contextos, y sé que ese acto, que es un acto de amor, siempre es recibido como una caricia. Lo que digo es que no me alcanza. Mi padre (Héctor Rossetto, gran maestro internacional de ajedrez, cinco veces campeón nacional y tres veces subcampeón del mundo) nunca quiso dar clases de ajedrez, a menos que fueran alumnos muy aventajados o especialmente dotados. El no tenía paciencia para explicar. Pero cuando estaba ya muy viejito, decidió ir a dar clases de ajedrez a las cárceles. El, que nunca había querido dar clases, descubrió sobre el final de su vida que en ese acto de enseñar lo que él sabía, había para él una posibilidad de esperanza. Decía que él sentía que les estaba dando a esos infortunados una pequeña esperanza, algo en qué confiar. Y que eso también era una esperanza para él. Ojalá yo encuentre en lo que hago, en lo que amo hacer, esa posibilidad algún día, de alguna manera. Yo siento en que lo necesito. Sobre todo en estos tiempos tan desesperantes.

–¿Cómo afecta al teatro estos tiempos de los que habla?

–Muchísimo. Los teatros independientes hoy están en riesgo. Por eso es fundamental que los gobiernos de ciudad y nación encuentren una rápida solución a los tarifazos, que esos ámbitos no pueden enfrentar de ninguna manera. Es que nadie los puede enfrentar. Son cifras desproporcionadas, imposibles. No es que no queremos pagarlas: no podemos. Por eso es mi desesperación al pensar: si este ajuste ya hizo que yo cambiara costumbres y hábitos, si esto me está afectando a mí, que pertenezco a una clase media (no vivo con lujos de ningún tipo, pero no me falta para comer), ¿cómo la está pasando la gente que no tiene, que no llega, que tiene hijos y que tiene que darles de comer hoy, ahora? Eso es lo que me tiene mal, lo que me pone en alerta, lo que me hace pensar: no, yo algo tengo que hacer. Cantar, nada más, no.

–¿Y en qué modo, concretamente, la afecta este ajuste a usted?

–Bueno, yo es la primera vez que compro por unidad: dos manzanas, un alcaucil y tres bananas. Así son mis compras últimamente. ¡No es que haga compras gourmet, voy viendo lo que aumentó y compro hasta donde llego!

Rossetto se ríe con una carcajada contagiosa. Sabe que está hablando de una cotideanidad con la que, quien más quien menos, cualquiera puede sentirse identificado. Sin dejar de sonreír vuelve a sus apuntes, a sus poemas, muchos de los cuales estarán hoy en su espectáculo, “entrelazados con las canciones”, dice ella. Elige como al azar uno de Alberto Szpunberg y lee: “Estoy, estás, estamos. Y aun creemos las cosas que se pueden. Aún deseamos las que no. Y aun así las lograremos”.

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“Me obligo a creer que el arte es una forma de resistencia, si no fuera así, mi vida no tendría sentido”, dice Rossetto.
Imagen: Pablo Piovano
 
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